Review Modern Family: Disneyland

Uno de los mayores puntos fuertes de Modern Family es la reunión de todos los personajes en un mismo espacio. Ya sea con motivo de alguna celebración tipo Halloween o Acción de Gracias, o un viaje a un resort o a un rancho para turistas, esos episodios nunca decepcionan. En el caso que hoy nos ocupa, toda la familia ha decidido pasar el día en el parque de atracciones Disneyland, y la verdad es que lo he disfrutado muchísimo.

Estaba clarísimo que las dos personas que más ilusión iban a tener de pasar el día en el parque de atracciones serían Phil y Luke. Me ha gustado mucho volver a ver interactuar a este gran dúo cómico, sobre todo por parte de un Luke que lamento que a veces lo dejen un poco al margen de todo, porque el chaval es bueno, muy bueno.

Padre e hijo han vuelto a las andadas, correteando de un lado para otro con un algodón de azúcar en la mano pretendiendo montarse en todas las montañas rusas habidas y por haber… aunque tuvieran que hacer cola por 45 minutos. Peeeeeeeeeero, ha habido un pequeño problemilla, un imprevisto con el cual Phil no contaba: el agente inmobiliario ha empezado a sentirse mareado cada vez que se montaba en una atracción.

Personalmente entiendo totalmente al pobre de Phil, porque yo soy la primera persona a la que le sienta como un tiro montarse en cualquier “cacharro” de esos, por muy simple que sea su mecanismo. Aún así, no he podido evitar reírme al ver el recital de muecas y gestos con que nos ha obsequiado este personaje, cuyo sufrimiento era de lo más palpable.

Pero nuestro héroe no quería rendirse a lo que parecía toda una evidencia para los demás: que se está haciendo mayor. Y es por eso que cuando Jay le ha aconsejado que se tomara un descanso sentándose con él a tomar algo tranquilamente, Phil ha decidido hacer de tripas corazón y ha seguido acompañando a su hijo probando todos los instrumentos de tortura que encontraban a su paso.

… y justo cuando Mr. Dunphy empezaba a hacerse a la idea de comenzar a llevar una vida contemplativa, ha descubierto, gracias a un comentario de Claire, que sólo estaba incubando una gripe. De ahí el malestar general y las ganas de vomitar.

La escena final del capítulo ha ahondado un poquito más en el dolor de Phil a bordo de las montañas rusas, para regocijo nuestro. Y es que no hay nada más hilarante para el espectador de una comedia que ser testigo de alguna desgracia ajena.

Las otras dos hijas de Phil también han tenido su protagonismo en esta ocasión, después de que en el anterior episodio sólo aparecieran en una escena admirando el nuevo coche de su padre. Claire, empeñada cual Mrs Bennet en buscar un buen partido para su hija mayor que compense sus fracasos en otros ámbitos de la vida, ha decidido invitar al parque a un nuevo vecino, universitario y bastante guapo. Una joya, tanto que ha llegado cierto momento en que las tres mujeres Dunphy estaban babeando por él, incluida una Claire a quien han comparado con la Mrs Robinson de El graduado.

Pero ha sido la pequeña Alex quien más tiempo ha compartido con el chico, con quien parecía tener muchas cosas en común y con quien ha podido entablar una conversación más interesante de las que seguramente suela tener la cría en su día a día.

El episodio nos ha regalado una reaparición estelar, la del apocado Dylan, a quien dejamos en el primer episodio de esta temporada en el rancho donde parecía haberse encontrado a sí mismo. Pero al parecer se volvió a perder, ya que en la actualidad se dedica a actuar como animador en Disneyland, aunque en un primer momento ha intentado evitar que Haley lo supiera.

Lo mejor, sin duda, ha sido ese momento en que el universitario y un Dylan disfrazado del oso de Robin Hood, han empezado a discutir y pelearse. Y sí, Dylan y Haley vuelven a estar juntos (atención al careto de Claire en contraposición con la sonrisa socarrona de un Phil que siempre apoyó a este chico de pocas luces). Y también ha sido genial cuando  Alex le dice al chaval que si sale con Haley se unirá al mismo club al que pertenece Dylan.

La pequeña Lily, que a cada episodio que pasa se le va poniendo cara de más y más traviesa, se ha llevado todo el rato atada con una correa. Aunque Mitch se estuviera muriendo de vergüenza (yo también lo haría), para Cam era la única solución a la tendencia de su hija de salir corriendo a cada instante (agradezco ese flash en que un Cam como el de los viejos tiempos corría tras la niña lanzando grititos desesperados).

Pero en este episodio han sido los Pritchett quienes se han llevado el gato al agua. Manny comportándose como todo un bróker realizando “inversiones” a través de su portátil y pegado al teléfono móvil para que algún amiguete le retransmitiera el devenir de esas acciones, ha sido de lo mejorcito de esos veintitantos minutos de ocio y disfrute.

Su madre ha intentado, por enésima vez, que se comportara como un niño de su edad, pero de poco ha valido el gorrito de Mickey Mouse o el subirse a una atracción. Además, Gloria en esta ocasión ha tenido que lidiar con sus propios problemas, aka unos tacones altísimos, muy monos, pero poco prácticos si se trata de estar un día entero caminando de un lado a otro. La colombiana ha intentado hacerse la dura frente a un Jay que ya le había advertido de su error antes de salir de casa, pero el dolor ha acabado siendo mayor que el orgullo.

Ha sido muy bonito cuando Jay le ha dado una bolsa llena de zapatillas cómodas con caritas y formas disneynianas, sin intentar hurgar en la herida en plan “yatelodije”. Lo que ha sido un poco menos creíble es cuando Gloria ha reconocido que quizá siempre está de mal humor por llevar zapatos incómodos. No sé… no creo que deje de utilizar este tipo de calzado. A partir de ahora me fijaré siempre en sus pies, a ver si deja de ponerse tacones de 20 centímetros…

Jay, por cierto, parece que ha descubierto la pólvora, porque a la misma vez que ha amansado a la fiera cambiándole de zapatos, ha hecho lo propio con la pequeña Lily, pero al contrario: le ha obsequiado con unos taconcitos que le impedían caminar con normalidad, y mucho menos salir corriendo. Quizá no sea la solución más heterodoxa que se podía encontrar, y quizá Mitch se haya seguido sintiendo un poco juzgado por los demás, pero a mí me ha parecido todo un puntazo.

Y me gustaría terminar mencionando que en esta ocasión las escenas de los personajes hablando a cámara sentados en el sofá se han reducido a una sola, y a un solo personaje: Jay, con una copa de whisky en la mano, manteniendo una charla más íntima que ninguna otra que hayamos visto antes, y también más serio de lo habitual. Me ha parecido una idea muy acertada, ya que, aún haciendo lo mismo de siempre, los guionistas han conseguido darle otro sentido a esta técnica que es ya marca de la casa. En lugar de apostar por el tono cómico y por las frases sueltas referidas a algo que acabamos de ver, se han atrevido a hacer que el personaje nos hable de tú a tú contándonos una historia a través de todo el episodio; una historia amarga pero con final dulce (o al menos, agridulce). Un aplauso para ellos, porque ha sido una anécdota preciosa, y, como él ha dicho, al final se ha visto recompensado con creces.

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