Review MD: Secrets that I never want to know

Bueno, pues ya la tenemos aquí. Ha llegado la octava y última (confirmado) temporada de Desperate Housewives. Los últimos veintipico episodios del culebrón perfecto, que fue criticado en su temporada anterior pero que remontó el vuelo en los últimos capítulos de la misma. Dejábamos a las vecinas de Wisteria Lane con el cadáver del padrastro de Gaby, que había abusado de ella cuando era pequeña, y un nuevo gran secreto que esconder (nunca mejor dicho), como en su día le ocurrió a Mary Alice. Y, como algo menos grave, la separación del matrimonio ejemplar y aparentemente indestructible de los Scavo.

Pero no les han dicho nada a sus hijos, de los que en este episodio solo vemos a dos (un 40%), Penny y Parker. Y Tom está viviendo en la buhardilla de una casa que hay al otro lado de la calle y solo se presenta a desayunar, para mantener las apariencias.

Ambos han decidido no contarles nada a sus hijos todavía, y lo van posponiendo siempre bajo algún pretexto, pero es algo que tiene que terminar explotando. Lo mismo ocurrirá con el secreto que esconden las cuatro protagonistas y el marido de una de ellas, Carlos, el autor material del asesinato. El cuerpo está enterrado en el bosque y hasta allí se desplaza habitualmente Susan en sus sesiones de jogging matutinas. Ella es la que peor lleva lo de esconder el secreto, la que más cerca está de venirse abajo y contárselo todo, para empezar, a su marido Mike. Es por ello que rehuye a las otras tres y por lo que se ha cogido vacaciones en el colegio, y cuando vuelve queda claro que no está preparada del todo.

Hay que quitarle hierro al asunto, o añadirle unas gotas de humor, y después de una discusión con el cadáver recién enterrado provocada por el móvil del mismo, que estaba sonando porque lo llamaban desde “casa”, Susan es el personaje perfecto para darle ese toque desdramatizante. Solo le faltaba que en su primer día de trabajo después del descanso falleciera el hámster de la clase y tuviera que enterrarlo. “¿Qué pasa si su familia viene preguntando por él?”, le pregunta la Delfino a una atónita Juanita.

No tienen tantos problemas para callarse el secreto Bree y Gaby. La primera porque, probablemente, de las cuatro es la que mejor lleva lo de mentir (pariente cercano de “no decir”), aunque no le resulta nada fácil mantener la calma teniendo un novio detective. De hecho, ha pasado un mes desde la trágica cena y el hombre ha notado que las amigas de su novia no parecen tenerle mucho cariño. Bree, sin embargo, sí se lo tiene y demostrándoselo consigue distraerlo un poco.

Para la segunda, la señora Solís, es bastante más fácil: es la única forma de mantener a su marido alejado de la cárcel, adonde no se puede permitir volver y menos ahora, que ya no sería por un delito económico sino de los más gordos, defensa propia o no. El peor momento para la pelirroja y la latina se produce precisamente cuando se dan cuenta de que no se han deshecho del coche de la víctima, y cuando lo están intentando se encuentran con el detective, al que le cuentan una historia inventada sobre la marcha. La resolución del problema está un poco cogida por los pelos y peca de falta de realismo, pero la meteremos en el apartado humorístico de la serie.

Lynette, volviendo a los Scavo, al principio estaba de parte de Susan y no creía que pudieran ni debieran guardar el secreto, pero al final se dejó convencer. Sin embargo, no será tan fácil como ella cree. Cada uno de los cinco conocedores del delito lo vive a su manera, y la señora Scavo lo suelta con pesadillas. Después de una de ellas hace una visita rápida a Tom, con quien se acuesta. “Lo de anoche fue increíble”, le dice él, “y si quieres volver estoy abierto a ello”. Lynette le confiesa que solo ha ocurrido porque había tenido una pesadilla, lo que cabrea y con razón al pobre Tom, que hace sentar a la mesa a su todavía esposa y a sus dos hijos presentes, y ahí los dejamos. Ha llegado el momento de la verdad.

¿Cómo es que no he hablado de mi Renée? Tranquilos, ahora es su momento. Ha llegado a Wisteria Lane un vecino “buenorro”, Ben Faulkner (Charles Mesure), y Renée no tarda ni cinco minutos en decir “me lo pido”. De hecho va en serio, porque se pone sus mejores galas (o las que muestran más, por lo menos) y se dispone a darle a Lynette una lección sobre cómo ligarse a un tío en cuestión de segundos, pero el hombre le cierra la puerta en las narices como si fuera una simple, y que nadie se ofenda, encuestadora o comercial de Gas Natural. Entre esto y cómo ha terminado el tema de los Scavo conservo mis esperanzas de que Tom y Renée se den una segunda oportunidad tras el escarceo de hace veinte años.

Volvemos al tema principal de la temporada y veamos cómo lo lleva Carlos. Durante los últimos años hemos visto como el pobre hombre se transformaba en un pedazo de pan con unos valores morales envidiables, pero parece que de una forma u otra siempre acaba delinquiendo. Lo lleva tan mal que está dispuesto a confesárselo a su párroco, al que Gaby secuestra (se prepara para irse a África en una misión) y lleva a casa de los Solís. Allí, Carlos lo tantea y lo acaba dando por imposible, porque según el ministro de Dios es necesario entregarse a las autoridades para que un delito sea perdonado por el Señor, así que de momento se queda en secreto. ¿O no? Porque cuando entre Bree, Gaby y Lynette convencen a Susan de no decirle nada a Mike tras una mojada pelea al borde de una piscina, o por lo menos de que lo intente, vemos como el secreto lo conocen por lo menos seis personas.

Así termina el episodio, con Bree abriendo esta nota que alguien ha dejado en su buzón. La misma nota que llevó al suicido a Mary Alice en el primer episodio de la primera temporada. ¿Quién será? ¿El nuevo vecino? ¿La señora McCluskey (improbable)? ¿Renée? ¿Bob o Lee? ¿Susan? Nos pasaremos la temporada especulando, pero tiene que ser alguien que conociera el contenido de aquella nota de hace tantos años. En fin, la cosa se pone emocionante y parece que la octava temporada cerrará bien el círculo.


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