Review Mad Men: Waterloo

Mad Men 7x07: Waterloo

Por este primer acto del fin en el largo recorrido de la serie han pululado numerosos referentes artísticos, históricos y culturales con relevancia y significado, y en esta season finale parcial, conclusión a la vez que compendio del mismo, con mayor intensidad si cabe. De la computadora y el monolito, permanente debate sobre el hombre y la máquina, llegamos al momento en el que la cultura popular occidental, y el discurso patriótico estadounidense en particular, sitúan el punto de máximo acercamiento de la humanidad a la divinidad, y a la postre, uno de los mayores acontecimientos televisivos de la historia: la llegada del hombre a la luna… la cual, cuentan las lenguas más conspiranoicas, fue recreada y editada precisamente por el mismo mago de la imagen que un año antes había dejado fijadas para siempre en la retina colectiva las icónicas figuras del monolito y el niño de las estrellas.

Al mismo tiempo, el último capítulo del año, del penúltimo año que podremos disfrutar de este maravilloso microcosmos con núcleo en Madison Avenue, establece una metáfora, verdadera declaración de intenciones, desde el mismísimo título: Waterloo. Como crónica del fracaso del más ambicioso de los imperios, nacido de una perversión del ideal romántico (en el sentido más decimonónico del término), la trayectoria de Don Draper parece seguir el mismo destino final que la de Napoleón Bonaparte, una de las personalidades históricas más reconocidas, estudiadas, mitificadas, desmitificadas y reconstruidas por las artes. Convaleciente de las heridas de la mayor de sus derrotas, se resiste a quedarse en la isla de Elba, pero su ego y su ambición están fuera de control y le hacen perderlo todo.

Mad Men 7x07: Waterloo

Y es precisamente cuando lo ve todo perdido, cuando se confirman los peores presagios de ese jardín sin flores que era su relación con Megan, pese al elocuente y sensual canto del cisne de la pareja; cuando ni siquiera el apoyo, más o menos interesado, de sus compañeros de la vieja guardia (excepto una Joan ya del todo draperizada) es suficiente para salvar su honor y su rango, es cuando decide que es tiempo de dar definitivamente el testigo a las nuevas generaciones, a la savia fresca, a la Era de Acuario que ya nos venían anunciado entre drogas, rock & roll y finalmente el triunfo de la tecnología, que eclosiona en ese momento histórico-televisivo-icónico que copa buena parte del episodio. Así pues, tras ese emotivo momento de reconciliación entre Don y Peggy de la pasada entrega, el profesor, en excedencia, cede el testigo a su alumna aventajada, ahora aspirante a catedrática, que en el momento de la verdad aprovecha con el mejor de los fines todo el aprendizaje obtenido de su jefe, mentor y compañero.

Pero, en el momento más climático, de dicho evento y del episodio que lo importa a su propia diégesis, una muerte inesperada lo cambia todo,… si bien las conclusiones destilan la misma esencia. Entre la memoria de un pasado decadente y la vivencia de un presente babilónico, se apaga la llama del viejo lobo Bert Cooper, se derrumba el núcleo moral de la agencia, en todas sus estructuras y nombres, el mecanismo que evitaba que la olla a presión nunca llegase a explotar del todo. Y es el siguiente en la escala de sabios, Roger Sterling (más por veteranía que por oficio), quien mata varios pájaros de un tiro (contando tan bien el vuelo sin rumbo de Chaough) y cierra de una vez por todas el oxidado y polvoriento telón del Antiguo Régimen en Madison Avenue.

Mad Men 7x07: Waterloo

Una muerte, impredecible, sí, pero tratada con suma sutileza y hasta buen gusto, a diferencia de la brusca y truculenta desaparición de Lane Pryce. Además, viene acompañada de una última vuelta de tuerca, porque, para que todo cambie pero que al fin y al acabo la esencia sea la misma, algo había que cambiar. La consecuencia última del fallecimiento de Cooper deriva en un momento de ensoñación de Don Draper, showstopper musical al más puro estilo A dos metros bajo tierra, que a la postre supone la epifanía que Don necesitaba, de la mano del que fue su verdadero mentor moral, para emerger finalmente del limbo, asumir plenamente la nueva era (no en vano, la segunda parte de esta temporada final se titulará The end of an era) y caminar hacia su verdadero destino final: la redención. Una suerte de renacer, tal como el del ser humano al final de la epopeya metafísica de Kubrick. Le quedan siete episodios de plazo, y luego nos despediremos de Madison Avenue para siempre. Y de paso, dicha epifanía nos deja una lección de vida, paradójica pero completamente intencional y meditada en un relato sobre tiburones del negocio de la publicidad:

La luna pertenece a todos. Las mejores cosas de la vida son gratis.

Esta brillantísima amalgama de referentes culturales, progresiones dramáticas y secuencias clave desbordantes de genio suponen la cima perfecta a un primer volumen de la temporada final que ha ido de menos a más, que ha sabido recuperar las mejores esencias de la serie cuando más hacían falta pero que ha asignado asimismo un espacio clave a su propia innovación estilística, siendo dos momentos musicales, uno diegético y otro ensoñado, los principales puntos de fuerza semánticos del tramo final de semi-temporada, por encima de eventos históricos tan cargados de potencial dramático, metafórico y narrativo como la llegada del hombre a la luna, quizás el más esperado por los espectadores de la serie, encandilados por cómo se habían aprovechado las elecciones de Kennedy contra Nixon o el combate de Muhammad Ali contra Sonny Liston.

Si las dudas y las sombras predominaban en el análisis de la pasada season finale, con la consumación del descenso de Don a los infiernos, ahora las sensaciones son bien diferentes… de ansia, de ganas por ver la luz al final del túnel de nuestro protagonista y sus acólitos, cuyos últimos coletazos nos enseñarán el camino a la redención, en siete etapas.

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2 comentarios

  1. matmo

    Totalmente de acuerdo en que la serie ha sabido retomar sus mejores esencias en esta temporada, aunque en realidad creo que nunca las perdió. Pero sí es cierto que cuando “Mad Men” raya a su altura máxima (y esta temporada lo ha hecho al menos en “Field Trip”, “Waterloo” y, sobre todo, ese emocionante “The Strategy”) es simplemente inalcanzable, se pone a otro nivel, el suyo propio. Hay en antena muchas series de enorme, incuestionable calidad, pero mucho me temo que no se atisba en el horizonte un relevo real para la forma de hacer y entender la TV de esta maravilla. “Mad Men” es el Sinatra de las series. Clase y elegancia. Lo que yo no tengo tan claro es que haya luz al final del túnel para Don Draper, y dudo que la series finale sea una conclusión tan luminosa y esperanzadora como la de “Waterloo”. Les dejo, con su permiso y por si alguien está interesado, mi balance general de la (medio) temporada: http://elcadillacnegro.com/2014/05/28/mad-men-a-su-manera/ Un saludo.

  2. sofi

    Mad Men es una gran serie y esta temporada “final” ha sabido estar a la altura. Triste la desaparición de Bert y en un momento tan emblemático e histórico como la llegada del hombre a la luna. Me gustó ver a las familias reunidas y amigos, incluso en el hotel, frente al televisor, comentando y compartiendo momentos juntos, algo que por la llegada del internet y la falta de tiempo ya se ha ido perdiendo.
    Otra cosa que me encantó, fue ver a Peggy presentando el comercial a Burger Chef. Me da mucho gustó ver lo mucho que ha avanzado a base de esfuerzo y dedicación, siendo ahora tan buena como su mentor y amigo Don. Verlos moverse suavemente la semana, al paso de In my Way, fue épico.
    A esperar hasta el próximo año para ver finalmente el desenlace de una de las mejores series de todos los tiempos.

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