Review Mad Men: Waldorf Stories

Review Mad Men: Waldorf Stories

Todavía resacosos de los mayores premios de la TV, nos llega este sensacional episodio de , la misma noche en la que se trajeron bajo el brazo el Emmy que la consagra, por tercer año consecutivo, como la Mejor serie de drama. Los guionistas, que lo tenían todo muy planeado, nos traen un capítulo con una entrega de premios (aunque, obviamente, relativos a la industria de la publicidad, los Clio) como tema central, como contexto y como detonante. Todos somos conscientes de que para esta serie, la dislocación de la época del año que representa con respecto a la que se emite nunca ha sido un inconveniente. Pero en este capítulo, lo han calculado excelentemente y les ha venido como anillo al dedo. Una intertextualidad curiosa y casi inédita, en un capítulo lleno de referencias, hacia fuera y hacia dentro.

Por referencias hacia dentro no me refiero a una peligrosa autocomplacencia, ese terrible defecto que le ocurre a muchas series cuando no saben avanzar e intentan salir del paso homenajeándose continuamente a sí mismas. Un episodio que comienza con la llegada de un ingenuo creativo que aspira a entrar en SCDP por su conexión de parentesco con la señora de Sterling, cuyo repetitivo y horrendo portfolio provoca poco menos que la carcajada en sus entrevistadores, Don y Peggy. Así, paralelamente, un Sterling que empieza a redactar sus memorias, evoca un fabuloso flashback en el que vemos cómo descubre a Don, vendedor de una tienda de pieles que sueña con trabajar de creativo publicitario. Un modo sensacional de conocer los orígines profesionales de Draper y de dar un mayor protagonismo al más mezquino e inmoral de los hombres locos.

El comienzo de una El comienzo de una “hermosa” amistad

En esos recuerdos vemos también, como estrella invitada, a una Joan que ya apuntaba maneras como amante del loco del pelo blanco. Lo mejor es comprobar como la tenacidad, la insistencia y la perseverancia de Draper supera finalmente a la indiferencia y la reticencia de Sterling. No sólo es el inicio de un self-made man como Don y de una agencia a la que llevó a lo más alto, sino el comienzo de esa peculiar relación, amistosa más por obligación que por voluntad, entre Sterling y Draper. Como no podía ser de otra manera, esta trama aparece estrechamente ligada con la supuesta principal, la entrega de premios en un lugar, el lujoso hotel Waldorf-Astoria, que funciona como escenario de encuentro y de sucesión de las historias más particulares de los hombres locos. Las historias del Astoria, otro gran retruécano referencial nada involuntario, y ya van muchos.

Ya no es por la ridícula y detectable pantomima de un Ted Chaough en la cuerda floja, ni por el nuevo encuentro entre Pete y Ken, que deja caer una posible fusión de SCDP con Guyer, su agencia, ni tampoco por el ligue de turno de Don, con el que no tuvo que hacer prácticamente ningún esfuerzo, ni tampoco el breve cameo de Duck Phillips, interrumpiendo la ceremonia totalmente ebrio. Se trata de la dimensión poliédrica y muchas veces poco equitativa de este tipo de premios, muy paralela a la controvertida noción de autoría en el medio cinematográfica y audiovisual. El premiado es Don Draper, cabeza visible de SCDP, pero por un producto en el que muchas ideas (por no decir todas) fueron propuestas por Peggy Olson, que no duda en ocultar su indignación, sobre todo por no poder acudir a la ceremonia. Al mismo tiempo, Sterling confiesa a Joan que siente el premio como suyo, que no hay premios directamente para su trabajo, pero que este precisamente consiste en encontrar a talentos como Draper, los que ganan los premios, que Don no serían nada sin él. Tal y como vimos en el flashback, es más bien Draper el lo que encuentra a él, el que se autodescubre. Por tanto, podemos resumir el rol de Sterling como la versión más cínica y ególatra de la tradicional figura del mentor.

Este novato de pocas luces les salva la papeletaEste novato de pocas luces les salva la papeleta

Lo mejor es que, durante la fiesta posterior a la entrega de premios, nuestros hombres deben volver ipso facto para realizar una presentación que en principio se había aplazado. Draper, con unas cuantas copas de más, y ante la poca convicción del cliente con respecto a su propuesta inicial, empieza a lanzar una batería de eslóganes, cada cual más prefabricado y pueril. Lo más gracioso es que hay uno que sí gusta al cliente, y no es otro que aquel que utilizaba aquel ingenuo demandante de empleo en todos sus trabajos. Finalmente, más por evitar el ridículo que como un gesto de agradecimiento, contratan a aquel joven con pocas luces. Todo un ejemplo, si lo comparamos con la trayectoria de Don vista en este mismo capítulo, de como el nepotismo y la deformación profesional invaden progresivamente el mercado laboral, iniciando un proceso a cuya cumbre hemos llegado hoy en día. Está visto que nada cae en saco roto en esta serie: hasta el más mínimo personaje, línea de diálogo o detalle acaba teniendo una importancia más o menos considerable.

Fuera de esa dicotomía Draper-Sterling, el capítulo no se olvida de otros personajes (la alternancia de los primeros capítulos entre episodios muy Don-céntricos y menos Don-céntricos parece haberse disipado desde la entrega anterior). Muchos fans añoraban a Ken en los primeros episodios, y se alegraron con su vuelta y con sus nuevas noticias. Pues bien, su presencia en el Waldorf no es ni mucho menos testimonial. No se trata de una fusión de las agencias, sino de su retorno a SCDP. Pryce no se siente seguro con Pete tirando por sí solo del carro de las cuentas, ante la continua falta de seriedad y entusiasmo de Sterling. Campbell, a su vez, no puede evitar mostrase fuertemente reacio ante el regreso (y la inevitable competencia interna) de su némesis, pero finalmente se da cuenta de que se trata de un movimiento inevitable y necesario. Vuelve el duelo de gallos a la agencia: el espectáculo estará asegurado.

La señorita Olson no deja de sorprendernosLa señorita Olson no deja de sorprendernos

Luego está Peggy. Oh Peggy, qué decir de ella, nunca marchita, siempre tiene algo nuevo que ofrecer. Sin duda, ella representa en la serie, a su modo medianamente sutil, el cambio social que la clases altas todavía ignoran. Siempre ha tenido ese rol. Esta vez, ya no es únicamente su participación, considerable, pero en un segundo plano, en las tramas del premio y del inepto creativo. Su línea argumental se centra esta vez en la liberación sexual, latente en todo momento en el desarrollo de propuestas para Vicks Vaporub junto a un compañero bastante peculiar, el macarra y deslenguado Stan Rizzo. Un recién llegado que se nos presenta con la enésima referencia a la historia americana: proyecta para unas secretarias sin mucha idea el video “Confessions of a Republican”, panfleto (contra)propragandístico de la campaña Lyndon Johnson en el que se vinculaba a su rival, Barry Goldwater, con el Ku Klux Klan.

Yendo al grano, este tipo se les da de entusiasta de la revolución sexual, no parece tener muchas miras creativas más allá del desnudo y tacha a Peggy de mojigata y reprimida. Entonces, durante el fin de semana, mientras intentan recuperar el trabajo atrasado en un habitación de hotel (la agencia estaba cerrada), Peggy decide romper el bloqueo de ideas de una manera más que inesperada: se empeiza a desnudar y por imitación, el otro hace lo propio. Pero ruborizado por sus inevitables instintos fisiológicos, es el primero en volver a vestirse. La señorita Olson no para de sorprendernos, y esta vez, destapa la otra cara de la moneda: la acepción hipócrita y mentirosa de un movimiento de liberación del que sólo se conoce la superficie, perfectamente representada en el papel de Rizzo.

La TSNR se confirmaLa TSNR se confirma

No podía faltar la dimensión íntima de Don, en la que toman parte, de manera más escueta, su pasado (Betty) y su posible futuro (la Dra. Miller). Tras la acelerada presentación de Life Cereal, donde la aportación de un novato inepto les salvó la papeleta, vuelve a la fiesta de Waldorf. Allí, vemos sus primeros movimientos con la Dra. Miller, quien deja claro que no será presa fácil, pero la TSNR se confirma. Luego, una compositora de jingles, con aires de trepa, y también galardonada, se le echa a sus brazos descaradamente. Es en este punto donde el equipo artístico de Mad Men demuestra de nuevo sus grandes habilidades visuales y narrativas, así como su perspicacia a la hora de insertar un momento provocativo. Lo segundo, cuando el ligue de turno le hace una felación al ritmo de un jingle que ella misma tararea: sobresaliente. Y lo primero, justo a continuación, cuando, mediante unos sutilísimos fundidos de la noche al día (que ya son marca de la casa), descubrimos una soberbia elipsis en la que hemos saltado todo un fin de semana, con una mujer diferente en la cama de Don: matrícula de honor. Es entonces cuando llama Betty y le echa en cara (lo que mejor sabe hacer) que se haya olvidado de su día con los niños. Sé que queréis más de la rubia, pero de momento, es lo que hay hasta la próxima semana.


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