Review Mad Men: Time Zones

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No parece que sea nada fácil ni libre de controversia el empezar a escribir el principio del fin, máxime si se cuenta con todo un recorrido previo de semejante excelencia como es el de la seis temporadas anteriores de la serie de Matthew Weiner. Pero estamos sin duda ante la que es una de las series con mejor trabajo de guión de toda la historia, y pese a un arranque algo moroso en cuanto que season premiere, en cuanto a definición de las líneas maestras argumentales de la temporada, el tercer acto del episodio da un golpe sobre la mesa y, siempre dentro de la sutileza narrativa de Mad Men, nos aclara el panorama.

Una vez visionado el capítulo, nos damos cuenta de que el título del mismo no podía ser más explícito e indicativo. Por primera vez en su ya larga trayectoria, la acción principal de la esfera profesional de la serie (que no es la única pero sí la que pone en conjunto a todas) sale de Nueva York para compartir espacio y tiempo con Los Angeles, pues a la refundada Sterling Cooper & Partners le toca ampliar sus expectativas de negocio. En la dicotomía, física y sobre todo metafórica, entre estos dos lugares, diferentes como la noche y el día, se encuentra el cauce significativo para las grandes tramas que veremos en esta primera mitad de la temporada final, a la vez que toma fuerza mi teoría, desde hace tiempo sostenida, de que Hank Moody es la evolución, pasada de rosca y adaptada a los tiempos actuales, de Don Draper. ¿Pues que es Time zones sino el inicio del propio proceso de “californicación” de Mad Men?

Y esta dicotomía, estos dos lados del espejo, reposa sobre una oposición tan básica y clásica como inmortal e imperecedera, lo viejo contra lo nuevo. Los Angeles, California, es esa nueva Norteamérica que está naciendo, es la alta sociedad absorbiendo los efectos de la contracultura, del movimiento hippie. Es el sol, las nuevas oportunidades de negocio, la televisión en color. Es un Campbell renovado y desacomplejado, que parece haber pasado página. Es una Megan a las puertas del estrellato televisivo y cada vez menos ligada emocionalmente a su marido. Es un Chaough de “aquí te pillo, aquí te mato”, en el amor y en la industria publicitaria.

Mientras tanto, Nueva York sería lo viejo, lo caduco. Es un Don Draper aún apartado, sin fecha de retorno, del trabajo que lo alzó a la cumbre y lo acabó hundiendo (y en el cual sobreviven bien sin él, por lo que parece, pues su sustituto ofrece eficiencia sin demasiada grandilocuencia), y que no puede evitar reflexionar sobre el horrible funcionamiento de sus matrimonios. Es un Sterling cada vez más nihilista que se muestra defensivo ante la oportunidad de redención y reconciliación que le brinda su hija. Es una Peggy que ya no encuentra en lo profesional la compensación a sus carencias sentimentales, ante el desencanto y la poca voluntad de innovación que reina en el departamento creativo de SC&P, en la era post Draper. Es una Joan que, cuanto más intenta, con su iniciativa personal, levantar el rumbo de la empresa a la que tanto ha dado, más la pifia.

En ese panorama gris y frío (como fría es la noche neoyorquina en la que Don Draper se sienta a la intemperie, un plano final sumamente revelador sobre el hundimiento anímico y moral del protagonista), los pocos halos de luz vienen con el regreso de Freddy Rumsen, recuperado para la causa de una manera inesperada y que encierra un considerable potencial cómico, el cual esperemos que sepan explotar en su punto. Reveladora es también esa conversación de Draper con una desconocida en el avión (un espacio que parece que será recurrente en estos episodios venideros, con tanto baile entre costas), reflexión sobre las consecuencias finales, a nivel “espiritual”, anímico, de algo que en esta serie se había vuelto tan natural, desde sus primeros compases, como es la infidelidad.

Pese a que la narrativa, en sus aspectos más técnicos y funcionales, no ha sido tan redonda como nos tienen acostumbrados (el recurso del pendiente de Joan parece un poco metido con calzador), la serie, si bien lejos de su mejor momento formal, promete un conjunto de episodios en los que nos adentraremos, más si cabe, en las fobias y fantasmas cada vez más profundas de unos personajes aparentemente en la cima, pero emocionalmente a la deriva.

Nota del autor
3
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3.9 (77.33%) 15 votes

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5 comentarios

  1. Don

    Cuando se trata de reviews “Lo bueno” (ni lo malo) no puede “hacerse esperar”, o no es una review.

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