Review Mad Men: The summer man

The summer man

Por poco me pilla el toro de lleno, pero bueno, más vale (un pelín) tarde que nunca, y enseguida os traeré lo siguiente. De nuevo, la mejor serie del momento nada a contracorriente en el río cronológico. Aquí con pena acabamos de despeir el verano, mientras que en la Nueva York de los años 60 la temporada estival se acerca. Y con ella, el calor y la modorra que la suelen acompañar cuando las obligaciones no permiten distenderse. Tenemos un capítulo alejado de la intensidad y la exuberancia que caracteriza a las entregas de esta cuarta temporada. Pero ni mucho menos se ha alcanzado el vacío o el conformismo, sino que más bien se rescata la esencia de la primera temporada: en líneas generales, parece que no está pasado nada, pero en breves y chocantes lances nos damos cuenta de que por debajo de esa aséptica superficie está ocurriendo mucho.

Esta suspensión la observamos sobre todo en Don. Muy debilitado todavía por la muerte de Anna, inicia una especie de proceso de redescubrimiento interior. No sólo por los solitarios largos en la piscina deportiva. Ni por ese monólogo interior, esa inédita voz en off en la que el protagonista intenta hacer un balance de sus entrañas, algo así como lo que vimos recientemente hacer a Sterling, pero respondiendo a una motivación completamente opuesta. También en situaciones de la esfera profesional a las que responde de manera inusual, atípica, haciendo lo contrario a lo que haría habitualmente. Me refiero a la indolencia con la que actúa ante las continuas impertinencias de Joey, actuando con un inesperado pasotismo y dejando la resolución del peliagudo conflicto en manos de Peggy, la que ya es oficialmente su protegida.

Nunca tuvo tanto miedo de la soledadNunca tuvo tanto miedo de la soledad

Por otro lado, en este capítulo Draper tiene dos encuentros románticos sumamente diferentes entre sí, sobre todo, en cuanto a su significado. En primer lugar, con la dulce y no tan ingenua Bettany van Nuys (Anna Camp, una actriz a la que ya hemos podido ver en True Blood y Glee), una aventura superficial, un distracción momentánea. Ella, que sí se había hecho algunas ilusiones, se hace consciente de ello y Don no pretende que piense lo contrario. La culminación de su encuentro en el taxi supone un nuevo acto de “provocación retardada”: Mad Men es una serie que en el momento histórico que representa nadie se atrevería a hacer ni por asomo, aunque todos supiesen en el fondo que aquel sí era el mundo en el que vivían y no el que el sistema les pretendía hacer creer. Una nueva medallita (y van ya unas cuantas) para una producción excelente.

En segundo lugar, aquello que todos estábamos esperando y deseando, aunque bien es cierto que parecía que se iba a demorar algo más de tiempo. Era evidente que la TSNR entre los dos mayores erizos de la serie, Don y Faye (dejemos de llamarla Dra. Miller, ya hay confianza), se hacía cada vez más explícita y crecía a bastante velocidad. Primero la vemos a ella manteniendo, en la oficina, una fuerte discusión telefónica con alguien que enseguida se intuye como una ex-pareja. Un Draper muy perdido y desorientado busca un nuevo estímulo para su vida, y éste llega en forma de rubia tenaz. Obviamente, él lleva la iniciativa, y tras muchas largas, ella acepta una cita. Al final de la velada, tras un cena repleta de rebuscadas indirectas, por fin rompen el hielo. Eso sí, el señor Draper nos vuelve a dar otra gran sorpresa cuando él mismo, y no ella, opta por el “esta noche no”.

Se acabó por fin el tanteoSe acabó por fin el tanteo

Si hay un argumento serial para esta temporada, ese no es otro que la guerra de los Draper, que se está desarrollando de una manera mucho menos previsible y aturrullada de lo que cabría esperar. Tras encontrarse, por pura y sarcástica casualidad, en un mismo restaurante, los Francis con Don y su cita de turno (Bettany), Henry no puede soportar el excesivo resentimiento de Betty, que no puede responder más que a un profundo (y pueril) sentimiento de despecho. Esas cajas con pertenencias de Don en el garaje de villa Draper, en la que ahora viven (de alquilados, recordemos) Betty y los niños con Henry, funcionan a la perfección como una metáfora de los restos de Don que quedan todavía en la vida de Betty, que para aquel, como podemos comprobar más tarde, cuando las recoge para después tirarlas al contenedor, son solo residuos, estorbos insignificantes. Draper es, ante todo, un nómada de la existencia, y sigue adelante. Así y todo, el encuentro (y probable inicio de relación) con Faye resulta muy constructivo y reflexivo en su vida, por lo que sí decide finalmente presentarse en el cumpleaños de su hijo pequeño (que apenas lo reconoce), cuando sabe a ciencia cierta que no era bien recibido ni se le esperaba.

Pasamos a la zona off-Draper. En este episodio vemos lado más débil, en todos los aspectos, de la habitualmente frívola y impasible Joan. En una estado de preocupación continua por la inminente partida de su marido a la guerra, lo que colma el vaso son las persistentes impertinencias de Joey (ya adelanté que el trío calavera la iba a montar tarde o temprano), en una subtrama que ha devuelto al ruedo, de golpe y sin prolegómenos, el machismomás tajante y explícito. Paralelamente, Peggy sigue ese proceso de transformación en algo-muy-parecido-a-Don. Sintiéndose entre ofendida por las acciones de su inmaduro e irrespetuoso subordinado y solidaria con una mujer que siempre la ha apoyado y enseñado, toma cartas en el asunto, y tras recibir la correspondiente delegación de su superior y mentor, despide a Joey, enseñándonos su lado más severo e imperturbable.

Mujer contra mujerMujer contra mujer

Eso sí, lo mejor de esta parte está por llegar: al final del día, Peggy y Joan se encuentran en el ascensor. La frialdad seriedad de la pelirroja es sepulcral ante una Miss Olson que, sin especial egolatría, espera un gesto de agradecimiento por su parte. En cambio, lo que obtiene, para el espasmo suyo y del espectador, es una malévola y reveladora reprimenda verbal de Joan. Emulando la voz del espectador más retorcido y malpensado, le recuerda a Peggy, y a nosotros mismos, lo que es ella realmente, lo que todos sabíamos que era desde el principio: un trepa, vale que honrada y nada viperina, pero una trepa al fin y al cabo, que está viendo cumplidas sus pretensiones a pasos agigantados, hasta el punto de convertirse en la mano derecha del cerebro y alma de la agencia. Menuda machada de la pelirroja, aunque tenga toda la razón. Justo ahora que le habíamos cogido tanto cariño a Miss Olson…


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