Review Mad Men: The Suitcase

Los responsables de esta serie nos han vuelto a dar una gran lección de guión. Los diferentes componentes de la estructura narrativa, los elementos del fondo argumental y la ambientación contextual se abrazan, complementan y condensan con una maestría sin igual. Las desventuras de Don y de Peggy se insertan hábilmente en esa estructura procedimental que nos aparece de vez en cuando en forma de campaña para la que hay que encontrar ideas. A su vez, esas tramas personales y ese hilo conductor profesional enriquecen del contexto histórico puntual en el que surgen. En este caso, la clase de historia se sitúa en todo un evento de la cultura popular americana que acabaría transcendiendo a la esfera social y política de un modo contundente: el segundo de aquellos dos míticos combates entre Muhammad Ali y Sonny Liston.

Se trata de un episodio céntrico de Peggy, que tiene su réplica, como no podría ser de otra manera, en Don Draper, su gran valedor en la agencia, con el que ha mantenido no pocos enfrentamientos. Pero por otra parte, estamos ante un capítulo muy complejo y rico, condensado con gran perspicacia para que los diferentes elementos sean lo suficientemente significativos y al mismo tiempo quepan sin atropellarse en 45 minutos. En mayor o menor medida, se reabren o por lo menos se realizan notables referencias a varias tramas del pasado, aparentemente cerradas o que habían quedado en suspensión, con la consiguiente reaparición de los respectivos personajes. Así como líneas argumentales o eventos más recientes, como podemos comprobar a través de rasgos que nos remiten al episodio inmediatamente anterior.

Ken Cosgrove aparece completamente integrado en la nueva agencia, de la que ahora también forma parte Danny, aquel inepto aspirante cuyo golpe de suerte (o carambola etílicamente motivada, como le queráis llamar) le abrió las puertas. Ahora forma un equipo bastante peculiar con el vacilón de Joey y el macarra de Rizzo, personajes igualmente introducidos en esta temporada: todo un “trío calavera” que de seguro nos traerá buenos momentos cómicos.

El trío calaveraEl trío calavera

El tour de force emocional y competitivo entre Don y Peggy tiene lugar en la agencia, cuando ellos se quedan a trabajar en la presentación de Samsonite mientras que todo SCDP se va al combate del siglo (sobra decir que más por ganas de juerga que por afición). Ganas de juerga como las del putero y alcohólico de Sterling, que parece no divertirse lo suficiente si su discípulo aventajado no lo acompaña. Pero sucede además que Peggy está de cumpleaños y tiene a su novio, Mark, esperándola en un restaurante con una cena romántica. La ocasión se hace igualmente propicia para un breve y sarcástico encuentro con Trudy, en los baños de la agencia, justo antes de que todos marchen para el gran evento. Así, se felicitan mutuamente, por el aniversario y por el embarazo, y en esa hipócrita e inevitablemente forzada sonrisa de la señora de Campbell es imposible no intuir, de alguna manera, que ésta parece conocer, aunque sea inconscientemente, el lío de faldas de su “ejemplar y fiel” marido con la “niña prodigio”.

Definitivamente, no es la noche de la señorita Olson. Cuanto antes intenta acabar, más negativo y quisquilloso se pone Don. Para más inri, su largo retraso provoca una serie de llamadas, progresivamente acaloradas, al restaurante donde le espera Mark junto a (¡sorpresa!) su retrógrada y dominadora familia al completo, de la que Peggy pretende saber lo menos posible, con Mamá Olson a la cabeza. La indignación mutua de la pareja se tensa hasta la ruptura, siempre por línea telefónica desde una vacía agencia. Entonces comienza el enfrentamiento directo y punzante con Draper, el recital de reproches, rajadas, desahogos y rencor, donde adquiere relevancia la fuerte irritación de ella ante la falta de reconocimiento por el anuncio que le valió el Clio a Draper, retomándose así, de manera mucho más explícita y contundente, la idea de la relatividad y banalidad de la autoría en el mundo de la publicidad, tratada ya en Waldorf stories. Peggy es muy fuerte, pero Don lo es mucho más, por lo que ella se acaba desmoronando.

Ruptura por la línea 2Ruptura por la línea 2

El inmediato proceso de reconciliación comienza con un Draper que encuentra las cintas de Sterling (aquellas en las que lo vimos “escribir” sus memorias en el capítulo anterior), y se las pone a Peggy para que escuche la sarta de secretos mejor guardados y las mayores rajadas que el loco del pelo blanco suelta en relación a algunos de sus prójimos (especialmente el viejo Cooper), dándose de esta manera tan sucinta una pincelada más a su figura soez e infame. A esto le sigue una cena muy “terrestre”, en un restaurante que nada se parece a los lujosos parajes a los que esta serie nos tiene, y unas copas (por no variar) con las que Draper pretende compensar el cumpleaños de su empleada predilecta. Con un tono mucho más tenue, calmado y dialogado, su velada transcurre entre revelaciones mutuas de sus reservas más profundas, los intentos fallidos de lecciones de moralidad y la admiración, nada hipócrita, por el trabajo creativo y la minuciosidad del otro, que se resume en una grandiosa sentencia de la boca de Don, y reza algo así como: “Lo horrible y lo bueno están muy cerca, ya no puedo encontrar la diferencia”.

Su vuelta a la agencia, esa misma noche, está marcada por un breve y fabuloso plano en el que vemos a Peggy cargar con un Don moradísimo y, delante de la puerta de los baños, duda entre llevarlo al de mujeres o al de hombres, una toma muy escueta en la que se resume mucho del espíritu de esta serie. Poco después irrumpe Duck Phillips (el mismo), en un estado todavía más ebrio y deplorable que como lo vimos la semana pasada en el Waldorf. En este mismo episodio, pudimos ver previamente cómo intentaba resurgir de sus cenizas y montar, sin éxito, una nueva agencia con Peggy, la misma que lo había despechado por lo que es: un alcohólico empedernido y un acabado. Su pelea de gallos con Don, que por poco no roza la comedia dantesca, se hace muy representativa (por ambos) de lo patético y deplorable a lo que puede llegar el hombre cuando se entrega a la destructiva merced del alcohol.

El dilema universalEl dilema universal

Una vez Duck está fuera de juego, llega la otra parte del cuento. Aunque Don es un profesional tenaz e incansable, y eso nadie lo duda, la auténtica razón por la que se quedó en la oficina en lugar de acudir al combate del siglo (cuya sorprendente e histórica resolución habían escuchado en la radio mientras estaban de copas), fue porque había recibido el recado de una llamada de Stephanie, y permaneció a la espera de confirmar la terrible noticia. El trabajo era una manera de soportar la angustia y la preocupación por lo que sabía que le iba a ocurrir tarde o temprano a Anna Draper, su única amiga auténtica. Poco antes decidirse a llamar a Stephanie, a quien despierta para corroborar lo inevitable, un Don somnoliento recibe una visita fantasmagórica de la difunta, que aparece precisamente con una maleta, el producto que tienen que vender, con el que se encamina hacia el más allá: hasta las visiones de muertos aportan ideas creativas, hay que ver. ¿O será una sutil comparación entre el consumo y el mundo de ultratumba, a modo de crítica mordaz?

Con las maletas a un lugar mejorCon las maletas a un lugar mejor

Por primera vez, el incansable, pétreo e inquebrantable Don Draper, o Dick Whitman si preferís, se hunde y se desconsuela ante la adversidad, ante la pérdida de la única persona que realmente lo conocía, la única persona que lo quería y apreciaba por lo que era, y no por lo que aparentaba ser. Peggy, presente, acude a consolarlo, sabiendo que sólo ella en toda la agencia comprende a este hombre. Este momento maternal de la alumna con el maestro invierte la dialéctica casi paternalista que regía hasta ahora la relación entre ambos, no exenta de baches. Por algo le confesó Draper, en la pasada season finale, que si la trataba con dureza era porque la veía como la extensión de sí mismo.

Se hace de día. Entra la luz, y con ella la inspiración. En las portadas, aquella foto que inmortalizó a la leyenda: Ali mira en el suelo a un Liston al que acaba de noquear. Don encuentra por fin la idea perfecta para Samsonite. Mientras se lo cuenta a Peggy, la agarra de la mano. Los dos grandes personajes de esta serie, más unidos que nunca. Ahora sólo me surge una pregunta: ¿habrá algún manual de guión mejor que esto?

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