Review Mad Men: The rejected

Review Mad Men: The rejected

Sin duda, estamos ante una de las mejores series de la década. Es increíble como conserva la frescura del primer día, y que al mismo tiempo, nada huela a rancio ni repetitivo, todo un aliciente si tenemos en cuenta que su estructura es mucho más episódica que serial. Podemos empezar a notar una cierta tendencia, más matemática esta temporada, a la alternancia entre episodios muy céntricos en Don (los impares) y aquellos en los que otros personajes comparten el protagonismo (los pares). Se puede decir, incluso, que el que nos ocupa es el capítulo más centrífugo con respecto a Don en lo que llevamos de temporada. Ni rastro ni mención de la familia Draper: lo dicho, la guerra de los Draper quedará aplazada para la segunda mitad de temporada, donde quedará como el argumento dominante.

Pero no sólo de Don Draper vive el espectador. Pete Campbell vuelve al ruedo, y sale por la puerta grande. La anulación de la cuenta de Clearasil, conseguida a través su suegro, funciona sólo como el detonante para una noticia que se le resistía hace tiempo, y no siempre deseaba sinceramente: Trudy está embarazada, Pete va a ser papá (oficialmente). No podían faltar las referencias a su aventura con Peggy, que derivó en un enigmático embarazo: el rencor y el resentimiento copan las miradas entre ambos, pese a las cínicas y obligadas felicitaciones. Al mismo tiempo, Pete, que es un niñato pero un monstruo de los negocios, consigue, de paso, el Vic's Vaporub a partir de la anulación de Clearasil. La manera en que las respectivas noticias llegan s us destinatarios, además de ser el tejido conjuntivo de esta minitrama, ilustra de manera muy interesante, y divertida, la dificultad de comunicar las malas noticias frente a la precipitación a la hora dar las buenas.

No hay una descripción disponible¿Cuál va antes, la buena o la mala?

Por el resto, poco movimiento en la cúpula de SCDP. Lee Garner Jr. los sigue trayendo de cabeza, con exigencias y caprichos cada vez más absurdos. Lo mejor en este punto es la reaparición de un personaje que se andaba pidiendo a gritos. Sí, el mismo Ken Cosgrove, que tiene un encuentro con Harry Crane, tan veleta como siempre, y con su “querido” Pete Campbell. La tensión y el enfrentamiento que mantenían en la vieja agencia, sigue patente. Ken, que ahora trabaja para un filial de McCann, no es capaz de evitar las viejas rencillas y pide cuentas por supuestas calumnias. Por fin sabemos algo de su vida, y es que, según parece, se va a casar, con la irónica coincidencia de que su prometida y Trudy Campbell se conocen. Por mucho enfrentamiento y rencilla que haya entre Ken y Pete, ambos están hechos de la misma pasta, y más cuando se trata de negocios.

Esa megatrama de los cambios sociales se vuelve a manifestar, como era de esperar, a través de Peggy. Esta se hace amiga de Joyce, una empleada de la revista Life, cuyas oficinas se encuentran en el mismo edificio que la agencia. Resulta que trabaja junto a un fotógrafo de desnudos, un mundo totalmente nuevo para Peggy, que es tiene una mentalidad moderna pero no hasta ese punto, todavía encorsetada por sus creencias católicas. Joyce la lleva a una fiesta semi-clandestina, con su correspondiente redadas incluida, donde se destapa, ya no la contrafachada de esa América de los valores, que ya vemos en la intimidades de los “hombres locos” (y también las mujeres), sino lo que hay al otro lado del telón, esa realidad que va comiendo terreno poco a poco a la imagen oficial del país: la liberación sexual (Joyce enseguida se revela como bisexual), el consumo de drogas blandas (y no tanto) como algo habitual (pese a que el tabaco, por mucha restricción que le aplicasen, seguía siendo la droga oficial del American Way of Life) o el arte experimental (con referencia a Warhol incluida). Lo mejor es que estas nuevas amistades de Peggy tienen pinta de alargarse una buena temporada.

No hay una descripción disponibleVolver para recordar viejas rencillas

En tercer lugar, se nos muestra el lado más mezquino e infame del mundo de la publicidad en esos estudios de consumo con las chicas de la agencia, donde, en aras de un posicionamiento óptimo del producto en cuestión, les sacan de adentro sus peores fobias, sus peores traumas, a estas chicas todavía atrapadas en la obsesión del matrimonio ante la amenaza de la soledad, un imperante concepto machista que esta serie lleva ilustrando a la perfección desde el primer día. Persiste el enfrentamiento, un poco más calmado, entre la doctora Miller, responsable de esos estudios, y Don, en lo que ya podemos proclamar como la TSNR principal de la cuarta temporada.

Por otro lado, Allison es una de las chicas que rompe a llorar durante ese estudio. De todas las aventuras de una noche que ha tenido Don, y no han sido pocas, ella es la que más tarda en olvidar, como si no supiese de antemano de qué pasta está hecho su jefe. Se siente tan frustrada y menospreciada que monta un escándalo en su despacho, o lo que es lo mismo, da a conocer a toda la agencia su aventura. Don se ve en la obligación de echarla, y para evitar mayores problemas, Joan contrata como su nueva secretaria a una mujer entrada en años. ¿Será capaz Don de sorprendernos hasta ese punto?

No hay una descripción disponibleLo viejo y lo nuevo

Cabe destacar la excelente penúltima secuencia, una pétrea y rencorosa mirada entre Pete y Peggy a ambos lados de la puerta de recepción. Lo mejor de todo es que, paralelamente al resentimiento mutuo por un idilio fallido, advertimos la oposición entre dos concepciones de la vida y de la sociedad muy opuestas, aunque se trate de jóvenes de la misma edad. Mientras Pete charla con los dinosaurios de la agencia y de la cuenta de turno, Peggy, y eso que no dejo de ser aún bastante mojigata, se va de paseo con su nueva cuadrilla de amigos, unos jóvenes vanguardistas y posmodernos, que más tarde que temprano acabarían conquistando el país.

Tampoco sería de recibo omitir esa enigmática escena final, en la que, mientras Don vuelve a su apartamento, cansado tras un día de trabajo, un anciano espera en la puerta a su señora, que viene por el pasillo cargada con la compra. Pero lo único que parece interesar al anciano es si ella se ha acordado de traer peras. Poco a poco, nos vamos percatando de que el edificio en el que ahora vive Don Draper es todo un microcosmos, donde, de haber una rara avis, un elemento intruso, no sería otro que nuestro protagonista.


Categorías: Sin categoría
¡Únete a nuestra comunidad!

Déjanos tu comentario »