Review Mad Men: The Chrysanthemum and…

Si algo caracterizó por encima de todo a los sesenta, la época que esta serie recrea como nadie, es la idea de cambio. Y dentro del cambio, un elemento fundamental es el choque de culturas, especialmente cuando la hegemonía económica estadounidense empezaba a
debilitarse por la irrupción de nuevas economías competitivas en el mundo. Así, a los hombres de negocios no los queda otra que introducir en sus políticas de empresa un cierto aperturismo.

En este orden de cuestiones germina la trama principal de este episodio, puede que el
más intenso en lo que llevamos de temporada. Ante la posibilidad de adquirir la cuenta de Honda, en los albores de su expansión a los coches, los hombres de SCDP organizan una reunión con tres ejecutivos nipones, de los cuales sólo uno habla la lengua de Shakespeare. Entonces en la agencia surgen dos posturas enfrentadas, que marcarán el rumbo del
capítulo. Por una parte, tenemos la mentalidad erturista, con atisbos de innovación, modernidad y convergencia, presente en la gran mayoría de los hombres de peso de la agencia. A
modo de briefing, se les obliga a leer El crisantemo y la espada para que sepan entender y se familiaricen con su visión tan particular de los negocios, que responde a unos patrones muy tradicionales, donde el honor y las reglas, algo de lo que precisamente carecen los hombreslocos, adquiere una trascendental importancia.

Viejos modos para nuevos negociosViejos modos para nuevos negocios

En el otro extremo
tenemos esa actitud sumamente reaccionaria no de Cooper (que vuelve a
demostrar su profundo conservadurismo cuando hace referencia a las
marchas
de Selma
, una nueva lección de historia
norteamericana, de esas que tanto aportan a la serie) sino de
Sterling, combatiente de la guerra, y negado a cualquier tipo de
contacto con los hombres del sol naciente. Si es que a veces uno es
más papista que el papa y no se da cuenta. Además,
sobre esta postura tan fuerte y arraigada, de la que no deja de
reafirmarse en todo el episodio, no subyace solamente el miedo ante
la amenaza de una potente economía emergente, sino también
la pérdida de poder e influencia de Sterling en la agencia,
ante la menor dependencia de la cuenta de Lucky Strike que él
gestiona con exclusividad. Tenemos de nuevo esa dicotomía
entre lo viejo y lo nuevo, esta vez de manera más compleja (y
contradictoria), mediante dos frentes inversos pero complementarios:
el tradicionalismo japonés ante la “modernidad” yankee,
y el aperturismo de Draper o Campbell (aunque sea interesado) frente
al reaccionarismo obcecado de Sterling.

La pequeña Sally será víctima de la confrontación de sus padresLa pequeña Sally será víctima de la confrontación de sus padres

Al
mismo tiempo, se va tejiendo un argumento que se vuelve
complementaria e interdependiente con el principal, conformando una
especie de megatrama. La competencia entre las agencias es más
encarnizada que nunca (si ya lo es dentro de agencia, imagínense).
Esta lucha pasa al terreno personal, con ataques públicos,
dardos maliciosos, entre los peces gordos de las diferentes
compañías. Se da la circunstancia de que CGC
se está llevando todas las cuentas que SCDP pierde

(Jai Alai y Clearasil), y Ted Chaough, su cabeza visible, no se corta
a la hora de rajar de su homólogo, Don Draper, en el mismísimo
New York Times.

El principal conflicto se
produce cuando CGC se postula como el candidato perfecto para
llevarse la cuenta de Honda, una vez que SCDP parece haber perdido su
oportunidad de la manera más absurda y repentina. Quizás
estemos ante la mayor jugada profesional de Don Draper, la enésima
demostración de que es un auténtico fenómeno
insuperable.
Dijimos anteriormente que en el capítulo se
enfrentaban dos dicotomías inversas y complementarias, dando
cuenta de la ambigüedad y relatividad de la moral y la ética
ya en aquella época. Pues bien, el mecanismo de manipulación
que utiliza Don aparece igualmente relacionado con esa amalgama de
conceptos. Así, ese juego de guerra sucia, espionaje y
contraespionaje de Ted Chaough en el que Draper parece meterse que un
treta, un engaño, un auténtico farol de maestro. Un
farol similar al que emplea en la última parte del proceso, a
la hora de persuadir a los nipones tras la gran afrenta de Sterling:
renuncia de primeras, sin más dilación, echándoles
en cara su falta de honor al haber respetado las reglas. Así,
se invierte el sentido de la ofensa, y SCDP se acaba llevando la
cuenta. Don les da de su medicina a unos y otros, de esa manera los
embauca para conseguir su objetivo. Está claro que este
hombre, de no trabajar en publicidad, estaría de agente ya no
doble, sino triple.

Betty vuelve al divánBetty vuelve al diván

Pasamos a la esfera
íntima. Vuelve Betty al ruedo, las plegarias de cientos de
fans clamando su presencia parecen haber sido escuchadas.
Se
produce el primer asalto de la esperada guerra de los Draper, todavía
irresoluto, y en un escenario tan peliagudo como inesperado: Sally.
La primogénita ya está algo crecidita, y hace un par de
capítulos, ya se intuía que su personaje iba a adquirir
más importancia e interés. Lo que en principio parece
quedarse en un corte de pelo fallido, funciona como indicio de lo que
realmente viene: la niña, ante la frustración de la
ruptura familiar, decide romper moldes y atreverse a experimentar con
su cuerpo. La escandalizada Betty, de primeras, no duda en mostrarse
autoritaria y rigurosa delante de su ex-marido, su pareja actual y
sus hijos. Pero ya el siguiente paso, cuando la actitud de su hija se
vuelve más preocupante, y pese a su reticencia inicial, decide
enviar a Sally a una psicóloga, aconsejada por Henry.

De erizo a erizoDe erizo a erizo

Tenemos aquí un
imponente déjà vu,
una historia que se repite. Betty no parece haber superado en
absoluto la terrible huella que el tratamiento psicológico le
dejó, y piensa en la “corrección” de Sally como su
catarsis propia, por mucho que no pueda evitar una cierta conciencia
de culpa ante la posibilidad de traumatizar a su hija por no saber
afrontar sus propios fantasmas. Ella, como siempre, culpa a Don,
tanto de los problemas de la niña como los de ella misma, y
él, que de sumiso y resignado no tiene ni un pelo, le achaca
que es precisamente ella quién ha detonado esa espiral de
confusión y desasosiego en sus hijos. Sally
entra en la consulta de la psicóloga, la puerta se cierra, la
guerra no ha hecho más que empezar, y como en todas, la pagan
quienes no deben.

Por último, la
TSNR principal queda relegada pero no abandonada, y en poco tiempo se
mueven fichas importantes. La Dra. Miller consigue abrir el duro
caparazón de Don, cuando, en un momento de recreo, éste
le expresa lo dificultoso que le resulta relacionarse con sus hijos
desde la separación. Cuando le toca al turno a ella, confiesa
que está soltera, y que el anillo que lleva sirve únicamente
como defensa, como repelente, como mentira piadosa para poder
realizar su trabajo en condiciones; por supuesto, nadie lo sabe. Un
duelo de erizos.
¿Quién será el primero que
se quede sin púas?


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