Review Mad Men: Tea Leaves

Ya advertimos en la doble season premiere esos coqueteos con el humor negro y escabroso de los que la serie se gustaba tanto, incluso escogiéndolo como el tono para tratar los argumentos más incómodos y melodramáticos, acercándose en alma y estilo a ese otro hito de la televisión que es A dos metros bajo tierra. Pues bien, con este episodio caminan de nuevo en esa dirección y dan no uno ni dos, sino hasta tres pasos más. La esperada reaparición de Betty no habrái podido tener un efecto tan chocante y desasosegante en sus admiradores más acérrimos. La gruesa y negra ironía bajo el fino pincel estilísitco de la serie se multiplica al conocer la coyuntura extraargumental de la actriz que da vida al personaje (embarazo) y la posterior declaración de intenciones del creador y showrunner de la serie, Matthew Weiner, de incluir de alguna manera esta circunstancia en la diégesis de la serie.

Pues bien, en vez de introducirla literalmente lo que han hecho ha sido un vuelta de tuerca cargada de sarcasmo, presentándonos a una Betty “aumentada”, oronda y con preocupantes problemas de conducta hacia su propia persona. Nunca hemos estado ante una persona especialmente estable emocional y psicológicamente, pero hasta ahora, jamás habríamos pensado que su dañada condición podría llegar a extrapolarse de manera tan tajante a su aspecto físico, su cara bonita, lo único que le quedaba al fin y al cabo. La lograda secuencia final refuerza tanto esta como la ironía más siniestra de los creativos de esta serie en sus propuestas representativas.

Y eso que lo peor aún puede estar por llegar. A esa progresiva gordura, fruto de un descontrolado orden alimenticio, se le une la amenaza de un tumor en la tiroides. Pese a encontrarse todavía en fase benigna, y por ende, controlable, los peores temores se desatan, para más inri en una persona con tan poca entereza emocional. Llega a soñar su propia muerte, su mesa con sus hijos y marido de luto y el servicio puesto para su asiento vacío… estampa clásica y recurrente de la casa-funeraria de los Fisher. Al mismo tiempo, un giro tan funesto sirve para mostrarnos al Don más solidario y comprensivo, llevando el estado de salud de su destructiva ex al primer puesto de sus preocupaciones, y no sólo por sus hijos. También destacable la posición de la nueva señora Draper, dispuesta ser mucho más que una comparsa y sostenerse en el apoyo moral decidido de su hombre, hacia dentro y hacia fuera, incluso en cuestiones tan delicadas como las relativas a su predecesora y madre de sus hijastros, con los cuales la relación todavía se encuentra en fase iniciática.

Un episodio un tanto monolítico y monotemático, centrado decididamente en un personaje, pero que no ha perdido tampoco la oportunidad de avanzar tramas de temporada planteadas en la premiere, así como interesantes relatos episódicos. En su calidad de libro de historia abierto, especializado en cultura popular, hecho que cristaliza como ningún otro en la comunicación publicitaria, digamos que era simplemente irresistible la posibilidad de hablar directamente del auge del rock n’ roll y demás movimientos contraculturales entre la juventud del momento, los baby boomers. Como estos, hijos de la prosperidad económica y la rápida recuperación de la posguerra, empiezan a ser los reyes de la casa, la primera palabra en muchas de las acciones de compra en cada hogar norteamericano. Las marcas se van hacienco conscientes de ello y por estos cauces dirigen a los creativos publicitarios.

En concreto, un ejecutivo de Heinz pide directamente a los Rolling Stones, que, casualmente, dan un concierto esa semana en New York, parada imprescindible de aquella mítica gira de Jagger y cía. por Estados Unidos en 1966. Dos old school como Don Draper y Harry Crane intentan colarse en el backstage, cual groupies de turno, y se vuelven sin haber conseguido hablar con la banda o con el agente pero con una lección de vida y de sociedad, algo preocupante si te le dan adolescentes. Y es que el sistema de valores de aquella próspera, sonriente pero aún profundamente conservadora Norteamérica estaba cambiando por completo, de una manera tan brutal que la sociedad y la cultura oficial ya no podían ignorarlo, aunque quisiesen. Hasta algunos ya se dieron cuenta de que ahí se encontraba la nueva generación de consumidores, y sabemos que cuando hay pasta de por medio, no hay valores que valgan. Las secuencias quedan realzadas por una incipiente (e incómoda) tensión sexual de Draper y Crane con las adolescentes que les dan conversación y les ofrecen unos tiros de marihuana. The times they are a-changin’.

Por el resto, la guerra entre Campbell y Sterling ya es oficial, y recíproca. El joven, excelente comercial y negociador, rescata la cuenta de Mohawk Airlines, “nuevo” cliente estrella de la agencia, y en el celebrado anuncio, no desaprovecha la ocasión para empezar a contraatacar, con la diferencia de que ahora uno de los contrincantes sí queda en evidencia delante de toda SCDP. Sterling es oficialmente el subordinado a cargo creativo de una cuenta que ha conseguido su ahijado profesional. Peggy se da cuenta de ello, y aunque quiera pasar un poco del tema, será la persona con mayor capacidad de mediación en un choque de egos que puede hacer saltar todo por los aires. De momento, le encargan contratar a un nuevo redactor específicamente para esta cuenta, sin que la necesidad sea real. El elegido final resulta ser un tío un tanto peculiar, Michael Ginsberg. Judío, con actitudes bien diferentes según el interlocutor sea Peggy o Don (al que no deja de expresar su profunda admiración), y con serios fantasmas familiares que persisten en el presente. Atención, podemos estar ante un personaje muy interesante.


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