Review Mad Men: Signal 30

Sólo una serie como Mad men es capaz de presentarnos un episodio aparentemente ligero, sin hacernos esperar grandes movimientos más allá de su fabulosa y habitual sutileza, para pegar de repente un giro de 180º a través de un momento completamente inesperado de ridiculez cómica para luego empujar por la rampa al infierno a un personaje que parecía haber dejado atrás sus viejos fantasmas. Todo ello, consecuencia de la destructiva dialéctica del ego del macho, el auténtico núcleo narrativo, significativo y moral del episodio. Para callar de una vez, por si el avance natural de la serie no lo había hecho ya, a esas voces detractoras que atacan a la serie basándose en que su retrato del machismo es ideológico y no “sólo” representativo, en la más jodidamente excelente de las maneras. Dentro review.

Estamos sólo al final de los ’60, un tiempo en el que se gestaban profundos y necesarios cambios sociales. De hecho, ya hemos visto como las mujeres van accediendo poco a poco a puestos hasta ahora reservados al hombre (qué mejor ejemplo que nuestra amada Peggy Olson), y que conducen el coche aunque el marido esté en plenas facultades para hacerlo (como hace Megan, profundamente femenina, en el sentido clásico del término, pero también considerablemente moderna, en este mismo episodio). Aunque todavía quedan profundos estigmas que de aquella aún se veían como normales. En una treta de las “señoras de” Campbell, Draper y Cosgrove para acercar a sus maridos, enseguida se ve ese arcaica división de “mujeres a la cocina, a traer la comida, y los hombres en el salón tomando la primera (o la segunda)”. Pero la verdadera cuestión en la representación de los conflictos de género no va por esta dirección, breve e inocente macguffin, sino que se nos adelantó anteriormente en el capítulo, y también en la season premiere (qué gran función la de los previously on).

Una avería doméstica en Villa Campbell es rápidamente solucionada por un Draper en camiseta interior, al más puro estilo Marlon Brando (en sus años mozos). Algo que provoca el recelo interno de un Pete que actúa demasiado lento y tarde. No ha quedado en evidencia delante de su señora y las señoras de su compañero, pero su ego de macho, ese orgullo interior innato al cromosoma Y, pero cuya manera de lidiarlo marca la diferencia, ha quedado más que maltrecho, convirtiéndose su su peligroso y consecuenta anverso: la más profunda de las frustraciones. Precisamente ese carácter ambicioso y viperino del que siempre ha hecho gala el golden boy de Sterling Cooper no es más que la proyección, la extrapolación al exterior y al desarrollo diario de este pecado original masculino, por encima de esos instintos primitivos, relacionados con la fuerza y la dominación, que aquel suele desencadenar. Esos viejos y graves defectos, por los que siempre conocimos a Pete, vuelven ahora a la superficie, y no sólo eso, sino que además su autoestima queda más tocada y hundida que la economía griega tras la mano de los rescates. Mad men tiene un potencial freudiano cada vez mayor, no me extrañaría que en breves se desarrollen investigaciones y estudios a este respecto, si es que no lo están ya.

La otra parte de este conflicto, tanto como desencadenante externo como fantasma interno paralelo, la erige el casi siempre relegado (también en la lógica de la agencia) Lane Pryce. Con su orgullo nacional al máximo después de la victoria de su selección en su Mundial, se encuentra, aprovechando la coyuntura, apunto de cerrar la que sería “su” primera cuenta, encima con una marca y producto (la inglesa Jaguar) más que jugosos que le darían un soberano espaldarazo a una agencia aún muy necesitada, para que luego se vaya todo al traste de la noche a la mañana por la incontrolada frivolidad de sus socios, los mismos que le aconsejaron dejarles paso para atar al cliente, algo en lo que el brit no era especialmente docto. Esto sí que hace despertar sus instintos más irracionales. Está dolido porque se enfrenta definitivamente a la aplastante realidad de su verdadero peso en la agencia, más coyuntural que propiamente meritorio. Al igual que Pete siempre suspiró por el factor creativo de Draper, Lane anhela poder tener por fin “su” cuenta, conseguir su propio cliente. Y quizás en su caso resulta más frustrante todavía, por tratarse su particular sujeto envidiado de un niñato que él mismo elevó a donde ahora se encuentra. Esta trama episódica exige, por tanto, que el conflicto Campbell-Sterling, en plena ebullición, quede aparcado para ver el comportamiento más lamentable nunca visto, en estado de sobriedad, en unos ejecutivos de SCDP.

El desencandenante, esa hilarante gracieta del chicle en el pubis, nos trae esa confrontación física a la que nunca esperaríamos que llegarían, momento lleno de ridícula comicidad que marca el punto de inflexión de un episodio hasta entonces en tono ligero y sin demasiados aspavientos, hacia una auténtica tragedia griega, una montaña rusa en descenso y sin frenos hacia el infierno interior. Y de paso, vemos como hacen salir a Joan de la sala y el resto de presentes (los otros tres socios) cierran las cortinas y se limitan a su rol de espectadores y a la no intervención, reforzando ese mencionado retrato de la vigencia de arcaicos y primitivos códigos masculinos, incluso en las capas más altas y avanzadas, aparantemente, de la civilización. Ese patética y pueril pelea abre la caja de los fantasmas, que esperban ansiosos su salida a la superficie.

Ese Campbell niñato, mezquino e insolente de las primeras temporadas, que ya parecía superado, vuelve con toda fuerza, sólo que ahora con un margen de acción mucho mayor debido a su incrementado peso en la agencia. Y ahora, además, su profunda frustración (reforzada por verse “superado” en sus clases de autoescuela por un joven apuesto de cara a la atención de una atractiva jovencita) consuma su hundimiento moral, su descenso al averno, a una edad mucho más temprana de aquella en la que pasaron por lo mismo sus socios, esos de los que tanto recela como que envidia y admira. ¿Y el viejo Cooper no tiene nada que decir al respecto? Sinceramente, todavía lo espero. Por otra parte, la reacción posterior de Lane nos abre un nuevo (e igualmente impredecible) conflicto, con un beso repentino a Joan. ¿Intentan los creadores hacer de Pryce un nuevo Sterling, apoyándose en la despampanante y dominante Joan para suplir su vacío y pequeñez espiritual? La reacción de la pelirroja al respecto fue tan ambigua y contenida que abre la puerta a cualquier interpretación posible. Hay qué ver lo poco que necesita esta actriz-personaje para brillar con luz propia, y no únicamente desde la óptica puramente masculina.

Fuera de ese conflicto central, Ken Cosgrove (la otra parte contratante de esa cena inicial que siembra la semilla de aquel), también pasa por su propio duelo, aunque en su caso no es contra su ego y sus instintos masculino, sino contra, o más bien, para con su duende creativo (no publicitario, sino literario), para con la presión externa alrededor de ese duende, por exceso o por defecto, por entusiasmo o por oposición. Y Peggy parece ser la testigo de excepción en este duelo interior, más constructivo y menos dañino que el principal. Parece que últimamente el rol de Miss Olson, las tramas en las que pincha o corta, no giran en torno a ella mismo, sino que se convierte en un elemento de soporte, juicio y evaluación a otro personaje. Se une, por tanto, a Joan en el rol oficioso de termómetro moral de la agencia (ese que tan esporádica pero ilustremente bien realiza el viejo Cooper), de ahí el creciente tiempo que vemos a ambas compartiendo pantalla.

Vaya un recorrido de esa ligereza inicial a ese tono tan oscuramente melancólico de un epílogo narrativamente cum laude, marcado por un fabuloso sonido descontextualizado (un recurso poco común en esta serie, generalmente naturalista) de un grifo goteando, precisamente el desencadenante de ese desasosiego interior de un personaje cuya frivolidad y malicia externa oculta una profunda e irresoluble debilidad interior, espiritual. Como colofón, unos créditos al compás de los prolegómenos, en tono preclimático, del 4º Movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven. Sí, el Himno de la Alegría, para rematar el negro sarcasmo. Pero es que además, había más referencias a El Gran Compositor en otras partes del capítulo, como aquella en la que Campbell enseña su nuevo estéreo a sus invitados (“la orquesta en miniatura”), así como en el título del nuevo relato comenzado por Cosgrove (inspirándose en su maltrecho compañero y otrora rival) con su nuevo pseudónimo, empezando “de cero” y “matando” a su alter ego anterior. Pero qué buena es esta serie, por favor.


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