Review Mad Men: New Business

Mad Men 7x09: New Business

Horror al vacío. Un plano final que lo dice todo. Ese fantasma de la pérdida y la ausencia del anterior episodio se materializa en este como consecuencia de los dos grandes causantes de conflictos en la serie desde sus inicios: los líos de faldas (efectos del deseo irrefrenable, si se quiere exponer de forma más recatada) y la mentira estructural, dos conceptos intrínsecamente relacionados. Muchos regresos en este capítulo, de habituales y de esporádicos.

Dicho plano final cierra en cierto modo el círculo abierto por la secuencia inicial, en la cual Don se marcha de la que fue su casa, tras una visita a sus hijos, y mira en su salida, con notable melancolía, a la que fue su mujer, con su actual marido y unos niños que pertenecen ahora a otra familia. Esa añoranza de una vida que nunca supo apreciar hasta que realmente la perdió para siempre lo empuja a continuar su incursión en el reino de las tinieblas, obsesionado por ese fantasma de carne y hueso, de aroma cada vez más “lynchiano”, que escapa de él como escapa de un pasado que nos comienza a sorprender. Sí, hablo de esa camarera de la anterior entrega, la cual ha trascendido la aparición episódica para ocupar un lugar más central en esta nueva entrega.

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Esta vez la camarera ha entrado hasta la cocina, nunca mejor dicho. Y qué mejor ocasión para deleitarnos con un cameo de dos “viejos conocidos”: la siempre magnética Linda Cardellini en la piel de Sylvia, vecina y ex amante, reciente, de Draper, y su ingenuo marido, en un espacio tan identitario del universo Mad Men como son los ascensores. Un momento un tanto incómodo que no trascendió más allá de la anécdota (de momento), porque el meollo del asunto consistía en conocer las raíces de esa relación bipolar que une a Diana (sí, tiene nombre) con nuestro protagonista: de la atracción y la pasión al rechazo y la huida en cuestión de instantes. Y todo remite a lo mismo, a la pérdida, al remordimiento en este caso: conocemos el pasado turbio de Diana, que por poco es “la mujer sin nombre”, en dos pasos, ambos conectados con el pasado de Don (y con la tónica fantasmagórica de estos últimos episodios): el luto, en primera instancia, y el abandono, en segunda.

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Por si fuera poco, para rematar el percal tenemos otro anhelado regreso, el de Megan. Despechada como cualquier otra ex de Don, con el agravante de creer poseer un talento inconmensurable y una prometedora carrera únicamente truncada por un matrimonio fallido, la quebequense cruza los Estados Unidos de costa a costa para venir a reclamar “lo suyo”, lo que le pertenece por mandato legal y moral. Una coartada ética que de tan intensamente creída parece sólida e indestructible, pero de la que enseguida nos percatamos que no deja de ser un muro de contención hacia tantos otros conflictos en su entorno y su realidad que no tienen nada que ver con Draper. Su drama materno-filial ya lo conocíamos de At the codfish ball pero es ahora cuando queda patente cuánto ha influido su irreflexiva madre (una Julia Ormond cuya presencia siempre se agradece) en su profunda fragilidad y vulnerabilidad, que esconde bajo su pose de mujer avispada y segura de sí misma. Al mismo tiempo, con su hermana tampoco tiene la mejor de las relaciones y la envidia de una hacia la otra más la desconsideración en el sentido opuesto salen también a la palestra.

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En definitiva, lo que debería consistir simplemente en un reparto de bienes y una recuperación de los efectos personales de Megan de villa Draper se convierte en una revancha personal de exmujer, hermana y especialmente madre hacia el protagonista con el fin último de amortizar sus propias miserias morales y dar una falsa sensación de una unidad familiar que no existe ni por asomo. Además, eran pocos y parió la abuela, pues dos elementos como Sterling y Harry Crane también aportan su “granito de arena” en este desbarajuste: mientras el viejo (con su llamativo bigote) aprovecha para darse una cana al aire con mamá Calvet y ayudarla, un poco de manera inconsciente, al expolio de villa Draper, el de las gafas gruesas se convierte en el nuevo Draper-wannabe, intentando aprovecharse, de manera bastante patética y evidentemente sin éxito alguno, del momento delicado de Megan (personal y profesional) para llevársela al huerto, buscando la aprobación de Don mediante indirectas, lo cual resulta aún más lamentable.

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En otro orden de cosas, el trabajo sigue en SC&P, aunque no lo parezca. Las nuevas tendencias artísticas, de las que la publicidad se debe nutrir sí o sí para adaptarse a la realidad, vienen acompañadas de esa emergente revolución sexual que se avecina. Y qué mejor punto de incidencia para ello que la tensión sexual, venida a menos, entre Peggy y Rizzo, con una fotógrafa vanguardista seduciendo a ambos… pero por separado y con desigual éxito (el subtexto homosexual de Peggy nunca se ha explorado todo lo bien que se debería, siempre lo he pensado). Poca relevancia de esta trama de cara al futuro salvo en lo valga para reactivar dicha tensión sexual (y para constatar que la infidelidad es una constante en Madison Avenue, de ejecutivos a pajes), pero muy gratificante en lo estético… los cuartos rojos tienen un atractivo especial, sobre todo si albergan erotismo.

Quedan ya sólo cinco entregas, con pocas pistas aún sobre qué deparará la series finale a estos personajes. Esta último ha elevado el tono de comedia y eso se agradece para compensar la aureola fantasmagórica que domina necesariamente el relato ahora mismo. Muy intrigado sobre lo que vendrá a partir de ahora… y sobre Sally Draper, que aún no se ha dejado ver.

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4 comentarios

  1. Anónimo

    Me cuesta mucho interesarme en esta trama de Don. Quizas Diana sea diferente a las demas por tener el mismo pasado pero yo lo veo como mas de lo mismo. Ya desde la temporada pasada con Sylvia me aburrio bastante. Don en su descenso a los infiernos durmiendo con una mujer en particular y poniendo cara de sufriemiento en practicamente todas las escenas. Me resulta imposible no encontrarlo repetitivo y algo aburrido.

  2. eryk stone

    Esto ya huele a final, lo más interesante es que no sé hacía donde nos quieren llevar ni que nos quieren mostrar.
    Solo nos queda disfrutar a Mad Men cinco semanas más. (Cinco Semanas) ¡wow! 4/5

  3. sofi

    Recuerdo que David, en un post de Banshee, dijo que cuando un personaje se deja crecer la barba o bigote, es porque la serie ha madurado y eso es lo mismo que pensé cuando vi a Sterling con su nuevo bigote. Mad Men es en definitiva una gran serie, muy madura y en estos últimos capítulos veremos cuanto ha ido evolucionando en todas sus temporadas.
    Fue triste ver a Don mirar con nostalgia su ex casa con su ex esposa e hijos, que como bien dices, ya pertenecen a otro hogar. Y lo mismo al ver su matrimonio destruido con Megan y su casa vacía, símbolo intrínseco de su nueva vida.
    Una consulta. No recuerdo en dónde ni cómo conoció a la camarera y si ya antes tuvo un affaire con ella. Ojalá alguien pueda refrescarme la memoria.

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