Review Mad Men: Mystery Date

Semana Santa pasada por agua, posterior resaca, cambios climatológicos repentinos y atropellados, fase decisiva de Liga y Champions, cacerías reales, recortes y más recortes (no han llegado al cerebro, de momento), la sensación de que en cualquier momento nos empezarán a cobrar impuestos, o incluso a condenar, por escribir,… y en definitiva, cíclicas leyes de Murphy. Todas y cada una de las excusas que podría poner ante la demora en las reviwes semanales de una de vuestras series favoritas. Pero ya estamos aquí. Si en el anterior vimos por fin qué fue de Betty Draper/Francis, cuya trayectoria, la cual nunca fue especialmente luminosa, toma un rumbo siniestro que no nos podríamos haber imaginado, en esta entrega, un fascículo aparentemente sin grandes cambios, se nos regala un tercer acto rocambolesco en múltiples direcciones, que modifica mucho el mapa, y de manera completamente inesperada.

Cuando se habla de mezcla de géneros en ficción televisiva, todos se acuerdan de sitcoms referenciales y experimentales en su narrativa, desde Community hasta HIMYM pasando por Big Bang, comedias de formato más largo como la recientemente finalizada Chuck, o ese sempiterno y eternamente discutido referente que fue Lost. Pero últimamente Mad Men está haciendo méritos para tener un puesto de honor en esta lista, superando a las mencionadas, ya que su juego de códigos no se limita a la sucesión de citaciones y su inclusión en las tramas, y no se queda en lo específico de subgéneros muy concretos sino que se orienta hacia las formas más básicas de los formatos argumentales.

Si el episodio anterior navegaba en todo momento entre el melodrama más lastimoso y el más desasosegante humor negro, este continúa por esa senda de la comedia de enredos clásica con la que siempre coqueteó, por coyuntura representativa, en ciertos lances iniciales, especialmente en esa guerrilla (ya no tan) extraoficial entre Campbell y Sterling, ahora con Peggy de por medio, eso sí, eminentemente en segundo plano en esta entrega. La gran novedad ha sido contemplar como, por momentos, la narración parecía enmarcarse dentro de un relato de terror, con el gran juego que dan los largos e intrincados pasillos de SCDP, abarrotados de día pero inquietantemente vacíos de noche, en un capítulo que se ha recordado por la mención, e inclusión en la trama, de la horrible violación y asesinato de ocho estudiantes de enfermería en Chicago, uno de los más funestos episodios de la crónica negra estadounidense (“homenajeado” también en American horror story, como debía ser).

 

De nuevo, Mad Men vuelve a ser un libro de historia abierto a través de la transversalidad y la ficcionalización. Aquel terrible suceso que conmocionó al mundo entero sirve ahora de catalizador y arranque de la particular trama de Sally Draper, por fin con cierta centralidad en esta temporada. Su odiosa y dominante abuelastra paterna es su única compañía en una de esas aburridas semanas de inicio de verano donde el estar en casa se hace un suplicio. Conociendo a Mamá Francis, nos queda bien claro lo psicológicamente dañado que tiene que estar Henry para haberse casado con un tren tan descarrilado y destructivo como Betty. Pero en el primer nivel, el de Sally, ese morbo por lo siniestro lo lleva a conocer, en contra de la voluntad de su tutora de turno, los macabros sucesos. Sólo la debilidad del miedo es capaz de bajar la guardia de las hostilidades y unir, por necesidad más que por otra cosa, a dos mujeres de edad, actitud y mentalidad antipódicas. Una trama que probablemente no transcenderá más allá de este episodio, pero ha vertebrado, desde el aparente contracampo, la que probablemente ha sido la entrega más heterodoxa y sui generis de la serie hasta ahora.

En otro orden de cosas, Don recupera su centralidad como sujeto agente, tras su faceta más comprensiva para con su descarrilada ex-mujer del pasado capítulo. Pronto se hace consciente, y también los espectadores, por si lo habíamos tenido en duda alguna vez, de que él ya es naturalmente mercancía dañada, haya o no pasado la contaminante Betty por su vida. La verdad es que no está llevando nada bien la crisis de los 40. El relevo generacional lo está apartando cada vez más de esa posición de auténtico músculo creativo de la agencia. Su renacer sexual con una mujer a la que casi dobla en edad parece no ser suficiente. Su atracción por el adulterio parece ya enfermiza, al nivel de otro entrañable antihéroe contemporáneo como es Hank Moody (que no es más que su versión actualizada, trasnochada, resacosa, deslenguada, pasota y de asfalto metropolitano), con la diferencia de que Draper nunca ha estado completamente seguro de amar a una sola mujer por encima del resto. Como Moody, crea adicción en sus conquistas pasajeras, que siempre repiten. Una atracción fatal que, como en los relatos del Woody Allen más siniestro, acaba siendo su perdición. Aunque un epílogo de esencia casi sobrenatural (sublimación resolutiva de ese giro hacia el terror) nos deje claro que todo ha sido un horrible sueño cuya marca explícita se nos ha elidido  hábilmente (estamos ante los dioses de la elipsis), Don ha cruzado psicológicamente una frontera de no retorno, y en sus torrentes impulsivos, ya será mucho más probable que lo haga en el mundo real. ¿Decadencia definitiva?

El otro gran giro viene de la parte de Joan. Ahora entendemos que la introducción de su madre como personaje recurrente no responde a criterios de relleno, sino a la existencia de una réplica tanto representativa como moral en el relato de la dimensión hasta ahora desconocida de la pelirroja: la doméstica. Casada con un entusiasta de la guerra, su alegría queda en un pozo con la breve venida de su añorado esposo para conocer a su particular bastardo (de cuya condición, naturalmente, no tiene noticia). No ha costado mucho fulminar una relación que siempre se había quedado más en intenciones y en promesas que en cualquier otra cosa. Ahora la incógnita es saber por dónde tirará esta inesperada madre soltera trabajadora: de un mayor acercamiento a una madre en la cual se aferra ante falta de alternativas, o una proyección de su dolor interior hacia su respetada y temida posición profesional, especialmente para con su oscilante amante y mentor, padre biológico de su retoño.

Como perfecto complemento, la introducción/asentamiento de dos nuevos personajes en los pasillos de SCDP. Continuando ese sub-relato transversal de la lucha social de las “minorías” raciales introducido en los primeros compases de la temporada, Dawn, la primera empleada afroamericana de SCDP, fruto de su desafortunada campaña de despiste a la competencia, no será una mera comparsa. Incluso dentro de la clase obrera, las diferencias raciales continúa siendo un asunto muy peliagudo, sobre todo en lo que cruzarse la Gran Manzana se refiere. Esta circunstancia le hace entablar un proyecto de gran amistad con Peggy, que la acoge en su casa tras una larga jornada laboral. Relación de amistad que aspira a ser también de mecenazgo profesional, pues en la inocente y desdichada Dawn se vislumbra una nueva Miss Olson, que a la barrera de mujer trabajadora en el terreno de los hombres deberá unir la pertenencia a una “minoría” racial (la minoría se refiere al poder y a la representatividad, no al número).

Por otra parte, aquel prometedor inicio de Michael Ginsberg, el nuevo redactor de la agencia, se va haciendo realidad a poco que se le deja terreno. Convence con su primera presentación ante el cliente, expone, con el trato cerrado, otra idea que se había quedado en el tintero, que gusta tanto a los ejecutivos de turno que les animan a reformular la propuesta en esa dirección, para ira cejuda contenida de su admirado (pero no temido) jefe, la otra doble D (inside joke), y pasmo del resto de sus compañeros, que ya ven su cabeza rodando Madison Avenue abajo. Encima, parece no captar el mordaz cinismo draperiano (ese que se empezaba a echar de menos) cuando le pide “amablemente” explicaciones por semejante y osada salida. Le tienen que ayudar a entender que ha estado a un suspiro de recibir una soberana patada en el culo. Pero su talento es demasiado brillante como para prescindir de él. Draper lo sabe, y él mismo, para qué negarlo, también. Atención, se avecina el próximo gran mad man.


Categorías: Sin categoría
¡Únete a nuestra comunidad!

Déjanos tu comentario »