Review Mad Men: Far Away Places

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Cada vez pierden más credibilidad los detractores de esta serie, los que la acusan de aburrida, de sosa, de no ofrecer nada interesante ni intenso. Pues bien, a este ritmo, sólo podremos esperar ya un western, porque hasta en el género de terror han hecho una calculada y coherente incursión hace un par de capítulos. Por momentos, hasta parece la réplica dramática la fabulosa Community, sitcom que revoluciona y redefine las fronteras de su formato en cada episodio, jugando a ser casi un contenedor de parodias de géneros pero manteniendo ese componente estable de personajes y escenario, imprescindible en cualquier narración seriada, y más cuando se trata de comedia. En Mad men, esta maniobra resulta aún más osada, y por tanto, loable, puesto sigue contando con una serie de personajes y un conjunto de escenarios muy definidos y acotados espacial, temporal y también moralmente, construidos durante cuatro fabulosas temporadas y que, lejos de perder peso y relevancia en estas entregas, digamos, “experimentales”, insertan en estas sus propias trayectorias argumentales a la perfección. 

Como ya he dicho, se trata de un episodio completamente atípico, heterodoxo, lisérgico (literalmente), compuesto por tres retablos, tres marcianadas (también literalmente) de naturaleza y concepto inéditos en el ya largo recorrido de esta reina del Olimpo televisivo contemporáneo. Tres fragmentos independientes, de esencia e intencionalidad bien diferentes entre sí pero sirviendo a una especie de fin común implícito y no escrito, en la línea de Historias extraordinarias de Poe reinterpretadas, cada uno a su modo, por Fellini, Malle y Vadim, las Historias de Nueva York de Scorsese, Coppola y Woody Allen, o las fábulas modernas a la italiana de Vittorio de Sica en Ayer, hoy y mañana sin más conexión estructural que los protagonistas de una serie que ya conocemos. Tres acercamientos al drama de tinte más psicológico, bajo ópticas de colores opuestos pero con una misma sección: los conflictos de la pareja y como estos afectan a nuestra percepción del mundo a cada rato.

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Nos encontramos, por tanto, ante uno de esos esporádicos episodios-película (en este caso, un 3×1), que prácticamente nos transportan a mundos paralelos, fuera de los habituales paredes, más conceptuales que físicas, de las oficinas de SCDP, de los restaurantes neoyorquinos de cierta clase y de los hogares de los protagonistas, hábitats naturales de los habituales conflictos profesionales y familiares que componen el mosaico argumental y representativo de esta imprescindible novela audiovisual por entregas. Un área inmaterial y no acotada, de mayor calado y poso emocional, a la que derivó el mayostático The suitcase (4×07, para mí y para unos cuantos el mejor episodio de la historia de la televisión), desde la apariencia inicial de episodio ordinario y ortodoxo, para pasar de notable a excelente, en plena locura de la noche neoyorquina.

Esta circunstancia provoca que estemos ante el capítulo más revolucionario, narrativamente hablando, de la historia de la serie, tanto en la estructura general del episodio, de heterodoxia no anunciada, como en la realización particular de estas “historias extraordinarias”. Desde la inesperada (por no anunciada inicialmente) repetición de escenas para lograr la oportuna conexión temporal, hasta los intencionados errores de raccord para marcar diferentes niveles de realidad diegética, igualmente, sin anestesia previa. Incluso en el terreno más puramente visual, como no podía exigir de otra manera un cuelgue tan desfasado como el viaje psicotrópico de Sterling en su particular idilio con las drogas duras. Una prueba más del empaque sin límites de esta serie, y su absoluta falta de techo inventivo, pese a lo aparentemente rígido de su propuesta visual y argumental, de humo, pasillos, trajes y tíos serios.

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Peggy Draper y su viaje a las estrellas. Desde que el venerado personaje de Miss Olson empezó a despegar, nadie escapaba a la obviedad de que caminaba sin desviarse por la senda de su jefe y mentor, Don Draper, hasta el punto de que sería su sucesora y sustituta, llegado el momento. Pues bien, en su cuelgue particular, aquel al que podemos llamar literalmente “marcianada”, y todo sabéis por qué, se nos confirma aquello mismo sin lugar a dudas ni reinterpretaciones, presentándola en una rutina de tarde-noche completamente draperiana: larga tarde de trabajo en la oficina, copa de whisky en el despacho, escapada evasiva al cine con infidelidad improvisada aunque incompleta (el adulterio espontáneo ya no es sólo patrimonio masculino, si es que alguna vez lo fue, como bien demostraron Joan y hasta Betty, y esto forma parte del complejo y logrado discurso de género que siempre ha desarrollado esta serie), a la vez que rotundo WTF, y posterior siesta en el diván ante la falta de energía e inspiración. El sistema de valores (relativamente modernos) de Peggy se tambalea tras comprobar cómo ha fallado su propuesta creativa más conservadora y menos personal, al ver que se ha traicionado en parte a sí misma, a su espíritu inventivo e innovador.

Eso sí, dudo mucho que hubiese una manera más excelente de finiquitar este retablo, el primero de los tres, que con esa incertidumbre sobrenatural, o surrealista desconcierto, según como se mire, que ese cálido relato de Ginsberg (definitivamente el nuevo gran personaje de la serie) contando, de espaldas a Peggy, mirando al cielo, su origen extraterrestre, sin que podamos detectar el mínimo atisbo de ironía o sarcasmo en ningún momento. Miss Olson reacciona de manera contrastada, desde el natural desconcierto inicial hasta una llamada a su novio/follamigo para que la acompañe en esa larga noche, que bien puede responder a una cierta angustia o pavor por semejante relato que le haga necesitar sentirse protegida, o bien porque el “niño de las estrellas” le empieza a hacer tilín y necesite a su hombre para saciar esa incipiente atracción por un tercero. ¿Se avecina triángulo amoroso con pasiones desenfrenadas? Sólo lo dejo ahí.

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Psicodélico Sterling. La mayor frontera social, representativa y visual que ha cruzado la serie de Weiner, su cuelgue más alucinógeno, en el sentido más literal del término. Y además, como he apuntado antes, lejos de aparecer como un divertimento, una salida de tono socarrona para descongestionar unas vidas tan agazapadas y encorsetadas, y quedar como una trama episódica sin mayor relevancia, se convierte en toda una piedra de toque, un auténtico punto de inflexión en múltiples direcciones. Primeramente, un gran cruce de fronteras en ese permanente relato sociológico transversal: ya ni siquiera los viejos estamentos de la sociedad, la vieja guardia dominante en los terrenos social y económico, avatares, hacia fuera, de la “moral oficial”, se resisten a unos cambios que están mutando profundamente a una sociedad cuya capa “pública” cultural, informativa y propagandística seguía ignorando. No es que hayan bajado a los fondos de la revolución contracultural, como sí han hecho Peggy o Don, incluso recientemente Crane, pero sí han abrazado de llenos sus “mecanismos” de pensamiento disidente.

En segundo lugar, sólo el tremendo colocón de LSD al que llegan Sterling y señora, en una reunión con intelectuales neoburgueses, la camarilla del psicóloga de su señora (y un nuevo ataque, de paso, al ejercicio de una profesión que puede llegar a resultar sumamente destructiva), le hace ver al viejo lobo sus verdaderos adentros, a través de unas psicodélicas y mareantes secuencias que rompen con toda la estética anterior de la serie, aunque se enmarcan en su contexto de mimetización del lenguaje publicitario, al que aún le faltaba un poquillo para llegar a tales atrevimientos visuales. El mundo está cambiando, pero Roger se enfrenta al paso del tiempo fijándose en su metaforizada dualidad (lo que es y lo que aparente, realidades casi opuestas en su caso), cuyo catalizador interno (y no el fisiológico) no es otro que el propio recelo que en su interior guarda a Draper, socio, antiguo pupilo, habitual amigo pero emocionalmente casi rival, guarda en su interior. Siguiendo la senda que éste la dicta a través de su propio reflejo mental, potenciado por el factor psicotrópico, y unido a las revelaciones y desahogos de su abnegada esposa (réplica de Betty aún más desmoralizante), desinhibida por un factor externo, decide poner fin a la relación más falsa de toda esta serie, en la que él no creyó en ningún momento.

Y tercero, consecuencia de lo anterior, y que todavía está por venir: Roger parece por fin decidido a ser como es, a abrazar lo que realmente desea en la vida, ahora que está empezando su fase de ocaso. Y vaya una coincidencia, que Joan, ausente en el episodio, acaba de volver igualmente a la soltería tras una fase de abandono; sospecho que por ahí iran muchos tiros a partir de ahora.“Va a ser un día precioso” (le espeta a Draper tras la bronca final del viejo Cooper, de la que luego hablaremos). Conserva su ironía pero refleja su propio desahogo interior. Y a todo esto, al encuentro de su yo más sincero, ha tenido que llegar a través del consumo de drogas duras. ¿Soy yo el único al que la parece sumamente chocante, atrevido y peligroso tal razonamiento en un país con una censura ética tan fuerte como los Estados Unidos? Lo dejo ahí para que discurráis al respecto.

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Don et l’amour fou.”Cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar”. Eso pensamos muchos cuando vimos por donde se dirigía la particular historia de Draper y su nueva señora tras ver el vuelco completo, aunque liberado de tensión, en la vida privada de Sterling. Afortunadamente (porque Megan es mucha Megan), no han ido por ahí los tiros. El potencial pasional y dramático de la francófona es demasiado como para no exprimirle el jugo, y encima, han sabido sacar tajada, luego del famoso Zou zou bisou de la season premiere, de la proveniencia del personaje, un florero que acabó siendo un descubrimiento. Convertida ya en una femme fatale a la francesa, la historia de una apacible escapada veraniega, de esas que tanto gustan a Don, acabó abrazando la estética y la esencia, primero del thriller, que nos hizo temer lo peor por momento, y luego del melodrama romántico francés más puro y reconocible, cristalizados en esa persecución y pelea final que acaba con los dos abrazados desesperadamente en el suelo, hasta con atisbos de aroma hitchcockiano por esa ausencia prolongada de Megan, que le otorgó una cierta aureola fantasmagórica en su (por otra parte aliviosa) reaparición. La relación va más rápido de lo que pensaban, y esa pasión inicial ha llegado a tal punto que los empieza a carcomer y llenar de angustia.

Con una impertinente evocación, por parte de ella, del desalentador pasado familiar de él, como puñalada trapera en medio de una discusión habitual, arranca esta intensa y circular mini-road-movie (con una nueva referencia a los Beatles incluida), que como epílogo, vuelve al status quo de la serie, de la agencia, ese del que nos alejamos mediante estas “historias extraordinarias”. Y ahí sucede lo que tenía que suceder tarde o temprano: que en la propia empresa se estén dando cuenta de lo mucho que está consumiendo a Don una relación más seria y adictiva de lo que esperaba, y cómo ello afecta su verdadera implicación, últimamente reducida al postureo, y así se lo hace saber el termómetro moral y de sabiduría de SCDP, el viejo Cooper, que le achaca sólo a él lo descentrado que anda últimamente el departemento creativo, talentoso y laborioso, pero al que le cuesta hacer funcionar las propuestas (volviendo al inicio, con una Peggy a la que había dejado sóla ante el peligro). Si el músculo creativo se resiente, la agencia entera se resentirá, y como sabemos, no está el horno para demasiados bollos. La imagen final (aquí en portada) lo dice todo a este respecto.

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