Review Mad Men: At the Codfish Ball

Sólo una serie que nos hacía sentir al cien por cien en Navidad con episodios emitidos en pleno verano es capaz ahora de darle la vuelta a la tortilla y darnos (aún más) mono de un cálido verano emitiéndose ahora en una fría, gris y lluviosa primavera (al menos por el norte). Aprovechando el contexto, allá va un símil meteorológico que le va al dedo a este episodio, o al menos, a su céntrica pareja, el matrimonio Draper: tras la tempestad, llega la calma. La tan anunciada ceremonia de entrega de premios de la American Cancer Society, que galardonó a Don por aquel rompedor, atrevido y polémico artículo arremetiendo contra Lucky Strike y la industria tabaquera en general, que puso patas arriba a una ya maltrecha SCDP, se ha sugerido como el tema central del episodio, pero a la postre, no ha sido más que un mero escenario, un irrelevante envoltorio, para la confluencia y “resolución” de unos sumamente ilustrativos y reveladores conflictos, logrados, como es habitual, al milímetro.

Megan está siendo sin duda el personaje de esta temporada, ya sea como núcleo o como réplica al mad man por excelencia y su marido a la postre. Aquel sensual Zou zou bisoude la season premiere fue mucho más que un capricho estilístico francófilo. Incluso con ese destructivo torbellino emocional y psicológico que fue (y sigue siendo) Betty Draper (la cual espera en un oscuro contracampo a dar su nuevo toque de gracia), ninguna relación había sido tan intensa y absorbente como para distraer por completo a Don de su trabajo hasta el punto de que el lobo más viejo de la compañía, antiguo jefe y actual socio, haya tenido que tirarle seriamente de las orejas, tal cual un padre reprimendaría a su hijo cuando se empezase a desviar por el mal camino en demasía. Como bien queda reflejado por la enésima puya del flemático Sterling: “anda, vosotros dos estáis realmente trabajando”. El particular y aislado relato de esta pareja en el pasado capítulo nos dejó las emociones a flor de piel, pero como bien dije en el respectivo análisis, aquel episodio fue una de esos heterodoxos e inesperados “especiales” con los que Weiner y compañía nos deleitan de vez en cuando; ahora toca volver a la vertigionosa realidad “rutinaria” de la serie, y eso no puede ocurrir de otra manera que devolviendo el foco al lugar de trabajo, principal escenario y nexo de la narración.

Aquella arriesgada decisión por parte de Draper de juntar vida y trabajo al casarse con su novísima secretaria y promocionarla a un puesto de mayor calado, acaba siendo su salvación en los dos ámbitos, resucitando dos pájaros de un tiro (hasta a los inamovibles refranes se les puede dar la vuelta). La simbiosis de las esferas íntima y profesional del matrimonio Draper se vuelve casi perfecta, y esta comunión quede perfectamente reflejada y sellada (hasta nuevo aviso) de la mejor manera posible: con la máxima expresión del amor, en el lugar de trabajo mismo, bajo la intimidad de los pasillos de SCDP en la noche neoyorquina. Y la cuestión es que Don sigue igual de poco lúcido e inspirado que últimamente, puesto que el logro es de ella y sólo de ella, que con su fuerte impulso, rescata a su marido de la desidia y el estancamiento. Ya se dijo en su momento que la quebequense era mucho más que un bonito florero, que una sonrisa Binaca, que una sensual aspirante a starlette (quizás literalmente, como nos deja caer su enjuiciador padre al final del episodio). Aparte de su decidida disposición a convertirse en la esposa y complemente perfecto para Don, pero de un modo completamente nuevo, alejado de las imposiciones patriarcales y machistas, o su innegable don de gentes, ahora comprobamos también su madera para la creatividad publicitaria, por mucho que haya alcanzado su actual posición por nepotismo puro y natural, simple y directo. ¿Se habrá transportado el talento creativo por medio de los fluidos?

En esa (re)definición del auténtico rol e importancia de la mujer, una compleja constante de la serie, se debe tener en cuenta la ventaja cognitiva y comunicativa, en el intrincado universo de lo no verbal, que las hijas de Afrodita ostentan en esas aparentemente recreativas y evasivas cenas de negocio (a las que acuden, en principio, como meras comparsas), en las que el terreno de lo implícito, de los gestos y de las impresiones inmediatas pueden llevar a la pérdida o consecución de millones en un instante. Y en algo tan inocente y folclórico como la clásica ida al baño en compañía puede estar la clave (y una precisión del guión que recuerda a los mejores Wilder o Hitchcock). Así pues, Megan se convierte en testigo de excepción de los planes de Heinz de bajarse de la nave. Aprovecha la oportunidad para sacar aquel as que tenía guardado en la manga, fruto de la inspiración de lo cotidiano, y se lo pasa a su marido, altavoz de la experiencia, la posición y la excelencia consolidadas (por mucho que su duende creativo se esté tomando un largo periodo sabático). Don tira con el carro de su dilatada trayectoria para reconquistar y finalmente afianzar, en el más inesperado de los escenarios (ante un Cosgrove primero consternado y luego impresionado), una cuenta cuya pérdida resultaría funesta. Pero por mucho que él lleve la voz cantante, todos en la agencia saben, por hache o por be, que se ha tratado de una aportación de ella, que oficialmente se convierte en una mad woman  (para el evidente mosqueo de un equipo creativo que tenía ya lista, tras otro intenso zafarrancho de trabajo, su enésima propuesta al respecto). 

Pero no todo ha sido trabajo en el argumento episódico de Megan. La visita de sus padres nos ha dejado momentos clave, y ha servido tanto de cauce como de punto de inflexión en otras tramas de corte más continuado, serializado. En primer lugar, el padre, profesor universitario y escritor en búsqueda desesperada de un editor, se reafirma en su pensamiento marxista, y constituye esa otra figura, el anverso “por la izquierda” de esos cambios sociales que cada vez vemos más frontalmente: el intelectual de izquierdas burgués, juzgando y recriminando a todo aquel que ostenta ese modelo de vida “inmoral” del capitalismo aunque él no renuncie, en ningún momento, a los privilegios que el ejercicio de una profesión liberal, dentro de tal sistema, le permite. Y eso queda perfectamente patente a través del pulso dialéctico, en tono cordial, que mantiene con Pete Campbell, en su única intervención destacada en los dos últimos episodios, tras su particular hundimiento. El profesor arremete contra la industria publicitaria y su razón de ser misma, a lo que el mad man le replica con una definición implícita del arte publicitario como la realización a gran escala de algo inherente a la condición sociológica humana misma, incluso la de aquellos que más pretenden renegar de ella. Lo deja callado con un estilo que antes sólo esperaríamos de Draper (o quizás de Sterling). 

Al mismo tiempo, y en esa relación lógica con la impertinente referencia de Megan a la madre de Don (el desencadenante del conflicto que casi acaba en tragedia), comprobamos enseguida que la estabilidad de un hogar, de sus cabezas de familia, dista mucho de resultar una panacea. Pese a la superioridad moral desde la que juzgan a todo su entorno, sobre todo a su propia hija, su evidente contracampo nos sugiere una convivencia muy tensa y una actitud hacia fuera más que falsa y cínica. Pero el castaño se vuelve oscuro cerrado cuando el flirteo continuado con Sterling (que, de nuevo soltero, vuelve por sus fueros; hasta tiene la moral de quedar con su primera ex para hablar de negocios), con el que enseguida demuestra una fabulosa química, acaba en una indiscreción (y “en las narices” de todos, en una pequeña escapada a “bastidores” durante la cena siguiente a la ceremonia) tan explícita, aún con la distancia, que nos dejó a todos boquiabiertos (nunca mejor dicho), pues la serie ha vuelto a cruzar una nueva frontera representativa.

La cuestión es que ese intencionado y nada culpable desliz habría pasado desapercibido de no haber sido descubierta, en silencio, por el sujeto menos apropiado, al cual le acaban de dar un auténtico varapalo en su trayectoria vital: sí, hablo de Sally Draper, al que por fin vimos en acción frontal y directa. Su incipiente romance, ya anunciado en la primera temporada, con un Bishop que de pequeño ya le queda poco (y en una sucesión que recuerda a un El graduado a pequeña escala) abre y cierra el episodio, no es en esta ocasión tanto un fin en sí mismo, puesto que ahora ya cuentan con una edad más propicia para ello, sino más bien como un canal de expresión de sus verdaderos adentros, en los albores de una de las etapas más difíciles de cualquier línea vital.

De primeras, la niña anhela tan intensamente asistir a la ceremonia, acto reservado a los mayores, que, en presencia de su mujer y sus suegros, a su papá no le queda otra que ceder, y así, ese acto se convertirá en el primer evento de su vida adulta. Ese expresivo momento en que aparece en su vestido de gala y maquillada, lo dice todo. Don cede pero con restricciones, y más carca de lo que le gustaría aparentar, le obliga a quitarse las botas y el maquillaje como condición sine qua non. ¿No os había dicho que este hombre es de la misma pasta que Hank Moody, promiscuo empedernido pero restrictivo con su niña? Pues aquí tenéis la prueba irrefutable. Pero volviendo al grano, la verdad es que, como cabía esperar, la niña se aburre como una ostra entre la frivolidad de la burguesía corporativa, lo que la hace merodear por el salón hasta que aquella indiscreción se cruza en su campo visual, a través de un espacio tan insignificante como el arco de apertura de una puerta que nunca se debió abrir. Y para más inri, de su abuelastra, mujer casada, con uno de los socios de papá, un hombre respetable. Quizás ahora se pensará mucho esa ansia de crecer rápido, tan natural a esas edades, porque, con toda seguridad, no querrá seguir la misma senda, irreversible, de su madre. Como le dice a Bishop por teléfono, y de paso cerrando el capítulo, “la ciudad está sucia”. La vida urbana y adulta está empezando a traumatizarla. 

Y eso no es todo durante la multitudinaria ceremonia. Por un lado, el profesor marxista tenía reservada la más afilada de las puyas enjuiciadoras para su hija, en un momento de soledad que les deja la mesa. Aquí Mad men vuelve a experimentar con los códigos sin dejar pegotes, aunque haciendo explícita la maniobra. Cambia su francés materno por el inglés para ejemplificar la desnaturalización y artificialidad de la vida que ha elegido llevar Megan y la pasión con la que aparenta llevarla, algo que él cree falso, y le recuerda lo poco que tiene esto que ver con lo que ella inicialmente quería hacer de su vida. Ahora nos toca a nosotros imaginar, teorizar, elucubrar, cubrir huecos, al fin y al cabo, porque de este enigma tan puntual y discretamente soltado puede estar un gran filón de cara al futuro de esta relación, que ahora mismo copa la serie. Mientras tanto, al verdadero protagonista de la noche, al que no se le dedican los minutos que cabría esperar, primando la presencia de sus adyacentes, le tienen finalmente reservado el peor de los puñales, presentado en cajita de terciopelo con baño de oro, de la mano de alguien tan enigmático como el suegro de Cosgrove (sí, el padre de Laura Palmer): “esta gente te llenaría de premios, pero jamás trabajaría contigo”. Vaya un jarro de agua fría, justo cuando el reconocimiento y la consecución definitiva de una apetitosa cuenta parecían relanzar su apagado rendimiento profesional. El plano final de la secuencia (en portada) lo dice todo: Sally, Don y la madre de Megan vuelven sucesivamente a la mesa, junto a la señora Draper y su padre. Sentados todos juntos, pero cada uno con la mente en su particular fantasma.

Fuera del universo Draper, que copa el episodio, por fin hemos tenido minutos de verdadero protagonismo de Peggy, aunque todo ello en relación a otros personajes, y referidas en todo caso a su vida personal, como ha venido siendo una tendencia a lo largo de esta temporada. Una cita muy fastuosa con su novio le sugiere desde la ruptura hasta la petición de mano. Nerviosa, lo consulta con alguien más experimentado e inteligente en la materia, como es Joan (la vemos en la escena fumando a lo Draper, otro guiño visual a una trayectoria evolutiva cada vez más obvia). Finalmente, se trata de algo diferente: una propuesta de irse a vivir juntos, algo que ella abraza de lleno, pero su conservadora y puritana madre desaprueba, tras darle la noticia, junto a Abe, en una cena en la que con poco se expresa a la perfección esa brecha generacional, la evolución social y moral, la gran diferencia de mentalidad que separa al Antiguo Régimen (su madre), aún imperante, con las nuevas generaciones, librepensadoras y atrevidas a romper las imposiciones de la tradición (ella y su novio), adhiriéndose, en mayor o menor medida, a esos profundos cambios sociales y de sistema de valores que se están gestando, aunque algunos les den la espalda por completo.

Por otro lado, la actitud de Peggy para con Megan, ahora que se ha metido en su terreno, levantando una cuenta que ella lideraba desde dentro, es más entusiasta de lo que se podría esperar, lo que se dice compañerismo, algo que al sector masculino de la agencia parecen no haberle enseñado. Miss Olson parece darse cuenta, al igual que los espectadores, de la tremenda joya a la que tiene como compañera (de momento, subordinada, aunque ya veremos próximamente, visto el desarrollo de los hechos), que parece reunir lo mejor de ella misma (mujer talentosa y ambiciosa) y del otro gran tótem femenino, Joan (armas de mujer clásicas, dominando desde la sombra). Sí, está siendo la temporada de Megan. Y parecía un florero bonito más cuando nos la presentaron. Pero aquella mirada de Don a través de la puerta abierta parecía sugerir que habría algo más, aunque nunca imaginaría que tanto.

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