Review Lie to Me: Undercover (1×11)

Review Lie to Me: Undercover (1x11)

De pequeño me gustaba mucho jugar con globos. Pero nunca me conformaba con el primero que me daban, sino que siempre quería tener el más grande de todos. Supongo que un psicólogo me podría dar (y cobrar un precio abusivo por ello) muchas explicaciones en relación a esa obsesión mía por el tamaño de las cosas; una obsesión que fue a peor durante el resto de mi infancia. Llegó un momento que nunca tenía suficiente: incluso yo mismo hinchaba mi propio globo, apurando cada vez más el límite de su capacidad. Siempre daba un soplido más que el día anterior, hasta que al final… me explotó en la cara.

Con las mentiras pasa lo mismo: a medida que pasa el tiempo, las vas queriendo hacer más perfectas, las vas haciendo más grandes corriendo el riesgo de que te descubran y de que todo te acabe explotando en las narices. Pues en esas está Loker, ocultando que él fue quien delató a la hija corrupta del empresario enfermo (visto en el capítulo interior) y quien rompió el trato al que había llegado Foster con los implicados. Pero un mentiroso siempre necesita un confidente para desahogarse, y el sincero radical elige a Torres como su muro de las lamentaciones particular. Y es que se había iniciado una investigación dentro del Grupo Lightman para descubrir al traidor, y al sincero compulsivo (que a estas alturas demuestra no serlo tanto) le hacía falta un cómplice para tener más coartadas y así poder salir airoso de las sospechas que levantaba. A pesar de ser el responsable de la filtración, gracias a su condición de maestro en el innoble arte de la mentira logra burlar todos los interrogatorios hasta llegar al último obstáculo: Cal.

Con él las técnicas de disuasión no funcionan y Loker se teme lo peor, así que prefiere confesárselo todo, algo más propio de su patológica hipersinceridad. De esta manera, cuando Lightman le llama a su despacho, enseguida le explica la verdad. “Ya lo sabía”, dice Cal con su repelencia habitual. Todo lo sabía: lo suyo y lo de la tapadera que había tramado con Torres. El chivato asume su error y acepta que le releguen de su cargo, pero Cal es un jefe comprensivo: le exige que se quede y que siga con sus labores. Eso sí, cobrando, como dice Cal, lo que vale: “Nada”. ¿He dicho que el doctor era un jefe comprensible? Quería decir que es un (censurado), como todos los jefes. Y todo jefe tiene a su ojito derecho, a su protegido… y el detector de mentiras humano no es ninguna excepción, puesto que tiene a Torres. A la innata la indulta y además la ensalza ante Loker por lo que había hecho: considera que saber guardar los secretos de sus colegas es un acto de compañerismo, valor indispensable para el buen funcionamiento de la empresa. Vamos, que es una enchufada.

Adopta un Loker, es menos de un euro al díaAdopta un Loker, es menos de un euro al día

Paralelamente, Cal y compañía investigan (necesito sinónimos de ésta palabra) el caso (y de ésta también) de un joven que es tiroteado por unos agentes de la ley después de, supuestamente, haber intentado éste plantarles cara con una pistola. Ésta no es una investigación más, ya que Lightman no encuentra facilidades en ningún momento: el FBI sigue sus pasos con lupa e incluso le aconsejan amablemente que abandone el asunto. ¿Y por qué? Pues porque, al parecer, uno de los implicados era un infiltrado de una banda terrorista islámica que se aprovechaba de su posición para obtener valiosa información para la ejecución de futuros atentados. ¿Habéis podido leer esta última frase de un tirón? Pues entonces sigamos. De esta manera, si detenían al sospechoso, la operación se iba al traste. Y eso no se lo podían permitir, porque aún había más topos dentro de la organización.

Pero Cal va a lo suyo y desoye a los federales: sabía que el chico al que habían herido no iba armado, así que se descartaba la defensa propia como motivo del acribillamiento. Además el chaval, tras recuperarse de los balazos, asegura que no llevaba, en ese momento, pistola alguna. Todo tenía un tufillo un poco raro, y más cuando nos enteramos de que el supuesto infiltrado no era tal. El FBI había errado el objetivo, porque el malo maloso era su compañero de fatigas. Lightman ve en el compañero del que había sido acusado de disparar al muchacho un microgesto de rabia/ira/venganza y acaba sacándole que su hija, militar, murió abatida por fuego amigo, así que ahora se dedicaba a boicotear a su patria desde dentro, intentando colar todo tipo de informaciones falsas e implicando a sus compañeros en asuntos turbios.

Las cámaras ocultas de CalLas cámaras ocultas de Cal

Pues una semana más los mentirosos pierden, porque la verdad está ahí fuera y por muchos expedientes sin resolver (llamémosles “X”) que haya, a Cal no hay secreto que se le resista. Y final. Y todos contentos… menos Loker: treintañero, sin trabajo remunerado y con una hipoteca por pagar. Que se preparen sus padres, porque me parece que el niño va hacer como el del anuncio de los turrones… volver a casa por Navidad.

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