Review Lie to Me: The Best Policy (1×07)

Review Lie to Me: The Best Policy (1x07)

¿Quién dice que no hay hierba en el desierto? Pues un chico que va a visitar a su hermana a una árida zona de Yemen no opina lo mismo. Parece ser que ese país no es precisamente un paraíso del ocio, así que el muchacho decide montarse la fiesta por su cuenta fumándose un poco de marihuana. Pero como en toda fiesta, acaba apareciendo un invitado inesperado. Bueno, en este caso no se presenta uno. Ni dos. Ni tres. Sino todo un ejército. Y no hablo en sentido figurado, sino que me refiero a todo un comando intentando asaltar el coche en el que viajaban el porrero y su hermana. Militares y más militares rodean el vehículo de los jóvenes hasta que logran detenerlos. Les registran de arriba a abajo y ¡premio! Encuentran la hierba… y la lían. La lían (esta vez sí en sentido figurado) porque al ver la mercancia que gastaba el chaval se enrabietan y se llevan detenidos a los dos chicos.

De esta manera ya tenemos el punto de partida: dos ciudadanos americanos están retenidos en el extranjero y sus padres contactan con Lightman y su equipo para que intenten mediar en las negociaciones entre el representante yemení y el gobierno americano. Cal cede el asunto (de estado) a sus compañeros de oficina para centrarse plenamente en otro caso que le incumbe más, así que son Foster y Loker los que se ponen manos a la obra: analizan la vídeo-amenaza enviada y detectan algo especial en la chica retenida. Permanecía en todo momento impasible, como si no le afectara nada el hecho de estar arrestada por unos extremistas con malas intenciones (matarlos a ambos en 24 horas). El hermano, en cambio, estaba histérico y parecía que la situación le sobrepasara (lo normal, vamos).

Algo no encajaba con la manera de actuar de la chica. Además, el ministro de asuntos exteriores estadounidense insistía en dar prioridad a su liberación por encima de la del otro rehén. “¡Qué caballero! ¡El político sique a rajatabla aquello de las mujeres pimero!” Pues no. Era todo por interés, puesto que la señorita en cuestión era una espía americana que les pasaba información de los todos los movimientos que acontecían en Extremo Oriente. Tras negociar el propio ministro con el embajador (el importante, no el segundón) logran un acuerdo para liberar a la hermana, pero no al hermano. Sin embargo, Foster es mucha Foster y se resiste a dejar alguien en el camino. Así, después de estudiar al jefe yemení a conciencia, acaba encontrándole un punto débil: el ansia de tener un mayor reconocimiento mediático y de ser tratado como un poderoso líder.

¿Y cuál es la manera de hacer ver al mundo que alguien es un líder influyente? Pues una foto con Obama (que se lo digan a nuestro presidente, sino): sí, tan simple como eso. Acaban incluyendo eso en el acuerdo y todos contentos. El hermano es repatriado y el embajador puede chulear ante los demás políticos de haberse hecho una foto con el mandamás de entre los mandamases. Varias preguntas al respecto: ¿quiere esto decir que una foto con Obama es más valiosa que un puñado de misiles, que es lo que exigían por el muchacho que fumaba petardos? ¿El embajador también quería que sus hijas salieran en la foto? ¿Serán las hijas del yemení góticas, también?

Preguntas sin respuesta. Ahora lanzo una con respuesta: ¿hasta dónde serías capaz de llegar por un amigo? ¿Le defenderías hasta el final aún sabiendo que te puede estar mintiendo? Pues Cal se enfrenta a esa encrucijada en su parte de la historia. El Dr. Buckanon, antiguo colega de Lightman y actual propietario de una de las mayores empresas farmacéuticas del mundo mundial, acude a su amigo porque necesita saber cuál de sus trabajadores había robado la fórmula de uno de sus novedosos medicamentos. Supuestamente, la intención del ladrón era vender en el mercado ilegal una versión muy nociva de la pastilla. Así que el propósito de la investigación era llegar al responsable de los hechos antes de que se produjeran más muertes por culpa de sus efectos nocivos.

El acceso a los laboratorios estaba restringido a los químicos así que, de buenas a primeras, ya teníamos una lista cerrada de candidatos a ser el culpable. Con tantas facilidades, Cal detecta sin demasiados problemas quién era el topo. Bueno, era una topa; y ésta lo canta todo a las primeras de cambio: admite haber entrado en el laboratorio, pero no para llevarse la fórmula, sino para recopilar datos y demostrar que el medicamento original era tan nocivo como la réplica. Los dos mataban. Y así se lo hace saber Cal a su colega Buckanon, que rápidamente pone en marcha a su equipo jurídico para encarcelar a la infiltrada. Lightman visita a la prisionera porque cree en su palabra, y esta le corresponde revelándole que los informes eran fraudulentos y que un laboratorio había desaconsejado la comercialización del tratamiento.

Entonces todas las miradas se centran en la responsable de poner en circulación los nuevos productos de la empresa de Buckanon. Y en este caso lo había hecho desoyendo las recomendaciones de un primer comité de científicos, y sobornando a un segundo laboratorio para que hablaran maravillas del Priox (que así se llamaba la dichosa pastillita) y así poder seguir obteniendo unos beneficios indispensables para el futuro de la empresa.

En todos los grupos hay uno feo y gracioso y otro guapo y exitosoEn todos los grupos hay uno feo y gracioso y otro guapo y exitoso

Lightman avisa a Buckanon, el máximo dirigente de la cuestionada compañía, y le recomienda que se aleje de la sospechosa. Pero resulta que entre ésta y su jefe, había una relación. Mira que dicen que no se pueden mezclar negocios y placer, que es algo peligroso. Y lo es mucho más si estos negocios son fraudulentos…

El doc Buckanon se cita con su enamorada para esclarecer la situación. Ésta lo confiesa todo y dice haberlo hecho por el bien común y blablabla. Lo de siempre: se quiere justificar diciendo que la idea tenía un buen fondo pero que fallaba un “poco” en las formas. Casualmente, él llevaba un micrófono oculto; con lo que la declaración había quedado registrada, componiendo una prueba perfecta para acusarla por un delito contra la sanidad pública. ¿He dicho casualmente? Lightman lo había preparado todo a espaldas de su amigo que, lejos de estar agradecido por haberle salvado de acabar en prisión, le dice que nunca más podrá confiar en él. Algo lógico viendo cómo le acababa de poner un micrófono para escuchar conversaciones personales.

Pero para confianza, la que tiene Foster en su marido. De nuevo, Gillian intenta hacer algo con él, pero éste dice estar más líado que el porro del muchacho de la trama de los yemenís. Y vaya si está liado… ¡pero con otra! Y no lo digo sin contrastar la noticia, que esto no es un programa del corazón de los de ahora, sino porque es el mismísimo Cal quien ve con su propios ojos el engaño. De acuerdo, únicamente vemos a un hombre hablando con una mujer; pero es que hacer sensacionalismo es algo tan fácil y tentador que…


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