Review Last Resort: Big Chicken Dinner

Con el frío invernal que cala jerseys, llega la recta final de la serie del submarino. Un recorrido de seis capítulos de duración por los misterios del Colorado, que arranca con Big Chicken Dinner. Capítulo complicado que aborda una práctica por desgracia comúnmente asociada a las ocupaciones bélicas: incluir como ganancia de la invasión a las mujeres del lugar. Una situación que no podían tardar en abordar en la serie, como lo fue en su día el enfrentamiento entre las diferentes posiciones de la tripulación ante la insumisión d euna orden. El causante de este conflicto es el odioso ingeniero Anders. No hay manera de que Michael Mosley nos caiga bien después de participar en esa última temporada de Scrubs que nunca debió existir.

Hasta hace una semana, una de las pocas cuestiones que parecían claras en el entramado Last Resort es que Washington era quién apuntaba y disparaba. Sin embargo después de Nuke it Out hay que replantearse no quien es nuestro enemigo sino más bien quien no lo es. Como recordareis, aquellos que a través del Almirante Shepard, expresaban su desacuerdo con el Gobierno y parecían dispuestos a esclarecer la verdad sobre el bombardeo a Pakistán, resultaron ser los causantes del ataque químico a la isla. Como ya comentamos en la review anterior, no parecía muy lógico alabar la resistencia de nuestros marineros en Santa Marina y a la vez envenenarlos y desarmar a su Capitán. En la misma línea que el capítulo pasado, Booth sigue justificando las acciones de la CIA en base a la desconfianza que les produce la personalidad megalomana de Chaplin. Argumento que carece de sentido si atendemos a la estrategia y objetivos de la misión, que no era neutralizar a Chaplin para negociar con Sam precisamente, sino secuestrar a Hopper.

Paradójicamente la única información que tenemos sobre el ataque y sobre la identidad de Cortez proviene de Booth,  un hombre secuestrado, que haría y diría cualquier cosa por escapar. ¿Dudamos de las intenciones de la CIA, de la palabra de Booth, o de ambos? Sea como sea, nos plantamos en el capítulo ocho con más frentes abiertos que nunca: el Gobierno, el AntiGobierno, Julian Serrat y Cortez. No olvidemos que la teniente se encuentra a la espera de nuevas órdenes después de lograr dejar indefensa Santa Marina. La sucesión de incoherencias de los detractores del Gobierno hace dificil imaginar cuál podría ser la dirección de estas nuevas instrucciones. Si bien hasta el momento creíamos que el objetivo de esta facción del Gobierno era derrocar al Presidente manteniendo el Colorado en la isla como símbolo de su mala gestión, después del ataque parece que nuestro submarino es un daño colateral, tanto para unos como para otros. Hipótesis que parece confirmarse cuando antes de entregar a su agente encubierta, el AntiGobierno prefiere ordenar a Booth matar a Kendal. El agente muere sin quedarnos claro si realmente quería colaborar o si su único objetivo era alcanzar el centro de comunicaciones para informar que continuaba vivo y esperar también nuevas directrices.

Tras fallar las negociaciones y descubrir la semana pasada que no estaba implicado en el envenenamiento del agua, el Gobierno mueve ficha de nuevo. La estrategia es volver a abrir una brecha entre tripulación y oficiales, pero de forma más sutil esta vez: concediendo transporte para los marineros que desean marcharse de la isla y visitas familiares a aquellos que prefieren quedarse. Obviamente el viaje en barco carecería de interés si Christine no fuera en él. Y lo que ha costado. No por los impedimentos del Gobierno, que la quiere en ese banco sí o sí, aun no sabemos por qué, sino porque Paul se ha encaprichado de ella. Así es, el abogado sufre del sídrome del caballero de blanca armadura , que se enamora de las mujeres a las que salva. Por eso solo accede a incluirla en el viaje cuando Christine, informada de esa tendencia por Kylie, finje querer ir a la isla no para ver a su marido sino para dejarle, confundida por los sentimientos que esta expermientando en este tiempo hacia Paul.

La mayor parte del capítulo gira entorno al conflicto mencionado en la entradilla entre el ingeniero Anders y una joven isleña. Tratar el tema de las violaciones en televisión o cine aflora en mí dos sentimientos contradictorios: por un lado creo necesario dar visibilidad a estas agresiones para desculpabilizar a las victimas, mostrarles que no estan solas y animarlas a denunciar al agresor, sea quién sea. Pero por otro, considero que utilizarlas en exceso puede producir el efecto contario, desensibilizar a la población ante un hecho tan grave por utilizarlo repetidamente como recurso narrativo efectista. En los festivales de cine, no es raro asistir de forma sistemática a varias violaciones en pantalla por año. Hay que tener cuidado y reflexionar sobre su finalidad en una escena.

El otro día leí un artículo en Público sobre la realidad de las violaciones en la actualidad. Dónde el imaginario de el hombre desconocido que acecha en un callejón para atacar a su víctima ha sido susituido por una cotidaniedad alarmante en las noches de fiesta. Una jóven que se arregla para salir y pasárselo bien, decide en un momento de la noche tontear con un chico, pero en lugar de encontrarse con una relación normal, este comienza a comportarse de una forma extraña, que la hace sentirse incómoda, por lo que decide negarse a continuar e irse, entonces es cuando es forzada de forma agresiva. La mayoría de ellas no denuncia, cree erróneamente no tener derecho a hacerlo por haber salido con la predisposición de ligar. La situación vivida por Erita, la chica de Santa Marina, tiene más componentes de este tipo de agresión que de la tradicional de las invasiones. El tema está tratado en Last Resort de forma delicada y bastante acertada. Ante la tesitura de una palabra contra la otra, suele cuestionarse normalmente la veracidad del testimonio de la víctima buscando culpabilizarla y justificar las acciones del agresor, en este caso tachando a Erita de prostituta. Sin tener en cuenta que aunque lo fuera, no le eximiría de sus culpas, porque en el precio no esta incluído vejar ni subyugar la voluntad de nadie.

La protagonista final de toda esta historia resulta ser Grace, elegida para ser la abogada de Anders. Que tiene que ofrecer una defensa justa a un hombre al que sabe culpable de un cargo, que ella sufrió en sus propias carnes en la academia militar. Denunciando también el acoso y abuso sexual en el endogámico mundo militar. Si en otras reviews he alabado el trabajo de Braugher en esta ocasión es el turno de Daisy Betts, que nos ofrece una interpretación contenida, propia del personaje, a la vez que emotiva, en la potente escena de la confesión.

Lo que no me ha convencido es la suposición de como funcionaría la justicia isleña, con esa superioridad occidental que presume ser la única en tener leyes íntegras. En base a eso se acuerda un juicio a la americana y en el que Anders es declarado soprendentemente no culpable por los votos nativos del jurado, en una estrategia de Serrat para sembrar el caos. Pero no inocente. El ingeniero canalizó toda la frustración e impotencia que le producían su divorcio y la imposibilidad de abandonar la isla, imponiéndose sexualmente a Erita para recuperar el control y sentirse nuevamente poderoso en algo. Deleznable. Tras esta confesión, el Capitán no está dispuesto a dejar a un violador circular libremente por su submarino, y le propone cumplir condena confinado en una celda o ser ajusticiado por los isleños. Por no afrontar las consecuencias de sus actos, prefiere huir aun poniendo su vida en riesgo. No le echaremos de menos. Una muestra más de la magnanimidad de nuestro Capitán. ¿Cómo pretende la CIA ponernos en su contra? Go Chaplin go, hombre ya!

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