Review Homeland: Standoff

El tercer episodio de esta temporada está sustentado sobre tres tramas importantes: la de Saul & O’Keefe; la de Wellington, que ha superado con creces a la de la propia Presidenta Keane; y la de la Carrie más personal y a la vez más activa luchando contra todos y contra ella misma. Un punto muerto donde todo queda a expensas de las acciones de estos protagonistas. Ese lugar en la narrativa donde se materializa el dicho popular La calma que precede a la tempestad, o dicho de otra manera, la tensión en estado puro.

Saul & O’Keefe

Recuperada la libertad y asumiendo su nuevo papel de Director para la Seguridad que le ha otorgado la Presidenta Keane, el primer objetivo para Saul será “desactivar” esa bomba de relojería y verdadera amenaza para ella. Una trama bien implantada en la historia pues lo que menos se espera Saul es que ahora su “gran misión” sea perseguir a un comunicador por el hecho de atacar con sus soflamas y discursos a la Presidenta.

Las dudas de Saul ante el nuevo –y extraño– encargo de la Presidenta están muy bien argumentadas, porque si te acaban de poner en libertad y además te “regalan” un cargo de primer orden ¿te vas aponer “estupendo” y sacar a relucir la primera enmienda de la constitución que garantiza la Libertad de Expresión? Saul duda, claro que lo hace, pero al final acepta porque la cárcel, por muchos años además, pesa demasiado para él.
Con un nutrido grupo de agentes del FBI armados hasta los dientes se presenta en el pueblo donde está refugiado O´Keefe y solicita hablar con él. Una conversación tranquila entre ambos sin que los de él y los suyos –ambos de gatillo fácil, no nos engañemos– intervengan.

Todo parece ir bien pero…sólo lo parece. La tensión se respira entre ambos y Saul saca una de sus cartas de mago, previo pacto con la reticente Keane, y le ofrece a O´Keefe la amnistía si desiste y se entrega. El diálogo de Saul está magníficamente empotrado en la escena, y resulta tan creíble la bomba que acaba de soltar que un O´Keefe confundido le pide unos minutos para pensárselo retirándose al interior de la cabaña que le da cobijo junto a sus hombres armados.

Hablaba de la tensión en estado puro y esto es lo que nos transmite el director del capítulo Michael Klick (No en vano ha sido director y productor de la magnífica “24”) en esta secuencia: O´Keefe sigue dentro, Saul se extraña y es entonces cuando llegan al lugar más partidarios del comunicador a bordo de sus 4×4 y sus pick-up portando rifles automáticos y con cara de pocos amigos.

O´Keefe sale por fin y cuando dice que no se va a entregar, un jarro de agua fría cae sobre Saul. Una escena que tiene un subtexto que no se dice, pero que se ve: Para que te concedan la amnistía te tienes que entregar, ser juzgado por los delitos que te imputan y condenado. Y luego esperar la magnanimidad de la Presidenta para firmarla. Demasiado tiempo, demasiados organismos interviniendo en el proceso para que al final Donde dije digo, digo Diego. Muy arriesgado ¿verdad?

Los hombres del FBI dan por perdida la negociación y quieren intervenir –liarse a tiros, vamos– y los de O´Keefe, que no se achantan, les dicen a los agentes que vayan a por ellos.

¿Cómo se sale de una situación así? El camino de las buenas intenciones se ha cerrado definitivamente y al lugar llegan más coches y más agentes del FBI preparados para el asalto, y cuando cae la noche empiezan a llegar ellos, los aliados más poderosos con los que cuenta el sublevado: la prensa y la televisión. Y esa es su victoria, esa es la primera batalla que ha ganado de forma magistral ahora que todas las televisiones del país están informando de la situación. El último reto de O´Keefe, que ya conoce el impacto mediático de su postura, es que se entregará a cambio de que el juicio sea televisado. Una bomba que deja sin palabras a la Presidenta.

¿Se atreverá ésta a dar la orden para asaltar la cabaña y que las bombas de humo y el impacto de los proyectiles chocando contra los cuerpos y salpicando todo de sangre se vea en los televisores 4K de Estados Unidos?.

David Wellington

El actual Jefe de la Presidencia ocupó su cargo tras la muerte de su antecesor Rob Emmons que murió en el ataque terrorista que quiso acabar con la vida de la Presidenta Keane.
Elevado a un cargo tan importante gracias a una tragedia, Wellington es un acomplejado que trata de hacerse valer y destacar a costa de lo que sea. Y mira por dónde encuentra el momento oportuno, un momento que enlaza perfectamente con la crisis de Saul-O´Keefe.

Acorralada y sin saber qué pasos dar, la Presidenta se encuentra paralizada y hundida, así que el bueno de Wellington le propone jugar una baza maquiavélica utilizada muchas veces en la mala política: Crear una maniobra de distracción y que esa noticia “tape” el desastre mediático que tendrá el plan contra O´Keefe.
Anteriormente ya vimos cómo los Generales que acuden a las reuniones del Consejo de Seguridad que preside Keane, le han propuesto a ésta bombardear posiciones en Siria que son la ruta de entrada de armas desde Iran para que las fuerzas gubernamentales sirias ataquen las localidades de los rebeldes que luchan contra su Presidente y que son aliados de los Estados Unidos.

Keane se ha negado una y otra vez a provocar otra escalada belicista en la zona y cuando Wellington se lo propone de nuevo ella lo rechaza rotundamente y agotada por los acontecimientos del día y tras el rifi-rafe con su hombre de confianza, se retira a… ¿descansar?
Muy humana su postura pero vamos, que en casos así se espera un mayor compromiso de la Presidenta de los Estados Unidos en un momento de crisis. Unos cafés cargaditos no vienen mal en estos casos ¿no?

Así que Wellington, sin cortarse un pelo, aprovecha el “cansancio” de su Presidenta y toma la decisión de puentearla. En una escena inaudita, por poco creíble, llama al General y le dice que la Presidenta ha dado el OK a los ataques. El General le pide detalles y se extraña que no sea ella misma quien le llame para darle la orden…y cuando parecía que el plan de Wellington se iba a ir al garete –que sería lo más lógico–, resulta que aparecen los guionistas de la serie caminando como funambulistas sobre el alambre y cuando el General más sospecha de la trola de Wellington, éste va y le da los códigos de seguridad para iniciar el ataque. Y claro, el general qué va a decir ¿verdad?

O sea…joder, que no estamos hablando de aprobar una línea de trenes de alta velocidad, que estamos hablando de iniciar una ofensiva militar contra unidades militares iraníes en territorio sirio. ¡Casi nada! ¿No hay control para unos códigos cuyo escondite ultra secreto podría ser, visto lo visto, la puerta del frigorífico de la cocina dejados allí por la Presidenta cogidos con un imán? ¿No tendría que haber alguien más implicado en un acto de estas características? ¿De verdad esos son los controles de la todopoderosa Casa Blanca ante una acción militar?

El General, encantado de la vida porque el tema le pone mucho, se traga el cuento (con reticencias, pero se lo traga) y dará la orden de ataque al amanecer. Y esto me hace pensar que una vez más, otra más, y al igual como ocurrió con la trama de Carrie con el hacker, los guionistas se han sacado de la chistera una reacción inverosímil para demostrarnos la complicidad de algunos generales con las acciones de guerra al precio que sea y las ansias de poder y protagonismo desmedidos de algunos políticos. Pero… ¿había que hacerlo así?

Carrie

Ésta es su trama y éste su capítulo. La Carrie más desesperada, la más luchadora contra todos y contra ella misma, emerge de las cenizas para brindarnos una interpretación soberbia donde los conflictos internos y externos afloran a cada paso y con cada reacción.

La solución recomendada por todos para ella es que se medique, que tome esas pastillas que la sumergen en un sueño profundo para que corte de raíz el ciclo de tensión en el que vive. Ella sabe que lo tiene que hacer, sabe que es bueno para su vida y sobre todo para la de su hija, como también sabemos nosotros, porque nos llega, que ella dejará de ser ella misma si abandona sus actividades de exagente de la CIA. Es increíble lo bien gestado que está en el capítulo su trastorno bipolar en perfecta fusión con la bipolaridad de su propia vida. O eres una cosa, o eres otra. Tú decides Carrie. Aunque puede que ya haya elegido y quiera ser las dos a la vez.

Y la decisión la toma cuando, medio dormida por los fármacos, recibe un mensaje de su antiguo compañero y ahora agente del FBI, Dante Allen, donde le dice que ha descubierto quién es la misteriosa mujer que se coló en el apartamento de Wellington y que las cámaras espía de su amigo Max grabaron mientras lo registraba.

Un multa a su nombre, que ha localizado Dante en los archivos de la policía, sitúan a esta mujer muy cerca de la prisión donde murió envenenado el General. Y aquí llega otra bomba de efectos retardados: la mujer ha sido amante del ahora todopoderoso Wellington.
Con estos datos Carrie se activa de nuevo y, aún bajo los efectos de los somníferos, llega a la casa de esa mujer, espera a que ella salga y se cuela por una ventana para registrarla. Y allí descubre en uno de los cajones el ticket de la multa.

Cuando Carrie abandona la casa, la noche ha caído y andando va solitaria por una calle donde resulta extraño ver a alguien paseando. Un coche patrulla la da el alto y le pide que se identifique. Si lo hace, el desastre para ella está garantizado: ni vive por allí, ni tiene un motivo lógico para estar sola a esas horas y, lo peor, que su nombre jamás puede ser chequeado por el ordenador de los agentes pues generaría un montón de preguntas con consecuencias fatales para ella.

Ante su resistencia a identificarse, Carrie es esposada, trasladada a comisaría, tomadas su huellas (con ese plano todos nos llevamos las manos a la cabeza conocedores del horror que representará para su vida) y encarcelada a la espera de juicio.
Como si de su ángel guardián se tratara, aparece Dante en la comisaría para, gracias a sus todavía influencias en el FBI, sacarla de allí y destruir las pruebas de su detención.

Una vez liberada, ella y Dante se montan en el coche y una posible trama sentimental nace producto de esas confidencias personales entre ambos cuando él le cuenta aspectos dramáticos de su vida privada. Una situación que nos recuerda que en determinadas ocasiones y en los asuntos del amor sobre todo, une más la desdicha que la felicidad. Y está tan bien dirigida la escena que lo notamos y sentimos. Y no sería raro meter a Carrie en otro bucle sentimental tal y como pasó con Quinn y como pasó con Otto During. Relaciones que no llegaron a nada pero que enriquecieron aún más el perfil de nuestra agente de la CIA preferida.

Nota del autor
4.5
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Review Homeland: Standoff
4.1 (82.5%) 8 votes

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2 comentarios

  1. marcoupsilon

    Un episodio muy dinámico pero a fin de cuentas quedamos donde mismo (bueno no del todo pero el avance fue hasta el final con Wellington al teléfono), con la única diferencia de que Carrie ya tiene un aliado y que tiene información sobre la chica de Wellington, pero ese final, ese final me dejo impactado, se viene lo bueno y apenas vamos para el 4to capitulo, muy buena review por cierto

    • Coincido contigo en el dinamismo que tiene el capítulo, además de que están muy bien gestionadas las tramas. Y en cuanto al 4º no te anticipo nada pero ya habrás intuido que tras la calma llega la tempestad.

      Muchas gracias por comentar!

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