Review HIMYM: 46 minutes

Misterio resuelto: 46 son los minutos que hay desde Manhattan hasta Long Island. Y 46 son también los minutos que me ha parecido que duraba la trama de parejas de esta semana, tanto la de Lily y Marhsall como la de Kevin y Robin. Más largas que un día sin pan y sin demasiada gracia: ni Padmallow pega fuera de la Gran Manzana, ni la canadiense y el terapeuta pegan (así sin más). En definitiva, un episodio salvado por el capitán Stinson, por las variantes de las intros y por la moraleja final. ¿Debatimos?

Las recetas mágicas para las comedias no existen. “Hacer reír”, podríamos decir, pero es una respuesta muy tramposa. La grandeza de How I met your mother siempre se ha construido no sobre el hacer reír, sino sobre el cómo hacer reír. Ha hecho de la originalidad su bandera. Además, ha sabido explorar otros caminos, como el coqueteo con el drama que más o menos cumple un año por estas fechas, o el papel de Ted como Maestro de Moralejas, portador de lecciones de vida que no por conocidas dejan de ser ciertas y, casi siempre, redondas. Cuando HIMYM se aleja de esos caminos, y sé que soy pesado con esto, se convierte en una sitcom del montón. Una pena. Esta semana ha pasado: 46 minutes no será, desde luego, un episodio para contar a nuestros nietos… Pero nos vamos a quedar con lo bueno, ¿vale?

Desde luego, uno de los puntazos ha sido la intro retocada, pero no la primera sino la segunda; de hecho, la de Barney está bien para servirle de impulso a la rusa. Qué grandes esas escenas, especialmente la de Lily (perdón: Stripper Lily, no las vayamos a confundir) acosando a Robin, en una clara referencia a las veces que la Lily de siempre ha confesado su oscuro deseo carnal hacia la canadiense. Por cierto… menos mal que no han coincidido los embarazos de Lily, el ficticio y el real, porque no sé cómo le hubiera quitado la barriga a la stripper. Los trucos que usaron en su día (aquellas pelotas de baloncesto, por ejemplo) no hubiesen funcionado…

De esta trama también destacan dos clásicos: la necesidad de Barney de ser el mejor amigo de todo el mundo (“I’m your two best friends!!“, le dice a Ted), y la desesperación de Ted para con The One, cuando piensa para sí mismo que nunca va a encontrar el amor mientras el resto del grupo ansia irse a casa. Ted ha estado bastante sembrado desde el momento en que se ha armado de vodka para afrontar la noche. Su mano de poker con menos cartas de las necesarias me ha gustado tanto como la imposibilidad de bautizar a un tío que tiene demasiado potencial: cresta, parche, una mascota inmunda…

Dentro de la trama del stripclub, sin embargo, los momentos de Robin y Kevin han sido un auténtico pinchazo. Lo siento, sigo pensando que cuando se juntan son la antiquímica en persona, una especie de guía de cómo no debe ser una pareja. La palabra sosería apenas recoge una décima parte de la sensación de pereza máxima que desprenden. El único consuelo que me queda es que no debe de quedar mucho para que Kevin se largue… ¿verdad? Decidme que no, ¡¡decidme que no!!

Más de lo mismo en Long Island. En lo que podría ser una bonita metáfora involuntaria, los guionistas han construido una trama digna de la mejor película dominguera de Antena 3 (¿por qué casi siempre decimos Antena 3, si el resto de cadenas tampoco se luce mucho en la sobremesa dominical?), aburrida y buenrollista, para dos personajes que se acaban de mover a los frecuentemente aburridos y buenrollistas suburbios. Ah, los suburbios… o son pasto de familias plastas, o son escenario de matanzas à la Scream, o te sale Aquellos maravillosos años. Lástima que los resultados no sean proporcionales… Para acabar de adornarlo está Chris Elliott, que no duda que sea un gran actor cómico, pero que a mí me sigue despertando el trauma de los picores insoportables: siempre que lo veo, veo al Dom de Algo pasa con Mary

Supongo que es muy difícil ser HIMYM hoy en día y vivir bajo la lupa de obsesos como nosotros, que le pedimos lo más semana tras semana. Pero, como decía Spiderman (y antes que él, el tío Ben), un gran poder conlleva una gran responsabilidad. La sitcom que juega en la liga de los drama, y no porque sea mejor que las demás, necesita echar siempre el resto. En este 46 minutes solo me lo ha parecido en el momento final, con esa imagen de mesa vacía que abre la review. Un final que nos aleja en cierta manera del epicentro de la serie, el McLaren’s, pero que nos confirma que los cinco seguirán siendo los cinco (y no los seis, ni los tres). Al menos, hasta que Ted Mosby dé con ella y nos digan adiós…


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