Review Hannibal: Coquilles

will

Cáscaras, carcasas. No somos más que conchas humanas. Duras a primera vista, frágiles al impacto. Mantenemos un caparazón, recubrimos nuestras debilidades con capas de resentimiento, miedo, sonrisas, indiferencia. Nos echamos un aftershave barato y rezamos para que nadie note la diferencia, para que todo parezca normal. En este originalmente quinto episodio de Hannibal, nos hemos sentido perdidos, desorientados, desasosegados por la presencia agobiante de la muerte, que ya sabemos certera.

Un sonámbulo Will Graham abre el episodio, marcando muy bien el tono sombrío y onírico que recubrirá a los personajes de una pátina de desconsuelo. La vigilia. El sueño. ¿Cómo saber si estás despierto? Ya es recurrente en esta serie, la sensación de desconcierto, de incredulidad, de no saberse bien despierto o bien dormido. Will, padece mucho últimamente de sueño inquieto, le es cada vez más difícil controlar sus visiones, mantenerse apartado de los casos que resuelve. Su mente le empieza a jugar malas pasadas. Jaquecas, cambios de humor repentinos, trastornos del sueño… Se plantea dejar de ayudar a Jack y volver a centrarse en sus clases. Pero Jack no puede prescindir de él, ya que un nuevo asesino ha hecho acto de presencia. Uno que tiene gusto por la teatralidad, porque vamos, qué escenas del crimen que monta él solito.

Paralelamente, podemos conocer más a fondo a la mujer de Crawford (la espléndida Gina Torres, vista en Firefly y mujer en la vida real de Laurence Fishburne), a la que vimos brevemente en Oeuf. En una cena en la mesa del doctor, Bella (en realidad llamada Phyllis) mantiene una curiosa conversación con Hannibal. Resulta que nuestro caníbal tiene olfato para el cáncer. Algo que dará pie para una de las mejores escenas del episodio y que comentaremos más tarde. Bella visita al doctor Lecter y le confiesa lo que un principio parece una infidelidad a Jack, pero que más tarde se descubre como un cáncer de pulmón terminal. Jack, que también llega a pensar que su mujer le engaña con otro, descubre la verdad gracias al killer-of-the-week.

Y es que Elliot Budish no es un asesino cualquiera. Tiene un tumor cerebral que le permite ver las llamas del infierno en las caras de las personas malvadas. Asesina a sus víctimas desgarrándoles la piel de la espalda y colocándolos como si fueran ángeles. Hasta ahí, nada que objetar. Lo que no creo posible es que él solo pueda colgar a su tercera víctima de un andamio a tropecientos metros del suelo. Ni que se suicide colgándose del techo del granero con las alas abiertas. No es posible. Lo repetiré. No es posible que lo haga él solo. Y aunque ya dijimos en Oeuf que los casos no son más que McGuffins para el desarrollo de los personajes, creo que al menos, el cierre de los mismos, podría mejorar enteros con un poquito de dedicación. El asesino de la semana ha servido a dos própositos principales: que Jack descubra que su mujer se está muriendo y que Will se dé cuenta de su desgaste al servicio de Crawford.

Meat-Angels

Está claro que cada vez que Will se pone a trabajar en realidad se está asomando al abismo. Que su coraza se está debilitando, su cuerpo y su mente no responden a su control tan bien como deberían. Por suerte (o desgracia) tiene en Hannibal a un confidente, a un cada vez más amigo que compañero, a alguien con quien hablar de tú a tú. Alguien que está haciendo todo lo posible por malmeter entre Will y Jack. Algo que no me parece mal, ya que desde el principio y como bien le espeta Graham a Crawford en este episodio, Jack solo parece interesado en que Will le resuelva los casos. Yo también le hubiera soltado lo de qué pasa, ¿no eres tú el jefe de los profilers? Trabaja un poquito, pedazo de vago. En fin, que en un momento sublime destripado por teasers, Hannibal olfatea a Will. Un momento extrañamente delicado donde Hannibal, aún con la excusa del aftershave, nos ha echado un capote sobre el por qué de los poderes de Will. ¿Está Graham enfermo? Tras descubrir al hacedor de llaves ángeles muerto, Will tiene una alucinación reveladora. Este es su diseño. Su cara arde, como todas las de las víctimas. No puede seguir trabajando para Jack.

coquilles

Pero Jack tiene problemas más importantes que tratar. Aborda a su mujer en la consulta del doctor Lecter y tienen una conversación llena de amor, terror, tristeza y melancolía. El trabajo actoral de esta pareja es perfecto. La esencia del episodio reside en esta escena. En cómo las personas nos sentimos invulnerables, dioses de piedra que vivirán para siempre, vivimos dentro de una concha marina, de una caverna, creando nuestro futuro pensando que el tiempo es infinito. Pero nos equivocamos. Y el impacto es tan brutal, que nos deja desnudos, destruye nuestra cáscara nacarada, nos deja flotando en aguas llenas de confusión y depredadores. ¿Qué hacer ante la pérdida de nuestra perla? ¿Cómo reaccionar ante ese monstruo abisal que nos va a engullir a todos? Hay quien piensa que dentro de las conchas vacías aún puede oírse el resonar de las olas. Hay otros, en cambio, que piensan que solo es el eco de nuestro propio corazón.

El episodio se cierra con el silencio y con la reflexión de un Jack Crawford sentado en su despacho, donde recibe la visita de Will para supuestamente presentarle su dimisión. Pero claro, Graham, con toda su empatía, sólo es capaz de sentarse al lado de su compañero y esperar a que éste esté preparado para hablar. Hay veces en las que sólo puedes esperar.


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12 comentarios

  1. Sólo voy a decir una cosa: me encanta como escribes y las conclusiones que sacas de los episodios Meritxell, así da gusto leer reviews.

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