Review Gods: The Bitter End

En el cine o en la televisión no me gustan los finales dulces, azucarados. Tal vez por eso nunca he sido muy amigo de las películas de Disney, salvo contadas excepciones (Up). Y por esa misma razón adoro películas como El Club de la Lucha, Sospechosos Habituales, Identidad o Memento, aunque en este caso el principio sea el final. Finales que tuercen cuellos y desencajan mandíbulas. Finales inesperados, al fin y al cabo, porque uno de los elementos que más se valoran en los guiones son las sorpresas, los giros. Partiendo de esta premisa, Gods of the Arena tenía un reto complicadísimo en su último episodio, ya que el final del mismo representaba casi el principio de una historia que ya conocíamos. Aún así, aún pudiendo pronosticar la mayoría de escenas, The Bitter End es tan espectacular como se le suponía al último capítulo del mejor estreno de la midseason. ¿Lo comentamos?

The Bitter End ha confirmado, voy a empezar por el final, lo que muchos habéis comentado durante el último mes y medio: Gods of the Arena se ha hecho excepcionalmente corta. Es una putada, hablando claro como el Batiatus, que una serie de calidad sólo dure seis episodios. Me da igual que en el Reino Unido sigan ese esquema o que para dar prioridad a la calidad se reduzca la cantidad. Me sabe a poco. Y esa sensación se hace especialmente dañina cuando pienso que no volveremos a ver a John Hannah y Lucy Lawless, salvo sorpresa o giro de guión de esos que comentaba antes. Batiatus y Lucretia han contribuido de forma determinante a que Spartacus sea mucho más que una serie de sexo y violencia. Batiatus y Lucretia nos han explicado con precisión el alcance de términos como la venganza, el honor o la ambición, tres temas esenciales de The Bitter End. Ellos han sido junto a Gannicus los grandes protagonistas de una precuela en la que todo ha sido perfecto, excepto su duración. Es ahora cuando toca lamentarse por eso y porque la segunda temporada, aparte de perder componentes de forma preocupante, no empezará posiblemente hasta 2012. Y nos vamos al capítulo.

The Bitter End anunciaba una despedida amarga desde su nombre, que al final ha resultado ser algo tramposo. Nadie puede decir que la precuela haya acabado mal, aunque los más optimistas pueden replicar que podría haber acabado mucho mejor. El sexto episodio de la precuela se estructura sobre dos grandes temas: la venganza de Batiatus por la muerte de Titus, cuya culpa se atribuye a Tullius; y la inauguración del nuevo estadio de Capua, ese lugar lleno de sangre, arena y mujeres que enseñan las tetas extasiadas por la violencia de los varoniles gladiadores, un recurso fascinante (mejor ver tetas que planos de recurso vacíos) que contribuye a fomentar la personalidad de la serie. El primer tema, el de la muerte de Tullius, se ha resuelto más rápido de lo que esperaba y el segundo, el de las batallas en la arena, con más violencia y épica de lo que me podía imaginar. En uno y en otro he disfrutado muchísimo.

El plan urdido por Batiatus para vengar la muerte de papá funciona sin demasiados imprevistos. Tullius está cegado por la oportunidad que le presenta Solonius de eliminar a Quintus. Y se adentra en un callejón sin salida junto a su inseparable mascota, el lanista Vettius. Allí espera la daga envenenada de Batiatus y las espadas de varios gladiadores, entre los que se encuentran Gannicus y Doctore, que también tendrán la oportunidad de vengar la muerte de Melitta a base de cuchilladas. La escena de la pelea callejera nos ha introducido el tono de violencia que tendría el capítulo, pero la ejecución de Tullius en el estadio ha superado todas las expectativas. Nunca aparto la vista en las escenas más salvajes, pero debo confesar que tanto en el ensañamiento contra Tullius como en la última escena del estadio, he mirado de reojo. La despedida de Tullius, por cierto, antológica.

Tullius, en su estadioTullius, en su estadio

Todo lo que controla Batiatus sale a pedir de boca en este asunto, que sólo se complica allí donde no llega su lengua. Solonius se ha destapado en The Bitter End como el orgulloso y traidor lanista que conocimos en la serie original. Ha aprovechado sus instantes con Vettius para hacerse con el control de todos sus gladiadores a cambio de perdonarle la vida. El trato inicial decía que Batiatus tuviera acceso al 50% de esos hombres, pero Solonius sentía rencor por las palabras de su amigo Quintus, unos episodios atrás. Además, creo que ha quedado bastante claro en la precuela que Solonius ha estado enamorado de Lucretia desde que la conoció. Sea envidia o rencor, la cuestión es que Solonius ha encontrado el camino para ganarse el reconocimiento de la nobleza de Capua a través sus recién adquiridos gladiadores. Premio para los guionistas, que han hilado muy fino en esta historia de desencuentros. La segunda parte del episodio, la de las luchas a muerte en el estadio, es un reflejo del odio que se profesan Batiatus y Solonius.

Cierro el tema de la Casa de Batiatus, antes de empezar con la sangre, con la magnífica Lucretia. Está claro que Batiatus nunca descubrirá (o tal vez en el infierno) que la responsable de la muerte de Titus fue su esposa. El pobre Quintus también se marcha a la tumba sin saber que el hijo que llevaba su mujer no era suyo, sino de Crixus. Lucretia ha dado pequeños pasos en esta historia y ahora ya puede mirar a los ojos a ese galo al que ha decidido educar. Lo ha convertido en un metrosexual porque no le gustaba su aspecto animal. Esto es una carrera de fondo. Y Lucretia pronto se verá enamorada, o más bien enganchada, a la pasión y potencia del gladiador. La intención inicial de la domina es darle un hijo a su marido, pero pronto quedará difuminada ante el placer que le proporciona el futuro campeón de Capua. Poco protagonismo para Lucy Lawless en este The Bitter End porque ya nos ofreció todo su talento en el anterior episodio. Sus últimos minutos en Gods of the Arena los ha aprovechado para nombrar a Naevia como esclava personal, para compartir su dolor por la muerte de Diona y, al final, para recomendar a su marido que apostara fuerte por Crixus.

La muerte de Diona, por cierto, es otro de esos momentos en los que no apetecía mirar a pantalla. Batiatus ha intentado perdonarle la vida, sin mucho esfuerzo todo sea dicho, pero Solonius ya había entrado en modo perverso. La risa del noble que la violó y la satisfacción del propio Solonius contrastan con la impotencia de Lucretia y las lágrimas de Naevia, que se siente culpable en parte de la muerte de su amiga. Ella le concedió la libertad que la ha guiado a la muerte. La sonrisa final de Diona consigue reducir ligeramente la crueldad del momento. Pero esto es Spartacus, estamos en Roma y aquí hay poco espacio para los sentimentalismos. Y de la misma forma que disfrutamos hasta el éxtasis de las victorias de nuestros gladiadores en la arena, sufrimos cuando la espada se clava en nuestros amigos. Por cierto, yo apostaba por la salvación de Diona y por la muerte de Gannicus antes de empezar, en la enésima muestra de que haciendo pronósticos soy tan bueno como el videoblog de Inda.

Diona muere libreDiona muere libre

Y de aquí al final, sangre. Y batallas. Y discursos épicos del Batiatus. Y todo eso que convierte a Spartacus en una de las series más entretenidas de la parrilla. En mis años como seguidor de series, e incluso de cine, nunca había visto media hora tan violenta como la última de The Bitter End. Y me cuesta recordar un trabajo tan preciso en los juegos de cámaras, el ritmo y los planos de esa soberbia batalla entre los gladiadores de la Casa de Batiatus y los de Solonius. La cámara lenta que aparece en el momento del impacto de una espada contra un brazo o en el choque de dos escudos es un sello personal de la serie, que además ha creado una base para justificar todos y cada uno de esos golpes, huesos rotos, mandíbulas que cuelgan (aquí aparté la vista) y escenas violentas. Todo eso tenía un sentido porque existían unos antecedentes. Y en la arena todos han recogido los frutos cosechados en los últimos seis episodios.

Ashur, por ejemplo, ha tenido que recurrir a su kit de supervivencia profesional para no sucumbir ante las espadas enemigas ni ante la de su compañero Dagan, que sin duda era la más afilada. Lo ha conseguido, aunque por el camino ha perdido su condición de gladiador. La esperada escena de su pierna quebrándose no ha sido tan épica como esperábamos, pero nos ha permitido ver al final del capítulo al Ashur que todos conocemos y que deseamos volver a ver en la segunda temporada. El culpable ha sido Crixus, que se destapa en The Bitter End como un implacable gladiador cuya ambición por la gloria no conoce fronteras. El galo quería combatir contra Gannicus, insatisfecho por la actitud pasiva de éste en el torneo en el ludus. Pero el pobre Gannicus tenía suficiente con defenderse de los golpes enemigos y con la carga de la muerte de Melitta y la traición a su mejor amigo, el Doctore. Aún así, Gannicus ha demostrado que es el auténtico champion of Capua. Su victoria ha tenido premio: la libertad. Aunque siento que el final amargo al que hace referencia el título se centra en él, ya que ha ganado su condición de romano libre, pero ha perdido al gran amor de su vida y parte de su dignidad y honor se quedan atrapados en el ludus, a los pies del Doctore.

No, no es una serie violentaNo, no es una serie violenta

Tan épico como las peleas a muerte entre gladiadores son los comentarios entre Batiatus y Solonius, que son como dos niños que enfrentan a sus pokemon. Es fascinante como una misma escena se puede enfocar de dos formas tan distintas: la angustia del gladiador que lucha por sobrevivir en cada espadazo con la pasividad del noble que disfruta del espectáculo. Para hacerlo todavía más salvaje, le añadimos fuego. Y el resultado es, como os decía, la media hora más sangrienta y entretenida de los últimos meses televisivos.

Gods of the Arena deja la puerta abierta a un posible retorno de Gannicus para la segunda temporada, aunque en la primera su nombre no se pronuncie en la Casa de Batiatus. Repito lo que dije el otro día: no sé qué cuentan los libros de historia, pero Gannicus se ha ganado la oportunidad de volver. Y de luchar al lado de Spartacus, situación que me hace babear sólo imaginármelo. También he sonreído de satisfacción viendo a Gannicus alejándose del ludus, libre. Cuando acabó el anterior capítulo, pensé que Crixus acabaría con él en la arena, pero no habría sido justo para nadie: ni para Batiatus, ni para Gannicus, ni para el propio Crixus.

The Bitter End cierra una genial precuela con imágenes de Kill Them All, el último capítulo de Spartacus, que ayuda a que la transición todavía resulte más adecuada. Y esa escena, aparte de aumentar de forma considerable nuestras ganas de que empiece de una fucking vez la nueva temporada, hace que nos cuestionemos sobre el futuro de algunos personajes: ¿volveremos a ver a Gannicus? ¿Regresará Vettius para mearse sobre el cadáver de Batiatus? ¿Está viva Lucretia? Sí, tú y yo hemos visto como movía la mano. ¡Que vuelva Lucretia, por favor! Y que hagan otra precuela, o secuela, o webisodes, o lo que les dé la gana, pero por favor que nos den más. El público exige Panem et Circenses. “Épica y gloriosa”, así deberíamos describir todos Gods of the Arena.

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