Review Gods: Reckoning

Aunque no lo podemos afirmar, se cree que el acto de brindar nació en la antigua Roma, allá por el siglo VI antes de Cristo. Los romanos chocaban sus copas de vino haciendo saltar líquido de una a otra como muestra de confianza. Era un mensaje gráfico: “puedes beber de mi copa”. Esta práctica se hizo muy habitual porque en la época había tantos pactos y acuerdos como intentos de envenenamiento. El intercambio de vino a través del brindis aseguraba que esta bebida tan admirada no contenía ninguna sustancia maligna. Pues bien, tomando como referencia Reckoning, podemos tirar de refranero patrio para decir aquello de “en casa del herrero, cuchillo de palo”. ¿Comentamos el 1×05?

Me equivoqué. Y no sabéis el placer que da, en especial cuando haces un pronóstico que parece obvio sobre el desenlace de una trama y al final ocurre algo inesperado. Me refiero evidentemente a ese triángulo amoroso formado por Melitta, Gannicus y Oenomaus, del que dije que sólo podía acabar con un baño de sangre. Vale, sí, su resolución ha implicado mucha sangre, pero nadie esperaba que lo hiciera por la vía del vino, sino por la que sugería la pobre Melitta en la espeluznante pesadilla que abre Reckoning. Melitta, tú, yo… todos visualizábamos al Doctore más salvaje, desatado por amor, ya que la serie nos había privado de sus hazañas en la arena. Y nos hemos tenido que conformar con esa versión a través de un sueño, ya que la realidad ha sido muy distinta.

Me equivoqué, y no es una excusa, porque subestimé a nuestra querida Domina, tan agazapada en los primeros episodios que pensé que nos la habían cambiado. Tranquilidad señores, Lucretia está en plena forma. Y más después de la trágica orgía de la semana pasada, que sólo hizo que acortar los plazos previstos de su diabólico plan. Lucretia ha aclarado el panorama dejando un escenario muy similar al que todos conocimos en el piloto de Spartacus. Y lo ha hecho con vino dulce, aunque amarga sea la victoria. Reckoning es un gran episodio por su capacidad para engañarnos, por su juego de manos y su as en la manga, que para mí ha sido la domina.

Luces y sombras, la dominaLuces y sombras, la domina

Me gusta porque el capítulo nace sobre el ultimátum de Titus a Batiatus: rompes tu matrimonio o te largas con tu esposa. Y porque todo lo que sucede después está condicionado por esa situación. Las insinuaciones de la domina dan sus frutos y durante los 50 minutos de Reckoning vemos a Batiatus preparando el terreno para llevar a cabo el asesinato de Titus. Y cuando más cerca estamos de que se produzca el parricidio, Quintus saca su lado más humano coincidiendo con la confesión de cariño de su padre en el viejo estadio, donde uno y otro rieron juntos no hace tanto. Esa tabla que podía haber servido para destrozar el cránero de Titus acaba en sus manos como regalo de Batiatus. Entrego las armas. Firmo la paz. Y me voy. Brillante una vez más John Hannah, cuya cara cambia de odio a pena, o tal vez vergüenza por ver en qué se estaba convirtiendo, después del discurso de Titus en la arena.

Sin embargo, Lucretia no desiste en su intento de eliminar a Titus, y ahí es donde creo que Reckoning ha jugado muy bien sus cartas. Aunque sabíamos que la domina tramaba algo con el vino dulce, jamás sospechamos que llegaría tan lejos. Nos han dado pistas desde hace un par de episodios que Lucretia estaba envenenando al paterfamilias, pero el hecho de que la responsabilidad final de matar a Titus recayera sobre Batiatus ha conseguido, al menos en mi caso, que desviara la atención. Por eso la escena final me ha parecido tan inmensa, con esos planos oscuros de Lucretia en plan villana. La transformación que padece la domina en la escena del envenenamiento, de nuera atenta y servicial a arpía vengativa, es absolutamente fascinante. Y para enfatizar ese cambio llegan las palabras amables de Titus, que empezaba a considerar que la mujer de su hijo no era tan mala. No, es muuuucho peor. Chapeau, Lucy Lawless.

El sabor de la victoria, decía, es agridulce porque Melitta cae a la vez que Titus. Bebe del vino envenenado. La esposa del Doctore se despide de Gannicus brindando por su amor imposible. La muerte de Melitta es una tragedia que azotará a todos los miembros de la casa de Batiatus. Al Doctore como esposo, a Gannicus como pretendiente y (en parte) responsable y a la Domina como culpable de haberle entregado el arma homicida. Gods of the Arena se ha esforzado en demostrarnos que Lucretia mantenía una relación cordial con sus esclavas, siendo Melitta su ojito derecho. Por eso, tan importante como el hecho en sí, será ver las consecuencias de esta muerte. La dureza y frialdad del Doctore, que más tarde sufrirá Spartacus, seguro tiene su origen en el desenlace de esta trama. También la actitud distante y altiva de Lucretia con sus esclavas. Y más si tenemos en cuenta la traición de Diona, la sirvienta que hace unas semanas perdió la dignidad en esa casa y que, ayudada por Naevia, ha decidido recuperar el brillo de sus ojos en Reckoning huyendo del látigo de la Domina, que casi siempre es más peligroso que el del propio Doctore.

Adiós MelittaAdiós Melitta

Cierro el tema Lucretia-Batiatus con una de las mejores escenas de la precuela, la que ambos protagonizan en la bañera. Desnudos, no sólo de cuerpo, ambos se juran amor eterno por encima de la batalla contra Titus. Un Batiatus muy alejado del que conoceremos en Blood and Sand prefiere, atentos a la frase, hacer el amor y no la guerra. Impensable, ¿verdad? Lo mismo, al menos en apariencia, sucede con Lucretia, a la que la opción de huír le parece la más adecuada. Y más después de su revolcón con Crixus, el infalible galo que donde pone el ojo, pone la espada. Sí, ahí nace la historia de amor entre estos dos. No lo esperábamos tan frío, desde luego. Por todo esto creo que Reckoning ha jugado de maravilla sus cartas, enseñándonos el escenario más probable para después cerrarnos la puerta y mandarnos por otro camino. Lucretia parecía estar en la bañera para limpiar su cuerpo y su alma, pero al final todos hemos visto qué vía ha escogido. Y eso, que quede claro, sin renunciar a lo que más adora del mundo, que es su marido, por el que es capaz de matar o de dejarse penetrar por un esclavo. Qué gran personaje.

La otra trama del capítulo nos lleva a la arena del ludus y tiene el mismo origen que todo lo comentado hasta ahora: el ultimátum de Titus a Batiatus. El Paterfamilias reniega de su equipo de gladiadores y decide organizar un torneo interno para hacer una criba y elegir al nuevo líder. De esa criba lo más destacable es la actitud de Ashur, el peor gladiador de Capua, que definitivamente se ha quedado sólo ante el peligro en la Casa de Batiatus. A Dagan, su compañero sirio, la traición le ha costado un ojo de la cara (literal), pero algo me dice que a Ashur le va a costar una pierna y su futuro como gladiador. Con Ashur me pasa lo mismo que en su día con T-Bag, cuanto más deleznable, más mezquino, más rastrero y más traidor es, más me gusta. Y el sirio es todo eso elevado a la décima potencia. Es muy probable que Dagan desaparezca del mapa en esta precuela, pero estaría bien que la serie lo guardara en la nevera para un posible regreso en la segunda temporada de Blood and Sand. Recordemos que Ashur sigue vivo. Y la venganza del sirio, aunque sea con un solo ojo, puede ser salvaje.

Ashur, el último supervivienteAshur, el último superviviente

De las batallas entre gladiadores, el que más se juega es Gannicus, que sólo permanecerá en la casa de Batiatus si es capaz de vencer ese torneo. De lo contrario, formará parte de los gladiadores del maldito Tullius. Y Reckoning es el episodio en el que el mejor gladiador de Capua lo pierde todo. Pierde la amistad de Oenomaus, pierde a Melitta, pierde la motivación y las ganas de luchar y pierde la batalla final contra Crixus. La figura de perdedor contrasta con la de los primeros episodios, en los que sólo había vino, mujeres y una vida de lujo para el (aparentemente) gladiador sin corazón. Toca aplaudir el trabajo de Gods of the Arena con este personaje, en el que hemos ido profundizando poco a poco hasta borrar la imagen de superficialidad que tuvimos con la primera impresión. En el fondo, Gannicus es un esclavo que aprovecha su talento en la arena para enmascarar una realidad, que no es otra que la de ver a la mujer que ama en brazos de su mejor amigo. Gannicus pierde. Y la semana que viene, último episodio de esta magnífica precuela, pasará a engrosar la lista de gladiadores de Tullius. Si antes decía que a Dagan no me importaría volver a verlo en Blood and Sand, de Gannicus proclamo abiertamente que sería un acierto que formara parte del reparto principal. Y no sé qué dice la historia.

El próximo domingo acaba la precuela con el capítulo The Bitter End, cuyo título se atreve a hablar de nuestros sentimientos. Un capítulo en el que posiblemente veamos la lesión de Ashur, a Crixus acariciando la gloria, las lágrimas del Doctore y alguna que otra batalla en la arena de ese estadio en construcción que hemos visto de fondo durante todos los capítulos de Gods of the Arena. Final armago dice el título, pero sólo porque es el final, no por la calidad del mejor estreno de la midseason. Esta serie es enorme.

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