Review Gods: Beneath the Mask

Pensaba que la espada y el miedo a la muerte eran los elementos más peligrosos de Spartacus, en especial cuando se combinaban, pero Beneath the Mask me ha demostrado el poder devastador de las máscaras. Dale una máscara al ser más tímido de la tierra y por sus venas correrá el valor que le otorga el anonimato. En el cuarto episodio de Gods of the Arena, la muy noble casa de Batiatus acoge una de las fiestas más salvajes que jamás haya visto la ciudad de Capua. Una fiesta que confirma que mezclar alcohol con espadas y ganas de venganza siempre es una mala opción. ¿Comentamos el 1×04?

Me toca empezar la review pidiendo perdón por el retraso sufrido esta semana. Causas ajenas a mi voluntad, las que me llevaron al suelo cuando conducía mi moto, hacen que escriba estas líneas con una mano herida, una rodilla morada y policontusiones en las costillas. Una situación idónea para comentar una serie como Spartacus, pero nada comparado con las cicatrices que lucen nuestros gladiadores en su cuerpo o las que lucirá en su personalidad, más pronto que tarde, nuestra querida domina a raíz de los acontecimientos de Beneath the Mask. Si el pueblo quería sangre y sexo, esta semana hemos tenido ración extra, en una decisión que sigue dividiendo a la crítica. Y lo entiendo. La serie hace una apuesta clarísima por la violencia y el sexo que puede parecer superficial. Desde un punto de vista narrativo, ya no digo histórico, cuesta creer que cada dos minutos alguna romana enseñara su cuerpo desnudo. Lo cierto es que hemos visto más tetas, culos y escenas de sexo en media precuela que en todas las otras series juntas. Entiendo, pues, que para algunos Spartacus no sea más que una suma de violencia, sexo y algo de contexto histórico. ¿Uso o abuso?

Introduzco este debate porque Beneath the Mask nos ha enseñado la orgía más salvaje que haya visto la ciudad de Capua en mucho tiempo. Una orgía con máscaras, práctica que se repetirá en Blood and Sand, en la que todo está permitido. Y realmente me habría parecido una puesta en escena superficial (maravillosamente superficial) de la situación si sólo hubiéramos visto la orgía, pero resulta que cuando todo el mundo está a punto para jugar al trivial en la escena aparece Tullius. Tullius da sentido a que Gods of the Arena reproduzca todos los placeres de la Casa de Batiatus, porque desde su sonrisa cruel abusa de su posición de poder. Tanto en la violencia, como comprueba en sus carnes el pobre Gannicus, como en el sexo, cuya principal víctima es Gaia. Por eso, porque visualmente la serie es exquisita y porque esto es una serie de gladiadores en Roma, justifico los pezones al aire, los dedos cortados y esa orgía a lo Eyes Wide Shut en la que afortunadamente no estaba Tom Cruise.

El poder de TulliusEl poder de Tullius

Decía la semana pasada que no veía el momento en que Lucretia cambiaría el chip de forma definitiva para parecerse a la domina de Blood and Sand. Insinué que podía ser a través de la música cylon, por aquello de que Lucy Lawless había interpretado a Number Three, y me refugié en Melitta y Gaia como alternativas. Pues bien, hemos comprobado que la muerte de Gaia será determinante para dar esa vuelta de tuerca al personaje de Lucretia. Cabe esperar que la domina se sienta culpable por el fallecimiento de su amiga, aunque sea la propia Gaia la que se mete en el barro, pero la fiesta de las máscaras, o sea, la fiesta en que todo vale, sucede entre las paredes de la Casa de Batiatus. De su casa, aunque Titus crea que no es digna de ella.

John Hannah cede su habitual protagonismo a Lucy Lawless, que aprovecha sorprendentemente bien su episodio. Sin embargo, la sombra del Batiatus hijo planea sobre su cabeza, ya que es ella la que debe complacer a la élite romana. Así, vemos como Lucretia trata de proteger a sus esclavas, en especial a Melitta y Naevia, para acabar ofreciéndolas como prostitutas a los asistentes. Todo vale, una vez más, para obtener poder. Fantástico el papel, pequeño inciso, de Jessica Grace Smith en el papel de Diona, la joven esclava que fue violada la semana pasada. Estoy seguro que no soy el único que ha visto su vida destrozada a través de su mirada muerta, en una historia que seguro acaba mal. Esa dicotomía en la que se mueve Lucretia, proteccionista por una parte y ambiciosa por otra, es lo que más me fascina de este episodio. En Blood and Sand quedarán migajas de esa condescendencia con sus chicas y veremos a una domina más grande, más poderosa y sobre todo más ambiciosa. Y el click lo ha hecho en Beneath the Mask, con cada una de las lágrimas que derrama por la muerte de su amiga Gaia. Destaco también que Batiatus defienda a su mujer en todo momento hasta el final del episodio, cuando ve la que se ha liado en su casa y tras la monumental frase de su padre a Lucretia: “Do not look to him! I am the dominus of this fucking house”. Lucretia queda ahora en una posición comprometida, enfrentadísima a Titus y alejada de Quintus, por lo que será interesante ver cómo juega sus cartas en esa casa.

Titus, por cierto, es el hombre desactualizado, como el del fantástico anuncio. Su forma de entender las clases sociales, de respetar los estamentos y de conducir su negocio funcionaba en Capua hace un par de décadas. Ahora lo que se lleva son las fiestas salvajes, las orgías y las peleas entre gladiadores por diversión. Seguro que la Casa de Batiatus encontró la gloria en la arena sin ensuciar su honor, pero ahora se impone la corrupción y las dagas envenenadas. Ahora se estila que tu hijo te diga que quiere pasar un tiempo contigo para montar una orgía de sangre y sexo a tus espaldas. El arreón final de Titus, donde demuestra lo que un día fue, confirma nuestras sospechas de que ha perdido una conexión real con la sociedad del momento. Pobre hombre, apesta a muerto, ¿verdad?

Adiós GaiaAdiós Gaia

Decíamos que Diona son los daños colaterales de los caprichos de la nobleza. También los padece Gannicus, ya que los gladiadores también son prostitutos, que nadie lo pierda de vista, sólo que de la otra piedra angular de la serie: la violencia. En su enfrentamiento (entiéndase la cursiva) con Tullius somos muchos los que hemos pensado que el díscolo gladiador mandaría al cuerno su condición de esclavo y rebanaría el cuello a Tullius. Podría haberlo hecho en un segundo, claro, pero recordemos que Gannicus no es Spartacus. Gannicus obedece las órdenes del Doctore y pierde. Y en su camino a la enfermería empieza a perder también su vida. Su acercamiento a Melitta, que no opone resistencia, sólo puede acabar, como pronosticamos la semana pasada, en un baño de sangre entre amigos. Y si ponemos un ojo en Blood and Sand sabremos qué vértice del triángulo sobrevive. Sí, Oenomaus, que ya ha empezado a ganarse el respeto de los gladiadores con su látigo. Al Doctore sólo le falta un pequeño hervor para ser nuestro Doctore, así que es una cuestión de tiempo… y sangre.

En el episodio de las máscaras, el que se la ha quitado definitivamente es Ashur. Sabíamos que era un experto en el arte de la supervivencia, el Bear Grylls de los gladiadores, pero no imaginábamos que sería capaz de traicionar a su único amigo en el ludus. Es un movimiento poco inteligente, impropio de Ashur, ya que es evidente que sus días como gladiador están contados sin su compañero sirio al lado. Su falsa victoria en la arena le ha otorgado una confianza en sí mismo que muy pronto se hará añicos. posiblemente ante Crixus, que sí es digno de llevar la marca de los gladiadores y que empieza a ganarse el respeto de sus compañeros. Otra situación que empieza a aclararse es la de Solonius, el culpable de que Tullius apareciera en la orgía y, por lo tanto, el responsable del deshonor y las pérdidas humanas sufridas en la Casa de Batiatus. Aunque estamos alejados de esa tensión entre Quintus y Solonius que vivimos en Blood and Sand, no cabe duda de que Beneath the Mask es el principio del fin de esa relación.

Cierro con el ultimátum de Titus a Quintus, que se pregunta si debe rompeer su matrimonio: “You will make that choice for yourself. Or be gone from this house with her”. Tú decides: o se va ella, u os vais los dos. Ay, Titus, qué poco conoces a tu hijo… ¡Capitulazo!

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