Review Fringe: One Night in October

Llegamos al segundo episodio de la temporada, y ya tengo sentimientos encontrados. Por un lado hemos tenido un capítulo genial, de esos que nos recuerdan por qué nos gusta tanto esta serie. Si la premiere de la semana pasada fue notable, One Night in October se merece un sobresaliente, por muy pronto que sea para empezar a dar calificaciones a estas alturas. Pero, por otra parte, volvemos a la dinámica del año pasado en el tema de las audiencias: los ratings han bajado al 1.2, lo que supone una caída del 20% con respecto a la semana pasada, y un regreso a los mínimos históricos de la serie. ¿Es justo? Para nada. Pero no estoy dispuesta a que esos datos me arruinen el episodio. La asignatura pendiente de Fringe siempre serán las audiencias, y me temo que no hay manera de cambiar eso. Así que vamos a lo nuestro, a comentar el capítulo, sin que lo demás empañe nuestra opinión. Porque, como ayer me decía el señor Armengol, vaya regalo que nos ha hecho Fringe…

Es curioso que, a la hora de comentar el episodio, muchísima gente haya coincidido en compararlo con White Tulip, el grandísimo episodio de la segunda temporada que nos enseñó que realmente existen las segundas oportunidades y que todos tenemos derecho a enmendar nuestros errores. Y, aunque el profesor John Lewis McClennan no es Alistair Peck, ni One Night in October es White Tulip (¿lo es, acaso, alguno?), lo cierto es que el paralelismo es inevitable. Y posiblemente ese sea uno de los mejores piropos que se le puedan dedicar a un episodio.

Después de la finale de la tercera temporada, imaginábamos que el puente que se había creado entre los dos universos (y, por tanto, la interacción entre ambos) sería una de las grandes bazas de este año. Y One Night in October ha sido la primera gran prueba de que esa vía es todo un acierto. Si a las diferencias causadas por la desaparición de Peter le sumamos la interacción entre alternos, el resultado, tal y como hemos visto, puede ser maravilloso.

Pero un resultado tan satisfactorio no habría sido posible de no ser por los que han sido los dos grandes pilares del episodio: una Anna Torv inmensa en su doble papel, y un genial artista invitado, John-Pyper Ferguson (Caprica) que nos ha ganado en un único episodio.

El desencadenante de la trama ha sido precisamente John Lewis McClennan, un asesino en serie que, como hemos visto en ese opening tan made in Fringe, mata a sus víctimas congelándoles el cerebro mientras las somete a un extraño interrogatorio sobre su pasado. Un asesino over there, todo sea dicho. Porque en nuestro lado, el tal McClennan no es sino un respetable profesor de universidad que se dedica a investigar, precisamente, la psicología criminal. Ironías de la vida, desde luego. Es justamente esa diferencia entre las dos versiones la que “obliga” a ambas divisiones Fringe a colaborar en la resolución del caso: si hay alguien capaz de entender la mente del asesino es, sin duda, nuestro profesor. Y no sólo por su especialidad profesional, como le hacen creer, sino porque en el fondo ambos son la misma persona.

Una de las premisas en las que se basaba la interacción entre ambas divisiones era la de no dejar que McClennan descubriera nada acerca de la existencia del otro universo. Obviamente, no es cosa de ir desvelando ciertos temas a cada civil que pase por allí. Para ello Altivia, que ya tiene experiencia en el tema, ha vuelto a teñirse el pelo y a hacerse pasar por nuestra Olivia. Está claro que para el profesor este cambio ha pasado totalmente desapercibido. Pero no para nosotros, que, gracias a la interpretación de Anna Torv, hemos sido capaces de distinguir en cada momento qué personaje era el que estaba en pantalla. Los gestos, las miradas, los movimientos… a pesar del parecido físico, Olivia y Altivia son dos personajes diferentes, y Anna lo clava cuando las interpreta. Los mejores momentos, claro está, se producen cuando tiene lugar la interacción entre ambas. Frases como “Yo viví en tu apartamento y descubrí muchas cosas sobre ti” o ese “Yo me abrocho la chaqueta”, tan llenas de reproches, me cautivan.

La escena en la que John McClennan registra la casa de su alterno ha sido genial. Por un lado, para los más observadores, ha sido una delicia volver a encontrarnos con algunos objetos que ya habíamos visto en el despacho del profesor aquí, en nuestro lado. Y, por otra parte, el juego que ha habido con las imágenes, en las que alternábamos la voz del psicólogo con el propio asesino en la gasolinera, vigilando a su siguiente víctima (¿alguien más creía que iba a por la niña pequeña?), ha funcionado muy, muy bien. Así hemos podido comprender que, en realidad, el asesino es un pobre desgraciado con un triste pasado que intenta robar a las personas sus recuerdos más felices, para compensar aquellos de los que él mismo no pudo disfrutar. Aunque no tenga ninguna relación, no he podido evitar recordar una cita de Big Fish, que comenta algo parecido: “Aquella noche descubrí que la mayoría de los seres que consideramos perversos o malvados, en realidad, sólo son unos solitarios o les faltan modales.

Claro está, a nuestro profesor le falta tiempo para darse cuenta de que ahí está pasando algo raro, y la fotografía de su padre termina de confirmar sus sospechas. Eso sí, la cara que ha puesto al ver a las dos Olivias, frente a frente, no tiene precio. Así que nuestra Olivia ha tenido que intervenir y contarle a McClennan la verdad acerca de lo que estaba ocurriendo, dando lugar a un gran momento de revelaciones y reflexión. Por un lado, hemos descubierto que John es más complejo de lo que parece, que le embarga una “oscuridad”, unos instintos, que a él mismo le horripilan. Instintos que aprendió a controlar gracias a una mujer, Marjorie, que cambió su vida para siempre. Y es en ella donde divergen las vidas de los dos hombres, el asesino y el profesor. Quién sabe, quizás over there Dexter no es más que un inofensivo profesor de universidad… ¿A quién voy a engañar? Todo el mundo sabe que los profesores de universidad no son inofensivos. Por cierto, qué gran trabajo ha llevado a cabo el actor invitado desvelando los secretos de su pasado. Ha conseguido ponerme la piel de gallina, de verdad.

Por otra parte, esta escena (y el resto del episodio, a decir verdad), nos ha hecho reflexionar acerca de la importancia de las elecciones que tomamos en nuestra vida. La manera en la que lo que hagamos puede suponer un giro radical en todo lo que nos ocurra después. Al margen de lo que “seamos”, son nuestras decisiones las que nos convierten en las personas que realmente llegamos a ser. O, como en el caso de Marjorie, nos llevan a cambiar la vida de los que nos rodean.

Volvemos al tema del “efecto mariposa”, que precisamente resultó clave en White Tulip, como comentábamos al principio. El contraste entre los universos paralelos es una de las mejores formas que podemos encontrar a la hora de comparar lo diferentes que pueden llegar a ser nuestras vidas dependiendo de las pequeñas decisiones individuales que vayamos tomando. Son varias las diferencias que hemos descubierto en este episodio. Sabemos, por ejemplo, que Altivia sigue con Frank (lógico, si no ha habido un Peter – ni un bebé – que se entrometieran), que AltBroyles sigue vivo (con lo que suponemos que no ayudó a Olivia a regresar a casa) y que Charlie se ha casado con la muchacha de los bichos. Pero, sin duda, el cambio que más me ha llamado la atención ha sido descubrir que Olivia mató a su padrastro en lugar de herirle (épica, por cierto, la cara de Altivia al enterarse… y es que cuando Olivia quiere sacar carácter, lo hace como nadie). Tendremos que suponer que este cambio es consecuencia, una vez más, de la desaparición de Peter. Sólo se me ocurre que la razón sea que nunca tuvo lugar una de las escenas finales de Subject 13, aquella en el campo de tulipanes blancos en la que vimos cómo el pequeño Peter le decía a Olivia que, si ella lo intentaba, las cosas podrían cambiar. Magia…

Pero volvamos a la investigación que tenemos pendiente. En un intento de ayudar a su alterno, McClennan huye, y la división Fringe se pone manos a la obra tratando de encontrarle. Me ha gustado ver cómo Olivia, a pesar de no tener la capacidad de identificar variables que tiene Al-trid, ha sido capaz de descubrir dónde podría estar el sospechoso antes que ella. Eso sí es tener una mente brillante.

Mientras tanto, McClennan ya ha conseguido encontrar a su gemelo, y trata de convencerle de que las cosas pueden ser diferentes. Si hasta ahora John-Pyper Ferguson ya nos había conquistado, a partir de este momento nos gana para siempre. El diálogo que mantienen sus dos personajes, en el que descubren que la noche de octubre que da nombre al episodio les cambió la vida para siempre, es sensacional. La diferencia entre huir o esconderse, entre encontrar el amor y la comprensión o el reproche y el odio. En definitiva, la diferencia de llegar a ser dos personas completamente distintas.

Pero el “malo” del episodio no se conforma con ello: si hay alguien que puede saciarle con sus buenos recuerdos, ¿quién mejor que una versión de sí mismo? La parte positiva es que, gracias a eso, hemos podido acceder a los recuerdos del pasado del profesor, a todos aquellos momentos cruciales vividos con Marjorie. La escena, una fusión perfecta de música y la combinación de imágenes del pasado y el presente, ha estado, además, llena de guiños a elementos relevantes de la mitología de la serie, como los glyphs. Qué grande…

Para cuando Olivia y AltLincon (¡qué buen equipo hacen estos dos!) llegan al lugar donde está el asesino, ya es demasiado tarde: el John de over there, posesor de los recuerdos y las enseñanzas de Marjorie, descubre lo que ha hecho, y, lleno de remordimientos, se suicida. Un final triste para un personaje que sólo tuvo la culpa de tener mala suerte en un momento de su pasado.

Pero, claro está, la cosa no queda ahí. Las últimas palabras de Alter-John nos dejan algo preocupados: “I took her from him. I shouldn’t have.” (“Se la quité. No debería haberlo hecho.”) ¿Significa esto que, sin los recuerdos de Marjorie, el John de aquí se ha convertido en el asesino que, de otra manera, habría estado destinado a ser? Podría ser, y de hecho es la explicación más lógica. Sin embargo, es un alivio descubrir que, a pesar de no recordar nada, la huella de la mujer sí que sigue existiendo en el profesor. Las palabras de Broyles lo explican mucho mejor que las mías: “I always thought there were people who leave an indelible mark on your soul. An imprint that can never be erased” (“Siempre he pensado que hay gente que deja una marca indeleble en el alma. Una huella que no puede borrarse.”)

Es así como regresamos de nuevo a la trama de Peter, la “huella imborrable” en nuestros personajes, a pesar de que apenas lo perciban. Aunque, personalmente, no he echado de menos a Peter en absoluto en este episodio, hay que reconocer que su trama debe avanzar. Por cierto, muy interesante el diálogo entre Astrid y Olivia en torno a este tema. Cuando Olivia comenta que Lincoln no es su tipo, Astrid responde: “¿Has pensado alguna vez que quizás tu tipo no exista?”. ¡Ay, qué razón tienes!

Me parece mentira estar llegando al final de la review y no haber mencionado a Walter ni una sola vez. Es cierto que ha estado totalmente aislado de la trama principal (es la desventaja de que no pueda abandonar el laboratorio), pero también ha tenido sus momentos. Además de protagonizar el detalle más divertido del episodio (llamar a Lincoln Kennedy ha sido grandioso…), hemos visto que aún sigue obsesionado con la imagen del hombre al que vio reflejado en el episodio anterior, aunque siga sin reconocerle. De ahí que se empeñe en tapar todas las superficies reflectantes que ha encontrado, y en aislarse del mundo escuchando el Réquiem de Mozart a todo volumen. Como siempre, la elección de la música no es accidental. Si en la historia de la música hay una obra que conjugue la muerte, el misterio y la leyenda a la perfección, esa es, sin duda, el Réquiem inconcluso de Mozart.

Pero el episodio no podía concluir sin que tuviéramos novedades sobre Peter. Desde esa especie de limbo en el que se encuentra (o, al menos, eso parece indicar el “LIMBUS” que han formado los glyphs esta semana), Peter no se da por vencido, y sigue tratando de llamar la atención de su padre. El final, con su voz y la música en un crescendo conjunto ha sido sublime. ¡Qué serie, de verdad, cuánto disfruto con ella!

Parece ser que Fringe ha empezado con fuerzas esta temporada. Ojalá siga manteniendo el nivel, porque, al margen de lo que indiquen las audiencias, Esta es una serie que merece, y mucho, la pena. Como ya he comentado antes, aunque no echo de menos al personaje de Peter, supongo que va siendo hora de que sepamos más cosas sobre él. Y da la impresión de que Walter será la clave. A ver con qué nos sorprenden en el próximo episodio. Pero eso será dentro de unos días. Mientras tanto, aún tenemos tiempo de hablar sobre One Night in October. Así que es vuestro turno: ¿qué os ha parecido a vosotros? 

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