Review Fringe: Black Blotter

Sabiendo que este año no íbamos a poder tener un “episodio 19”, Fringe se ha contentado con darnos su tradicional ración anual de fantasía e imaginación en el episodio 9. Referencias externas, referencias internas, alucinógenos, respuestas… Black Blotter ha tenido de todo. Si bien hay que reconocer que ha sido el “más normal” de los episodios especiales de la serie, estoy segura de que, como cada año, levantará odios y pasiones a partes iguales. Yo, lo admito, me encuentro dentro del segundo grupo. Y es que he disfrutado como una niña pequeña con Black Blotter

El título del episodio ya nos pone en situación desde el primer momento: “Black Blotter” es el nombre de la droga que consume Walter y que consigue que este episodio tenga ese aire tan especial. No es la primera vez que vemos a Walter bajo el efecto de las drogas, aunque hay que reconocer que en cada ocasión los resultados son diferentes. Y quizás eso sea lo mejor: el no tener ni idea de lo que podemos encontrar. Lo que sí está claro es que el peculiar estado de Walter ha condicionado por completo el resto del episodio.

Al margen de ello, la trama de Black Blotter comienza cuando la radio que nuestros personajes encontraron en el pequeño “universo de bolsillo” comienza, de repente, a emitir una señal. Incapaces de averiguar el contenido del mensaje cifrado que emite (y no obteniendo, obviamente, ninguna ayuda de un Walter poco centrado), deciden que la mejor opción es la de encontrar la fuente de la señal y, por tanto, descubrir quién envía el mensaje y con qué propósito.

Supongo que todos estábamos deseando conocer a Donald en este episodio, pero hemos vuelto a ver nuestras esperanzas frustradas. De hecho, parece ser que no llegaremos a verle jamás (si es cierto que falleció), aunque, sinceramente, no lo descartaría tan rápido.

En cualquier caso, la búsqueda del origen de la señal ha tenido dos fases diferentes. En la primera, que lleva simplemente a un repetidor, Peter y Oliva (tras compartir, por fin, el beso que gran parte de la audiencia llevaba tiempo esperando, aunque haya quedado algo más frío de lo deseado) dan con una escena desoladora: una furgoneta destruida por un incendio y un grupo de cadáveres que, según los indicios, llevan reposando en la escena casi dos décadas. Lo interesante, sin embargo, es la reconstrucción de los hechos que llevan a cabo nuestros personajes: los cuerpos muestran signos de haber fallecido en un enfrentamiento. Mientras algunos (observers y loyalists) atacaban al conductor de la furgoneta, este defendió hasta el último momento el repetidor que se encargaba de transmitir la señal.

La identidad del conductor ha sido, probablemente, una de las revelaciones más importantes del episodio: Sam Weiss, el enigmático psicólogo miembro de una familia muy especial, dio su vida por Walter y su plan. Ha sido genial volver a saber de Weiss, aunque me habría encantado conocer cómo se unió a la resistencia y comenzó a trabajar con Donald. Del mismo modo, habría sido interesante presenciar su muerte y la lucha que, por ahora, sólo podemos recrear en nuestra imaginación. Pero, claro está, esto es imposible: no se puede dar un salto temporal de más de veinte años sin perder información valiosa.

Como dato curioso (y como nuestros propios personajes se encargan de recordarnos), Peter y Olivia conocieron a Sam Weiss en otra línea temporal. En la original, aquella en la que conocimos la historia de la saga de los Weiss y nuestros protagonistas tenían un bebé llamado Henry. Esa línea.

La segunda parte de la “búsqueda” lleva a nuestros protagonistas a una isla (que para Walter se asemeja más bien a un castillo escapado de una cinta de Walt Disney) en la que encontrarán, por fin, a los emisores del mensaje. Se trata de un matrimonio que, por suerte o por desgracia, ignora casi por completo en qué consiste el plan de Walter para derrotar a los observers. Su papel, más sencillo, es a la vez de especial relevancia: son los encargados de velar por la seguridad de Michael, el “niño observer” al que conocimos en la primera temporada (en Inner Child) y que, como supimos más tarde, estuvo encerrado en el universo creado por Walter hasta que Donald le trasladó.

Aunque seguimos sin saber qué importancia tiene exactamente el chaval en todo el rompecabezas ideado por Walter, ha sido un placer volver a verle. Por supuesto, haciendo lo que mejor se le da, Fringe ha aprovechado la despedida entre Michael y el matrimonio que le había cuidado durante tantos años para ahondar en los sentimientos de la pareja: su lealtad hacia la promesa hecha a Donald, sabiendo que, en el fondo, supondría la pérdida de alguien a quien prácticamente consideraban un hijo. De hecho, el propio Michael sirve también, al final del episodio, para explorar el instinto maternal de Olivia y el enorme hueco que la pérdida de Etta ha supuesto en su vida y en la de Peter.

Ignoramos por completo el papel que jugará Michael en el futuro, aunque, por ahora, nos basta con saber que, como observer, es capaz de recordar las diversas líneas temporales, y que por eso da muestras de recordar (quizás, con cariño) a Olivia. No sé si es hilar demasiado fino, pero podría caber la posibilidad de que el chaval no sea otro que September. Eso explicaría el motivo por el que, a su modo, nuestro observador favorito siempre se ha mostrado vinculado emocionalmente a los protagonistas.

En cualquier caso, hay que reconocer que es una gran alegría ver cómo misterios que llevaban sin obtener respuesta desde hacía mucho tiempo comienzan a cobrar sentido de algún modo. Es una sensación más que satisfactoria.

Por si toda esta trama no resultara suficiente, hemos tenido la suerte de poder admirarla siendo “adornada” por los efectos de las drogas de Walter, que han convertido el episodio en algo único y mágico a la vez. Hadas madrinas, glyphs desvirtuados, símbolos poderosos para la serie… el episodio ha sido un despliegue de guiños y referencias que, sin lugar a dudas, habrá hecho las delicias de los más observadores. Y es que prácticamente cada fotograma es un mensaje o un recordatorio de algún aspecto relevante de la serie. Black Blotter es un gran auto-homenaje a Fringe, uno de esos episodios que ganan con un revisionado pausado que, evitando que centremos toda nuestra atención en la trama, nos da espacio para observar los detalles que en un principio podrían pasar desapercibidos.

Debido a que resulta imposible comentarlo todo (esta review tiene que acabar algún día), me quedo con dos momentos especialmente llamativos. El primero, la escena en la que Walter observa a través de la pantalla de televisión al resto de su equipo, para descubrir poco después que está mirando sólo un reflejo. El segundo, por supuesto, el viaje-homenaje a los Monty Python que realiza Walter en su mente y que tiene como destino la contraseña que necesitan, ese “paraguas negro” que ya se había nombrado antes en el episodio. Una escena que no olvidaremos con facilidad, eso está claro.

Pero detrás de esa capa aparentemente divertida y desenfadada se esconde una realidad mucho más cruda y difícil: Walter está atormentado por la lucha interna a la que está sometido, y ese temor parece ser demasiado para él. De hecho, el noventa por ciento de las alucinaciones que vemos representadas son un símbolo de sus mayores temores.

Walter se aferra a un presente falso, a una ilusión, porque todo lo demás de produce pavor. Acosado por un grave sentimiento de culpabilidad y aterrado ante las perspectivas de futuro, Walter recurre a las drogas para olvidar, al menos momentáneamente, la tortura que suponen sus pensamientos. Pero el resultado es, si cabe, aún más cruel.

Como “fantasma de las navidades pasadas” tenemos a Carla Warren, la ayudante de laboratorio a la que conocimos en Peter que falleció como consecuencia de un incendio. Carla le ayuda a recordar los hechos pasados que llevaron a Walter (y al resto del universo) a la fatídica situación actual: su obsesión casi enfermiza por recuperar a Peter, que comenzó con la ruptura de su propia familia y terminó con la destrucción casi completa de los universos y de la humanidad.

Escenas como el momento en el que Nina Sharp perdió su brazo o sus enfrentamientos con Carla Warren, en los que su ego más terrible sale a relucir, se nos muestran en el episodio, intercaladas con dosis de humor, pero no por ello siendo menos duras.

Sin embargo, Carla no sólo se encarga de recordar a Walter su pasado: le muestra aquellos pensamientos que Walter (el “otro”, el más oscuro) no puede evitar tener. Aquellos que, en el fondo, le dicen que es alguien especial, un ser humano con unas capacidades excepcionales que podría usar en su propio beneficio, para aliarse con los observers y ser reconocido como un igual. Recordemos que el gran pecado de Walter siempre ha sido su soberbia, y que su convicción acerca de su superioridad es, a la vez, su talón de Aquiles.

Carla consigue que, mediante la recuperación de su antiguo cuaderno de notas, Walter vuelva a ser consciente de todo aquello de lo que su mente era capaz. Es el “algo” escondido en el laboratorio, unas ideas tan peligrosas que llevaron a Carla a tratar de destruirlas, aunque ello implicara su propia muerte.

Y es que, a pesar de todo, Walter tiene miedo de su futuro. Teme lo que las piezas del cerebro que recuperó puedan hacer en él. Siente pánico al pensar que, poco a poco, se está volviendo a convertir en el hombre que era, el terrible Walter que en más de una ocasión nos dejó helados en el pasado. Como tabla de salvación sólo tiene una promesa hecha por Nina, que le aseguraba que los fragmentos desaparecerían una vez derrotados los observers. Frente a esta pequeña esperanza, el temor de que, para cuando llegue ese momento, ya sea demasiado tarde.

Son estos pensamientos los que atormentan a Walter, y es su grave sentimiento de culpa (GUILT, como rezaban en esta ocasión los glyphs) lo que nos ha llevado a un final de episodio tan duro como maravilloso, con un Walter que no puede sino recrear una y otra vez algunos de los momentos más difíciles de su vida. Hemos recordado escenas tan importantes como sus promesas incumplidas a Elizabeth o sus terribles discusiones con Carla (ese “There’s only room for one god in this lab, and it’s not yours” es algo que no olvidaré jamás, y que aún consigue estremecerme). Y, como maestro de ceremonias, hemos tenido a un John Noble que se crece a cada instante. Un actor que, sin importar cuántos minutos tenga en pantalla, consigue convencernos con sólo una mirada. Un hombre que ha hecho que podamos odiar y a amar a partes iguales a un mismo personaje. Un John Noble, en definitiva, que merece todo nuestro reconocimiento. Aunque, inexplicablemente, su labor no haya sido valorada como merece por la crítica, encuentra en nosotros todo el respeto que se ha ganado a pulso.

 

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