Review Fringe: An Origin Story

Recuerdo aquella época en la que había que esperar cada cuatro episodios para ver cómo la trama de Fringe avanzaba poco a poco. Ahora todo eso ha quedado muy atrás. Los autoconclusivos prácticamente son cosa del pasado, y a día de hoy cualquier episodio puede darnos una gran sorpresa. Lo comento porque estamos ya en el quinto episodio y, sin ser múltiplo de cuatro ni nada por el estilo, hemos presenciado el que posiblemente sea uno de los giros más importantes de esta última temporada. Pasa, pasa, que hay mucho que decir de An Origin Story

Era evidente que el duelo a Etta que echamos de menos la semana pasada tenía que darse en este episodio. Su pérdida ha afectado mucho a todos los personajes, que han afrontado el dolor de manera muy diferente. Personalmente, me ha emocionado bastante el detalle de Walter, que pide quedarse con el perfume de la chica porque sabe que jamás olvidará ese olor. Y es cierto: decenas de veces hemos visto cómo Walter olvida con facilidad hechos o conversaciones, pero puede llegar a tener una memoria prodigiosa cuando se trata de reconocer olores o sabores. Muy acorde con el personaje, sin lugar a dudas.

Aunque, como cabría esperar, los más afectados han sido Peter y Olivia. Si perder a una hija ya es duro, perderla dos veces tiene que ser horrible. La tragedia ha golpeado en un mal momento, justo cuando los protagonistas comenzaban a creer que realmente habían recibido una segunda oportunidad y que había posibilidades de que todo saliera bien.

Resulta llamativo que, en esta segunda ocasión, ambos hayan reaccionado de manera prácticamente opuesta a como lo hicieron la primera vez que tuvieron que afrontar que habían perdido a su hija. Si bien Peter ha decidido luchar y pasar a la acción, Olivia ha entrado en una especie de letargo; el miedo al vacío, a volver a perderlo todo, parece más fuerte que ella. Y no estamos acostumbrados a ver esa actitud en ella…

Quizás la mejor forma de describirlo es la que estábamos usando: Olivia tiene miedo. Tiene miedo de no poder volver a ser feliz jamás, de no ser capaz de librar al mundo de la pesadilla en la que está sumergido… y, sobre todo, tiene miedo de perder a Peter. O de volver a perderlo, mejor dicho. Y es que si cuando ambos se separaron de su hija en el pasado también crearon una barrera infranqueable entre ellos, da la impresión de que la historia puede volver a repetirse. Es más que comprensible que Dunham se encuentre en este estado. De hecho, aunque aún no lo sabe con certeza, ya comienza a imaginarlo: ya está perdiendo a Peter. No es culpa suya, desde luego. Pero Peter está iniciando un camino en solitario que le separará de todo lo demás.

En An Origin Story hemos comenzado a ver la “transformación” de Peter. Y, sin lugar a dudas, ha sido lo más interesante del episodio. Como decíamos, tras la muerte de Etta Peter ha decidido luchar (de ahí el “FIGHT” que formaban los glyphs el episodio), continuando con el legado que les ha dejado su hija. Es un recurso que hemos visto miles de veces pero que no por ello deja de tener sentido: alcanzando la meta propuesta por su hija, Peter puede conseguir darle algún sentido a su muerte.

Y por ese motivo se ha cansado de esperar: sí, es posible que las cintas de Walter, a largo plazo, sean la solución definitiva a sus problemas. Pero por ahora toda esa trama parece poco significativa. Peter ha decidido pasar a la acción, comenzar a protagonizar pequeñas victorias que al menos le den la sensación de que está logrando algo con tanto esfuerzo.

La ocasión para iniciar esa especie de “guerra de batallas” le viene, precisamente, por la intervención de los observers. A través de Anil (que ahora se ha convertido en el enlace entre nuestros protagonistas y la resistencia), descubrimos que los observadores están transportando al presente una serie de artefactos provenientes del futuro y creados con la intención de degradar la atmósfera. La existencia de este sistema no es algo que nos haya cogido de nuevas (de hecho, Etta ya nos la explicó). Pero parece que esta última fase del proceso es la definitiva, y por eso se hace indispensable actuar.

La resistencia, esta vez, parece contar con algo de ventaja: ha conseguido capturar a un observer y posee en su poder una de sus misteriosas libretas de apuntes y un extraño cubo que parece ser importante. Desentrañar el significado de sus jeroglíficos correrá a cargo de Astrid, la especialista en estos casos. El cubo, por su parte, queda en manos de Peter… que hará lo que esté en su poder para darle un sentido.

Para conseguir su fin decide utilizar al observer capturado, extrayendo de él la máxima información posible. Como interrogarle es poco más que una pérdida de tiempo, Peter opta por acudir a su naturaleza más profunda: en el fondo, son humanos, y sus reacciones físicas, aunque mucho menos evidentes que las nuestras, existen.

Hasta ahí todo tiene sentido: Peter, animado por lo que cree que es un plan que puede funcionar, consigue montar las piezas del cubo y ponerlo en funcionamiento. O eso cree…

Cuando llega la hora de la verdad, el momento crucial en el que llevar a cabo el plan que detenga la construcción del degradador de atmósfera y, de paso, logre el colapso del futuro de los observers, Peter se da de bruces con la realidad: el observer, una vez más, va un paso por delante de él. Su supuesta victoria al poner en funcionamiento el cubo no es más que una farsa basada en lo que Peter quiere creer, pero no en lo que ocurre de verdad. Usando las palabras del calvito (y homenajeando, por qué no, a Expediente X), “Creíste lo que querías creer” (“You believed what you wanted to believe”). De golpe, la confianza en sí mismo que Peter construye en este episodio se derrumba como un castillo de naipes, bajo la divertida mirada del observador.

Pero la cosa no quedará ahí: enfurecido, Peter saca a relucir ese lado oscuro que ya habíamos visto en alguna ocasión pero que pocas veces había llegado demasiado lejos. Busca explicaciones, pero sobre todo desea venganza. Y en lugar de miedo, encuentra en el observer indiferencia: indiferencia hacia él y hacia su hija. Su muerte le parece algo irrelevante, un hecho que simplemente deja de existir, como la tormenta que se acaba o el viento que cesa. Al fin y al cabo, los observadores son seres deshumanizados, incapaces de comprender qué son los sentimientos y qué valor pueden tener. Y ahí es donde desata toda la furia de Peter, que, en una simple frase, decide cambiar su destino para siempre: “Yo sería diez veces lo que tú eres si tuviera esa tecnología en mi cabeza.Bingo. La tecnología es precisamente lo que hace que los observadores vayan siempre por delante. Y Peter no sólo lo sabe, sino que es consciente de que, con esa tecnología, podría ser mejor que ellos. Así que, sin dudarlo un instante, aniquila brutalmente al observer y le extrae la tecnología que se aloja en su cabeza.

El resto es algo que tenía que ocurrir: obsesionado con la idea de que puede superar a los observadores, Peter se implanta el artefacto en su cuello. No hay vuelta atrás: su transformación ha comenzado. Ni la sentida llamada de Olivia pidiéndole que regrese y confesándole lo que siente sirve de nada. “Te quiero”, le dice. “Quiero que vengas a casa; no quiero perderte.” No sabe que, diga lo que diga, nada va a funcionar: ya ha perdido a Peter, que ha iniciado su recorrido en solitario.

No hay vuelta atrás. Frente a ese espejo hemos presenciado un nuevo comienzo. An Origin Story, como rezaba el título. El origen de un nuevo Peter y, probablemente, el origen de los observadores. Insertándose esa tecnología en su cabeza, Peter acaba de convertirse en el primer observer de la historia. Y eso es algo que puede salir bien, o que puede tener consecuencias catastróficas. Pero, lo que está claro es que a partir de ahora todo será diferente. Comienza una nueva fase que se presenta realmente interesante. Y estamos deseando saber cómo se desarrollará…


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