Review Fringe: A Short Story About Love

Con A Short Story About Love iniciamos el último tramo de la cuarta temporada. Ocho episodios seguidos en los que Fringe se juega la que, de llevarse a cabo, probablemente sería su última renovación. A este respecto, no ha empezado con muy buen pie: de momento, este episodio ha sido el menos visto de toda su historia. Y eso que partía con la promesa de dar respuestas. Además, ofrecía garantías, teniendo en cuenta que el propio Joel Wyman estaba detrás del guión y la dirección. Su mano, desde luego, se ha notado. ¿Saltamos y comentamos el episodio con más detalle? Hay mucho de lo que hablar, y aún no consigo ponerme de acuerdo conmigo misma acerca de lo que me ha parecido…

Como decía, A Short Story About Love me despierta muchas contradicciones. Por un lado, me ha encantado; por el otro me ha decepcionado, al menos en parte. Resumiendo mucho: en primer lugar, hemos visto un gran homenaje al amor en todas sus manifestaciones representado en escenas y diálogos que no dejan (no pueden hacerlo) indiferente a nadie; pero no hemos tenido el mejor de los autoconclusivos para conducir el tema. En segundo lugar, hemos obtenido respuestas que llevábamos mucho tiempo esperando; pero más que un cierre, he tenido la sensación de asistir a un “¿Y ahora qué?”. Permitid que me extienda algo más, que ya sabéis que necesito mi espacio…

Decía que la mano de Wyman se nota en este episodio, y no hay mejor prueba de ello que las autorreferencias, presentes desde el primer minuto en los tulipanes blancos que hemos visto sobre la mesa del restaurante en el que estaban desayunando Nina y Olivia. Está claro que eso es empezar con buen pie y saber ganarse a los espectadores habituales desde el primer momento.

Comencemos, pues, con esta trama, la que está centrada en el amor y que ha acaparado más minutos del episodio. Como tantas otras veces, hemos tenido un caso autoconclusivo que ha servido de estímulo para el desarrollo del tema principal. El caso en sí, como decíamos, no ha sido de los mejores. Con un aire demasiado parecido a El Perfume de Patrick Suskind, hemos conocido a Anson Carr, un asesino obsesionado por crear una especie de “poción de amor” que sirviera para poner fin a la soledad de tantos seres humanos. “No estamos hechos para estar solos”, ha dicho. Y tiene razón: todos necesitamos sentirnos queridos, de una u otra forma. Y sin embargo, a pesar de entender y compartir sus motivos, Anson Carr no ha llegado a convencer. Volvemos a estar ante un malo entre comillas, alguien que no es capaz de entrometerse en la vida de nadie si hay un niño de por medio, pero que no ha llegado a robarnos el corazón. Quizás sea porque el caso no ha tenido el más mínimo grado de sorpresa, o porque no hemos llegado a saber nada del personaje que nos permitiera encariñarnos con él (el por qué de sus cicatrices, la identidad de la chica de la foto, algún detalle relevante de su pasado…).

Y a pesar de todo hay que reconocer el mérito del caso para dar pie al despliegue de sentimientos que han desbordado el episodio, con detalles únicos como sólo esta serie sabe hacer. Imágenes tan casuales como la de las manos de los amantes que, como Diego de Marcilla e Isabel de Segura, demuestran su amor venciendo a la muerte (aunque, esta vez, llegando a tocarse). Aviso desde ya para que luego no haya represalias: en esta review la palabra “amor” va a aparecer por todas partes.

Como decíamos antes, A Short Story About Love no podía tener mejor título: ha sido un canto al amor en todas sus dimensiones. La primera, y una de las más obvias de la serie, es la de los sentimientos de Olivia hacia Peter. Desde que Olivia empezó a ser invadida por (¿o sería mejor decir “que empezó a recuperar”?) sus nuevos recuerdos, su vida ha dado un giro radical. Y en ella hemos visto una de las expresiones más puras del amor incondicional: Olivia está dispuesta a darlo todo, hasta su propia identidad, por ese sentimiento. Estar dispuesto a abandonarlo todo, incluso a uno mismo, es algo que puede parecernos exagerado e injustificado. Pero está claro que ella no tiene ninguna duda a la hora de hacerlo, aunque tenga que perderlo todo.

Del mismo modo, hemos explorado (aunque con menor profundidad) la relación padre-hijo que existe entre Walter y Peter. Sabemos que la relación entre ambos personajes nunca ha sido fácil a lo largo de la serie (sólo hay que recordar el episodio piloto, en el que Peter no quería ni oír hablar de Walter para darnos cuenta de lo mucho que ha cambiado la situación). De hecho, esta misma temporada ha supuesto una nueva reconstrucción de esa evolución, y el Walter de este episodio, preocupado por su hijo, difiere mucho de aquel que, en los primeros episodios estaba dispuesto a autolesionarse con tal de no volver a saber de él. Otro gran detalle, por cierto, ese “Einai kalytero anthropo apo ton patera toy” (“Sé mejor hombre que tu padre”) que nos traslada a la segunda temporada, pero adquiriendo ahora un significado completamente diferente.

Siguiendo el análisis de las relaciones entre personajes, creo que está más que claro que el otro gran motor de la serie es el amor que siente Peter hacia Olivia. Si antes hablábamos de sacrificio, ahora no podemos quitarle mérito al joven Bishop: él, también, está dispuesto a lo que sea con tal de volver a reunirse con su Olivia. Tengo que decir que no entiendo del todo la decisión de viajar a Nueva York así porque sí. ¿Acaso se puede tomar desde allí un bus hacia una línea temporal paralela? O eso no ha quedado muy claro o Peter en realidad tenía algún plan  (quizás relacionado con Massive Dynamic) y yo me he pasado de lista. El caso es que, tras el final del episodio anterior, en este Peter ha estado a punto de marcharse tras la búsqueda del amor. Curiosamente, ha terminado encontrándolo mucho más cerca de lo que imaginaba. Pero de eso ya hablaremos más adelante…

En cada momento, en cada situación, estrechamente ligado al amor está, cómo no, el desamor. La mayoría de las veces, por no decir siempre, alguien resulta herido directa o indirectamente por una relación. Y en este caso el papel del sufridor le ha tocado al pobre Lincoln. Que sentía algo especial por Olivia era algo que ya sabíamos desde que conocimos a su alterno del universo rojo. Pero nunca lo habíamos visto reflejado de manera tan evidente. No nos ha hecho falta una declaración de sentimientos en vano, ni una escena en la que estallara y dijera de repente lo que pensaba. Lincoln, fiel a su forma de ser, ha decidido quedarse un paso atrás, en segundo plano, y no interferir de ninguna de las maneras en una batalla que desde el principio sabe que ha perdido. Ni siquiera Olivia ha sido capaz de desentrañar el significado de sus miradas, tan evidentes para nosotros, convertidos ahora en sus únicos confidentes. De nuevo, un acierto para Fringe por la forma de retratar una situación tan delicada como esta.

Queda por nombrar, por supuesto, la relación entre Olivia y Nina. Esta ha sido, sin duda, una de las grandes sorpresas de la cuarta temporada, que le ha dado al personaje de Sharp una dimensión que no esperábamos para nada. Y aunque a ratos hayamos dudado de esta Nina, este último episodio ha demostrado que la relación entre las dos mujeres es extremadamente fuerte. Prometo que me he emocionado con a última conversación entre las dos, en la que Nina demuestra que su amor por Olivia es tan fuerte que está dispuesta a perderla si eso significa que será feliz. Una madre dispuesta a perder a su hija no es una cosa cualquiera. Una vez más, el amor aparece estrechamente ligado al sacrificio, aunque no todo esté perdido: Olivia le hace prometer a Nina que luchará por ella pase lo que pase con sus recuerdos. ¿Existe una mejor prueba del amor de verdad?

En ese aspecto, no tengo pegas que poner al episodio. Han explorado el amor de forma sobresaliente, y han conseguido transmitir a la perfección lo que se proponían, aunque el caso autoconclusivo, de manera aislada, no haya dado mucho de sí. Curiosamente, sí que nos deja un detalle interesante: a pesar de sus intentos, Anson Carr no consigue dar con la pócima que busca. Y el motivo nos lo da September al final del episodio: el amor es algo que transciende a la ciencia.

Antes de entrar de lleno en el polémico final del episodio, vamos a repasar brevemente lo que ha hecho Peter en este episodio. Cuando está a punto de partir para Nueva York, Walter le hace cambiar de idea: ha descubierto que, justo antes de desaparecer de manera repentina, September le hizo algo en el ojo. Algo que pasó completamente desapercibido para todos, pero que claramente no fue casual. Así que, tras la investigación pertinente, los personajes descubren la verdad: September le implantó una especie de lentilla con un mensaje escrito, con la intención de que poco a poco se disolviera y llegara a formar parte del subconsciente de Peter. Seguro de que haber conocido esta tecnología, Christopher Nolan le habría dado un enfoque muy distinto a su Inception.

Bromas aparte, tengo que reconocer que en un primer momento me costó bastante entender el mensaje de September. A pesar de estar escrito en inglés, prometo que no entendía los caracteres. Y eso que estaba bien claro…

Siguiendo el mensaje de September, Peter llega hasta su apartamento. Sorprendentemente (al menos, para mí), los observers también necesitan un sitio en el que alojarse como cualquier otro ser humano. Y, a decir verdad, hubo momentos en los que pensé que estábamos a punto de presenciar la conversión de Peter en uno de los calvitos (cronológicamente, el primero). Pero nada más lejos de la realidad: Peter no estaba siendo nada más que un títere, una marioneta que seguía los planes de September para volver a la vida.

Lo mejor de esto, sin duda (además de saber que September sigue vivo) es que hemos vuelvo a ver el beacon que tan intrigados nos dejó en The Arrival. Ya sabemos qué función tiene y, lo que es más importante, no se contradice con la información que recibimos en la primera temporada. Aún así, el propio Wyman ha confirmado en su cuenta de Twitter que aún nos quedan más cosas que ver de estos aparatos. Así que seguiremos expectantes.

A cambio de la “resurrección”, Peter recibe su recompensa: September le ha dado, por fin la respuesta que tanto tiempo llevábamos esperando. Y, personalmente, me ha dejado un poco fría: Peter definitivamente está donde debe. Por supuesto, era una posibilidad. Es más, lo dimos por hecho desde el primer momento, y precisamente por eso extraña aún más: si en un principio todos creímos que estábamos en el mismo universo de siempre, pero sin Peter, ¿a qué vino esa obsesión por hacerle “regresar” a su sitio? Y, por otra parte, ahora que no hay otro universo al que regresar, ¿es la de Jones la única trama que queda por cerrar ahora mismo en esta temporada?

La confirmación de que este es el universo definitivo implica, además, el gran inconveniente que ya hemos mencionado más de una vez: ¿hay que hacer borrón y cuenta nueva con todo? ¿Qué hay del cabo suelto de Henry? Es evidente que el bebé es importante, y el hecho de que September le hablara a Peter de él indica que aún entra dentro del plan de los guionistas. En fin, como siempre, seguiremos confiando en ellos.

Para no cerrar con este regusto amargo, me gustaría elogiar las palabras de September explicando el motivo por el que Peter nunca llegó a desaparecer del todo. Una vez más, todo se reduce a lo mismo: al poder del amor. Resulta interesante ver cómo los observers, que, en teoría, poseen la clave del conocimiento absoluto, se muestren tan ignorantes a la hora de hablar del amor. Ya nos los demostró August en aquel episodio centrado en él, y hoy September nos lo ha vuelto a recordar. Simplemente, por mucho que la ciencia avance, siempre habrá algo que no llegará a explicar: la esencia misma del ser humano, sus sentimientos. Es la idea de la que surgió toda la serie y a la que, en definitiva, todo se termina reduciendo.

De modo que la gran revelación de September nos ha llevado, por fin, a un final feliz para Peter y Olivia. Un momento intenso y sincero que se ha hecho esperar más de lo aconsejable para nuestros nervios, pero que, inevitablemente, nos ha dejado con una sonrisa medio tonta en la cara (en parte, por culpa de un excelente acompañamiento musical).

Antes de despedirnos, claro está, hay que mencionar que la palabra formada por los glyphs esta semana ha sido “QUILL”, que no es otra cosa que una pluma de oca o de ganso. Por favor, si alguien entiende a qué viene esto, que lo explique, porque a mí me ha dejado muy descolocada…

De modo que, como decía al principio, me cuesta mucho valorar este episodio: frente a la decepción que me han supuesto los detalles que he comentado, no he podido evitar emocionarme como una tonta en más de una ocasión. Supongo que, en cierto modo, eso es parte del encanto. Ahora sólo queda esperar y ver hacia dónde se dirigen los próximos episodios. Pero eso será a partir del viernes. Mientras tanto, por suerte, aún nos queda tiempo para reflexionar acerca de lo que hemos visto esta semana. Yo ya he dado mi opinión. ¡Ahora llega el turno de las vuestras!

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