Review Downton Abbey: Episode Five

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Internet es un gran amigo de las series. Qué os voy a contar. Gracias a twitter, por ejemplo, podemos acudir al intercambio de pullas entre Hugh Boneville (Robert) y Allen Leech (Branson); o leer cómo Dan Stevens (Matthew) anuncia semanalmente el momento en el que sale el culo de la perra, y por tanto, comienza el episodio. Pero internet es también la tierra de los spoilers. Y cuando el domingo vi que todo lo relacionado con Downton echaba fuego, huí despavorida. Pero no podía quitarme de la cabeza que íbamos a ver algo gordo. Y creo que me quedé corta. Seguro, seguro, que quieres comentar el episodio. Así que acompáñame, por favor…

Ay. En serio, ay, porque casi me duele. ¿Cómo has podido, Julian Fellowes? ¿Cómo nos has hecho esto, sin anestesia, directo a la yugular? ¿Cómo nos has quitado a ese hada buena que era Sybil, con su sonrisa, con sus ojazos, con el amor que desprendía cada centímetro de ella?

Pero bueno. Pongamos que aún no sabemos nada, que simplemente estamos esperando a que la pequeña de las Crawley dé a luz, con todos los nervios que ello supone. Porque el episodio comienza así, con los Crawley reunidos esperando el feliz acontecimiento. Y como el Doctor Clarkson la ha pifiado un par de veces (creo que hasta lo dije en una de las reviews), traemos a un tal sir Philip, que por lo visto es un experto en partos, y va a atender a la parturienta.

Y mientras Sybil trata de dejar de parecer un globo en su habitación, el resto de la casa sigue con la rutina, aunque con ese final a ver quién se acuerda de todo lo demás…

El triángulo (cuadrado o casi pentágono) amoroso de downstairs sigue su camino. Porque a Daisy le gusta Alfred, a Alfred le gusta Ivy, a Ivy parece que le gusta Jimmy, y Jimmy…Pues de momento no sabemos. Pero por las maquiavélicas instrucciones de O’Brien, se ha acercado a Thomas para pedir consejo, y claro, a mi amigo se le van las manos. Quién me hubiera dicho que una conversación sobre relojes podría ser tan sexual…

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Ethel, a la que dejamos el capítulo anterior sin su hijo, empieza a trabajar en casa de Izobel Crawley, a la que todos sabemos que le encantan estas causas perdidas. Ethel me gusta, me parece un personaje que ha pasado de ser una niñata a aprender a palos cómo es la vida, y me alegra que le den esta oportunidad. El problema es que la cocinera, Mrs. Bird, no está a gusto trabajando con una ex-prostituta y así se lo expresa a Mrs. Crawley. Esta le dice que no hay problema. Y que coja sus cosas y se vuelva a Manchester. La cara de Mrs. Bird ha sido un poema. De momento, se ha ido después de escribir a Downton, que por ahora guarda silencio. Eso sí, sin permitir a las criadas pisar esa casa por si su reputación se ve manchada; y vigilando a los lacayos para que no… Bueno, ya me entendéis.

La trama de Anna y Bates me ha parecido más interesante que en las semanas pasadas, quizás porque vemos la luz al final del camino. Los señores Bates se dan cuenta de que la vecina a la que interrogó Anna, Mrs. Barlett, puede tener la prueba de la inocencia de Bates. Pero como todos sabemos que no está muy dispuesta a colaborar, acuerdan con Murray, el abogado, conseguir el testimonio antes de que se le ocurra cambiarlo. Claro que (como siempre para estos dos) no iba a ser todo tan fácil. El compi de celda y su amigo el carcelero planean algo para fastidiar a Bates como Bates los fastidió a ellos en el episodio anterior. Veremos.

Y Matthew y Mary, mientras hablan de tener hijos, investigan cómo sacar más rentabilidad a las granjas de Downton. Esto le ha llevado a una conversación con Murray al final del episodio, que aunque creo que era necesaria, ha sido un gesto un poco feo. No era el momento, Matthew, no era el momento.

Porque vamos a hablar de lo que todos queremos hablar. Recapitulamos: todos estamos nerviosos, porque la pequeña va a dar a luz, pero no temáis, que sir Philip dice que todo está bien. Pero Clarkson no se lo cree. Clarkson conoce a Sybil, y ve que no es normal que hable de estrellas y de que si está de guardia, y proclama a los cuatro vientos que hay que llevarla al hospital, que tiene eclampsia, y que si se retrasan, ya no habrá vuelta atrás.

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Y desde aquí el episodio no ha hecho más que subir de intensidad. Porque primero esa escena en la que todos discutían en la biblioteca, y luego esa otra en el pasillo donde casi se comían a Tom para que tomara una decisión, ha sido lo primero que me ha puesto los pelos de punta. Y Robert, actuando como el amo y señor de la casa que es, ha decidido creer a un hombre que decía que su hija iba a estar bien, antes que a otro que decía que podía morir.

Creo que después de esto, todos andábamos con la mosca detrás de la oreja. Porque era el típico momento de redimir a Clarkson, de tomar decisiones precipitadas sabiendo que alguien se arrepentirá después. Pero parece que el parto va bien, y de pronto tenemos una niñita tan preciosa como sus padres con nosotros, una niña nacida de ese amor tan paciente y puro que se tienen Tom y Sybil.

Pero no respiramos tranquilos. Se nota en el ambiente. Se nota en las instrucciones que le da Sybil a Cora, que algo malo va a pasar.

Y en una de las escenas más desgarradoras (por no decir la que más) de toda la serie, Sybil empieza a encontrarse mal. Muy, muy mal. Y tiene alucinaciones, y convulsiones, y no sabe dónde está, y Tom y Mary solo quieren que ella respire, pero no es capaz. Come on, love, breath. Y en esa habitación hay diez personas, y ninguna puede hacer nada, más allá de ver cómo su vida se les escapa de entre las manos.

Sí. Sybil, nuestra Sybil, ha muerto. Aunque no sea posible, porque sólo tiene veinticuatro años. Aunque no sea justo, porque su vida acababa de comenzar, porque tenía amor, y tenía una pequeña a la cuidar y criar. Porque Sybil, sin discusión, es el personaje al que todos queríamos. Cuando Mary era una prepotente y Edith insoportable, teníamos a Sybil para ponerse unos pantalones y hacernos sonreír. Cuando, desde la comodidad de nuestro siglo XXI veíamos a esas mujeres, ella fue la primera en atreverse a decir que no le gustaba cómo eran las cosas. Y se puso un uniforme de enfermera porque no podía estarse quieta mientras su mundo se derrumbaba. Porque supo reconocer el amor que tenía al alcance de su mano, y desafió todo lo que conocía para poder tenerlo. Era el bebé de Cora, la que pensaba que sus hermanas eran mejores de que lo son en realidad, la brisa que calmaba la llama de Branson.

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Y hasta Thomas llora sin saber muy bien por qué, pero yo os lo digo: Sybil nunca le juzgó, porque ella sabía ver qué hay de bueno en las personas y a Thomas le han hecho mucho daño. Tanto que ha creado un armazón de cabrón puro y duro para alejar y hacer daño a todos los que le rodean. Pero con la pequeña de las Crawley era diferente.

Y por si no teníamos suficiente con Cora hablándole a su niña y prometiendo cuidar de Tom y del bebé, llega Violet, y se tambalea. Y ahí es cuando todo se me ha venido abajo del todo, porque esta mujer nunca se tambalea. La Condesa es nuestra roca, y si nuestra roca se encoje y recoge sus lágrimas, nosotros estamos perdidos.

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Y ahora qué. Tenemos a Cora culpando a Robert porque “ellos creyeron saber lo que era mejor”. Tenemos al conde sintiéndose el ser más despreciable del mundo. A dos hermanas que nunca volverán a ser tres. Y a un marido que ahora es viudo, y que tiene una hija, pero ha perdido a su mitad, y solo le queda mirar por la ventana. Tenemos una casa que se queda sin un ángel. Y a nosotros nos duele como si fuera nuestra hija.

Perdonad que me haya puesto tan sentimental, pero he visto el capítulo hace ya bastantes horas, y aún le estoy dando vueltas, decidiendo si estoy más triste, o más enfadada. Supongo que lo averiguaré la semana que viene.

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¿A vosotros qué os ha parecido? Dejadme vuestros comentarios para llorar en conjunto, y hacer lo único que se puede hacer en estos casos. Seguir adelante. Yo sólo pido una cosa: ponedle a la niña el nombre de su madre. Por favor.

 

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