Review Downton Abbey: Episode 2

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El pasado domingo, como todos sabréis, se entregaron los premios Emmy. Dejando aparte debates sobre si estos galardones son más o menos justos (un saludo, John Cryer), Downton Abbey se llevó para las Islas Británicas unos cuantos premios: peluquería, banda sonora y mejor actriz secundaria de drama, que fue para nuestra amada Maggie Smith, condesa viuda de Grantham. No pudo ser para ninguno de los otros trece premios a los que aspiraba, incluyendo las actuaciones de Joanne Froggatt (Anna), Brendan Coyle (Bates), Jim Carter (Carson), Hugh Bonneville (Robert), o Michelle Dockery (Lady Mary),

Después de este pequeño apunte, toca comentar el segundo episodio de Downton Abbey. Creo que esta nueva década le está sentando muy bien a la serie. A mí al menos me hace pasar unos ratos estupendos. ¿Gustas?

El cambio. Ay, el cambio. Hay quienes te dicen “no cambies nunca”, y quienes están desesperados por avanzar. Otros dicen que, en realidad, ninguno de nosotros es capaz de cambiar de verdad. El cambio ha llegado a Downton, como comentábamos en el pasado episodio, tras una guerra mundial que ha trastocada a la sociedad. Y tenemos a quienes creen en el avance, y quienes quieren que las cosas sean tal y como siempre han sido. Adáptate o extínguete, dice Martha. Pero unos están más por la labor que otros.

Mary no quiere que las cosas cambien. Ella lo tiene claro: un día será la Condesa de Grantham, y la Condesa de Grantham vive en Downton Abbey. Punto. Sólo tenemos un pequeño problema: sin dinero la posibilidad de perder la casa está en el aire. Y ya que Matthew (convertido en el heredero definitivo del padre de Lavinia), no parece más dispuesto a aceptar el dinero de que lo que estaba antes de la luna de miel; Mary decide buscar aliados. ¿Y quién cree en el honor de Downton por encima de todas las cosas? Exacto. Acudamos a Violet.

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Abuela y nieta se juntan en la campaña “Save Downton 1920”. Y su objetivo principal es la única de la familia que parece que aún puede permitirse derrochar: Martha Levinson.

La suegra americana vino para la boda, pero parece que no tiene la menor intención de irse. Ella se lo pasa pipa metiéndose con las costumbres inglesas y de risas con Alfred. La verdad es que a mí me encanta. Es como una Violet más relajada y desinhibida. Será la sangre americana.

Alfred, el nuevo criado, se va adaptando a su nuevo trabajo. Y aunque Thomas esté empeñado en no ponérselo nada fácil, el joven cuenta con un par de aliados. La primera, la criada americana, que está muy por la labor de hacerle la vida más…llevadera. La segunda es O’Brien, que defiende el muchacho a capa y espada.

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Hablemos de Thomas. El que pueda ser considerado el personaje más odiado de la serie no aprende. Uno diría que tras volver al servicio con el rabo entre las piernas y conseguir el puesto que siempre había querido se daría por contento. Pero parece que no. Y todo indica que encima ha perdido a su apoyo del club del cigarrillo. O’Brien, ya sea por defender a su sobrino o porque está harta de tanta triquiñuela, está cada vez más en contra de su antiguo BFF, y si no fue ella la que escondió las camisas, me juego lo que sea a que fue el cerebro de la operación.

Thomas no es popular downstairs, como insinúa Robert, y me parece que algún rapapolvo se va a llevar de más antes de comprender que necesita a alguien que esté de su parte. Aunque sea para maquinar entre humo de un pitillo.

Vamos ahora con Edith, que está claro que cuando se le mete algo entre ceja y ceja no hay quien la pare. Ella quiere casarse con sir Anthony Stralan, cueste lo que cueste. Aunque sea un tullido, aunque le saque 25 años. Robert y Violet no ven bien esta relación por la misma razón por la que al principio todos éramos un poco reticentes. Pero bueno, creo que la mediana de las Crawley ha demostrado con creces que le quiere, y sabemos que él a ella también. No en vano, le dice que le “ha devuelto la vida”. He leído en algunos lugares que si Edith no quiere apresurar las cosas por miedo a quedarse sola. No sé qué decir, la verdad. Supongo que ese factor, con sus dos hermanas casadas, está ahí, pero no dudo de que puede ser muy feliz con Stralan y que sus sentimientos son sinceros. Así que les deseo lo mejor, ahora que parece que tendremos boda. Jo, que nos quedamos con personajes solteros, con lo divertido que es shippear….

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Volvamos al complot Mary-Violet, que planean la manera de que Martha suelte sus millones con una fiesta por todo lo alto, una fiesta que demuestre todo lo que puede ofrecer Downton, que merece la pena invertir en la casa porque fíjate qué bonito lo hemos dejado todo y cómo mola hacer las cosas según la tradición. Pero, horror, nadie ha hecho caso a Daisy (que no dejaba de quejarse con razón mientras pillaba constantemente a Alfred y a la criada americana besándose por las esquinas), y vaya, que el horno está roto. Y, Dios mío, que Matthew y Robert no tienes sus pajaritas blancas y bajan a cenar en esmoquin. Cómo se atreven. Ni que fueran camareros.

Pero bueno, suerte que teníamos ahí a Lady Levinson para improvisar. Hagamos un safari por toda la casa, que alguien vaya a tocar el piano, sirvámonos nuestra propia comida. Aunque Carson tenga cara de sufrir un infarto.

Y, por esta vez, gana el cambio. Pero, aunque Martha aprecia las maravillas de Downton, ni quiere ni puede gastar la fortuna de su difunto marido en la casa. Una pena. El dinero de Mr. Swire cada vez parece más apetitoso, Matthew, no digo más…

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No quiero dejarme a Mrs. Hughes, que ha ido a ver al Dr. Clarkson por la aparición de una masa en el pecho. El buen doctor ha tenido un par de diagnósticos desafortunados a lo largo de la serie (“Oh, no, Mattew no va a volver a caminar” “No os preocupéis por Lavinia, lo suyo no es grave”), pero esta vez me mosquea.  Ella lo lleva como buenamente puede, guardándose el secreto, pero de pronto cuando Carson habla de que las copas de la cena no son las adecuadas, pues como que es inevitable pensar que menuda tontería. Muy bonita la escena final que comparte con el mayordomo, el papi y la mami de Downton, en la que le recuerda que siempre va a estar de su parte.

Un pequeño comentario sobre Ethel, a la que hemos vuelto a ver ganándose el pan con el arma más poderosa de una mujer (Cersei dixit). De momento, ha dado el primer paso para hablar con Izobel Crawley en la asociación en la que ahora trabaja. Tengo ganas de saber qué ha sido de ella y de su hijo este tiempo. Ya lo veremos.

Juro que ya acabo. Y lo hago con Anna y con Bates, que siguen luchando para demostrar su inocencia. Y nos dejan con una escena en la que vemos que Bates es bastante más violento de lo que todos creíamos. Vamos, yo soy su compi de celda y me plantearía un traslado… Un pensamiento loco: Estamos seguros de que es inocente, ¿verdad? Porque no quiero creerlo, pero una parte de mí ve estas cosas y duda…En fin, mientras Anna no dude, y sobretodo, mientras no sea más que eso, un pensamiento loco, todos contentos.

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Pues eso es todo, amigos. Capítulo completito y maravilloso, como casi todos los que nos ofrece esta serie. Si no os he aburrido demasiado, os espero la semana que viene, y comentaremos los dineros, las peleas carcelarias y quién sabe, quizás hasta otra boda. Mientras tanto, nos leemos en los comentarios. Yo me voy a hacer una barbacoa. Estáis invitados, pero veniros con el esmoquin, que si no Carson no os deja pasar…

 


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