Review Dexter: Swim Deep

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Swim Deep no es el mejor episodio de la séptima temporada, pero que levante la mano el que no ha disfrutado como un enano con el juego del gato y el ratón entre Dexter e Isaak. Y ahora, que levanten la mano los que no han insinuado media sonrisa cuando Dexter ha encubierto a la bella Hannah, soñando con una historia entre ambos a lo Bonnie and Clyde. Y ahora, que se levante y se vaya el que no crea que Jennifer Carpenter, escena del ascensor mediante, debe seguir siendo el epicentro de una temporada que tiembla en función de sus sentimientos. Swim Deep no es el mejor episodio de la séptima… ¡pero qué bien nos lo hemos pasado!

  • Episodio 7×05: Swim Deep
  • Fecha de emisión: 28 de octubre

Perdón y gracias. Son las dos palabras con las que quiero empezar esta review: perdón, por creer que Isaak no sería lo suficientemente buen villano como para ejercer el papel de big boss de la temporada. Es posible que su travesía por la séptima haya acabado (lo dudo), pero su discurso sobre la venganza y la paciencia -una no va sin la otra-, me invitan a pensar que, si el último día de serie alguien le mete una bala en la cabeza a Dexter, el que empuñará la pistola será el señor Sirko. Y gracias, de nuevo, a los guionistas, por convertir a Debra en el motor de la séptima temporada. Primero, porque resulta mucho más fácil entender la rocambolesca situación entre hermanos si nos ponemos en su piel. En la piel de alguien que siente, padece, llora, sufre y tiene recuerdos. Y segundo porque Jennifer Carpenter se merece todos los minutos que aparece en pantalla porque como los buenos futbolistas, su sola presencia ya suma. Perdón y gracias.

“No te preocupes, yo controlo”. La típica frase con la que empezaban muchos anuncios de la DGT sirve para ilustrar Swim Deep, el episodio en el que el inmaculado currículum de Dexter se pone a prueba. Su efectividad como Oscuro Pasajero está fuera de toda duda, pero eso no significa que nunca haya cometido un error. De hecho, nadie olvida el último baño de Rita. Dexter cree en sí mismo tanto como Debra desconfía, herencia directa de Frank Lundy, de que exista el criminal perfecto. Por eso, cuando Dex le dice a su hermana pequeña que lo tiene todo controlado, en realidad sabemos que todo está a punto de escapársele de las manos.

¿Recordáis a Speltzer convertido en humo? Debra ya no. Todo lo bien que le funcionó a Dexter su disfraz de justiciero en el episodio anterior se ha desvanecido en apenas unas horas, el tiempo que ha tardado en confesar que no sólo mató a Viktor Baskov, sino que entorpeció una investigación policial para acabar con él. En realidad, estamos convencidos de que Debra cree que Speltzer y Viktor merecen estar cogidos de la mano en el infierno, pero el matiz respecto a la semana pasada es fundamental. Y lo es porque, a pesar de la obviedad y como hemos ido recordando desde que empezó la temporada, Debra es la jefa del Departamento. Así que el éxito de uno implica casi siempre el fracaso de la otra. Ya no valen milongas de que la justicia, tonta y obesa, no pudo cazar al malo: Dexter se lo impidió para quedarse el trofeo. Y Debra no pasa por ese tubo. La semana pasada se había derrumbado un muro en su relación, pero en esta se levantan dos, insinuando que cada vez estamos más cerca de la ruptura entre hermanos. Para empezar, Debra ya le ha pedido a Dex que no le informe de sus movimientos, acercándose a la máxima de que la ignorancia es el camino más corto hacia la felicidad.

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Es curioso: Debra puede aceptar que su hermano sea un asesino y puede implicarse en sus asuntos hasta el punto de jugarse la reputación y la vida, pero es incapaz de entender que Dexter se salte los pasos lógicos de la investigación. O que entre en acción antes de tiempo. En Swim Deep hemos visto la enésima lucha interior de la lieutenant, ejemplificada en esa magnífica escena en el ascensor, pero yo creo que todos sus males responden a una razón: el miedo. Miedo a que atrapen a Dexter, miedo a perderlo y, sobre todo y ante todo, miedo a verse arrinconada y a tener que tomar una decisión que marque su vida para siempre. Todo eso en un episodio en el que, por primera vez desde que empezó la serie, no es Dexter el que protege a Debra, sino al revés. Lo hace, además, por partida doble: primero en la investigación “extra oficial” de Maria y segundo en la “no investigación” de Batista, al que cada vez veo más desencantado en su trabajo de policía. Es pronto para calcular los daños, pero todas estas decisiones de Debra van a tener consecuencias graves en el Departamento de Policía.

Hablemos de Maria. La jefa-jefa ha desempolvado su maletín y su sombrero y se ha puesto a ejercer de detective, como cuando no vivía en un despacho. Y se le da bien. Con apenas un par de llamadas se ha plantado en casa de una de las víctimas asociadas al Bay Harbor Butcher oficial, o sea a James Doakes. No recuerdo (basura de memoria) si llegamos a presenciar cómo encajó el Departamento el golpe de que uno de los suyos fuera un asesino, yo diría que no, pero es evidente que Maria nunca se lo tragó, como ha dejado claro en un speech en el que homenajeaba al sargento. Sobre esas dudas y sobre la pieza que encontró en el lugar del “suicidio” de Travis Marshall, nacen todos los esfuerzos que está dedicando a la investigación. Lamentablemente para ella y para la memoria de Doakes, Debra se ha cruzado en su camino. Y las escasas pruebas que pueda haber para reabrir la investigación acabarán en el bolsillo del culo de la lieutenant, como esa foto que delataba a Dexter y hacía añicos su temprana recomendación: “lo tengo todo controlado”. Ya, claro. La pregunta que toca hacerse es: ¿hasta cuándo podrá cubrir Debra a Dexter? O mejor aún: ¿hasta cuándo querrá Debra cubrir a Dexter?

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Cambio de tercio ahora para referirnos a Isaak y a su juego del gato y el ratón con Dexter. De esta entretenidísima partida de ajedrez entre genios, me quedo con tres movimientos: Isaak esperando en el apartamento con su caja de herramientas (Dexter style, aunque algo más rudimentario, que para algo es ruso); la escena Tarantiniana en el bar, contada por Dexter e interpretada por Isaak; el cara a cara en la cárcel, con ese acojonante discurso sobre la venganza del jefe de la mafia. En cualquier caso, lo más interesante de esta partida es su final, ya que ahora uno (Isaak) puede hacerle la vida imposible al otro (Dexter) sin que éste pueda mandarlo al fondo del mar. O sea, la partida no sólo no ha terminado, sino que ahora sólo se mueven las fichas de un lado. Un escenario nuevo, original y atractivo en el que el único inconveniente es que no vamos a ver a Hall y Stevenson juntos. He pedido perdón ya por dudar del poder de Isaak como final boss, ¿verdad?

De la que nunca hemos dudado es de Hannah. Desde el día que la conocimos supimos que su mirada cargada de nostalgia veía en Dexter el fuego de un pasado tan cruel como adictivo. Hannah no podía ser únicamente una ex adolescente problemática a la que se le fue de las manos un romance, entre otras cosas porque Wayne Randall no era el tipo más carismático ni imponente del mundo. El tiempo y Dexter nos han dado la razón. Uno de los cadáveres encontrados por la propia Hannah revela que su verdugo no fue Randall, sino alguien más pequeño. Y bastante consciente de lo que hacía, como demuestran las tropecientas puñaladas en el cuerpo de la víctima. Y rubia. Y muy sexy. Hannah McKay también era (o es, quién sabe) una asesina, lo que la convierte en un personaje mucho más engimático de lo que ya parecía. Su papel en la séptima temporada sigue siendo un misterio: ¿será una nueva Lila, en la que Dexter descargará toda su pasión? ¿Se parecerá a Miguel Prado, que se ganará la confianza del asesino en serie hasta hacerle creer que pueden ser amigos? ¿Será como Lumen, una mujer herida que encuentra en Dexter acomodo a sus deseos más oscuros? ¿O será alguien totalmente nuevo, alguien capaz de enamorarse del asesino en serie?

Para empezar, no estaría mal saber por qué Dexter la ha encubierto, ¿la quiere como trofeo para su Oscuro Pasajero o realmente ha visto algo en ella? Yo quiero pensar, por esa química entre Yvonne Strahovski y Michael C. Hall, que es sólo el principio de una historia llena de emociones. Tanto, como una séptima temporada a la que no le podemos pedir nada más. Bueno sí, que Harrison se quede donde está…


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