Review Californication: Dead Rock Stars

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Bien está lo que bien acaba. O empieza. O vayan ustedes a saber. Escribir con una nube mental de este tamaño trae consecuencias bastante evidentes, como escribir entradillas absurdas siendo perfectamente consciente de que carecen de sentido. Acabar bien, sí. Acabar bien es relativo. Imaginemos un día de resaca común. Ahora imaginemos que alguien pregunta cómo fue la noche. Imaginemos más aún y contestemos que bien. El problema está en que “bien” puede implicar: a) Me he despertado en un charco de mi propio vómito. b) No me acuerdo de nada, pero me han contado que fui violado por una cabra montesa. c) Fue una noche llena de anécdotas memorables. Relativo, ¿no? Cada cual tiene derecho a elegir sus conceptos, como Hank, por ejemplo…

Hank, Hank, Hank… que a pesar de haber fumado un poco de marihuana en papel de biblia había decidido intentar encajar entre todas esas almas en rehabilitación. Pero es que lo tientan, le ponen el descontrol en bandeja y todo está perdido. Sólo ha hecho falta una estrella del rock muerta y una salida del centro para volver a desatar lo que el personaje lleva dentro, el placer del desastre.

Faith sigue buscando el equilibrio que no encuentra desde que despertó como la musa de un muerto, es un personaje más enaltecido de la cuenta que en realidad muestra su lado débil cuando todo ha terminado. Es por eso que necesita despedirse, es por eso que necesita ir al funeral y verlo una última vez. Y menuda última vez. Porque el funeral da lugar a tal situación de caos y comedia que esto es Californication en estado puro y sin remedio, aunque menos remedio tiene Hank.

Es sólo la despedida de un difunto, ¿qué podría salir mal? Todo. O nada. Ya he comentado que depende del color del cristal con el que analicemos las circunstancias. El color de Moody es el color de una felación por parte de la pasadísima esposa de la estrella muerta, el robo de una cruz que para la mujer que acompaña es especial, sin importar en absoluto que el ataúd se encuentre abierto ante cientos de personalidades del mundillo y cientos fans esnifando coca.

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Nada importa, al fin y al cabo, si un holograma del músico nos deja un último solo de guitarra dando por finiquitada una pelea de gatas y haciéndonos llorar, porque, qué más da, te has tirado a mi marido pero esto es rock n’ roll. Importa tan poco y nos sentimos tan bien que no tendría sentido volver al centro ahora, ¿verdad? Pinta mejor una fiesta en casa de Atticus, nadar desnudos, tener conversaciones demasiado trascendentales para llevar tanto alcohol en sangre y acabar de encender un petardo. Todo cuenta. Es una noche en que todo cuenta sin llegar a importar, uno de esos momentos que hay que vivir con toda la intensidad que la ocasión ofrece. Y es la esencia de Hank. Esa es la verdadera esencia de Hank.

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¿Acabamos bien? Bueno… acabamos. Karen es recibida por un Atticus muy desnudo y muy pasado de rosca, y dentro encuentra un regalito bien desenvuelto, durmiendo la mayor de las borracheras, atolondrado por la coca, y… despierto a patadas. Es imposible no tenerle cariño, reconozcámoslo, pero a veces saca de quicio a todo el que tiene alrededor, y dan ganas de gritar, de gritarle que haga algo por arreglar ese caos que es su vida.

Quiero dedicar antes de marcharme unas palabras al gran Charlie Runkle, que nos ha regalado una escena desternillante cuando la pareja ha cruzado el umbral y lo ha pillado en pleno visionado de porno gay para probar su nuevo lado profesional. Pobre Charlie, está claro que esta nueva faceta fingida va a traer más de una situación hilarante, de esas tan propias del personaje.

Sigo encantada con lo que nos está ofreciendo la temporada. Encantadísima en todos los aspectos…

May the good Lord shine a light on you, make every song your favorite tune…


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