Review Breaking Bad: Thirty-Eight Snub

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…y las piezas empezaron a moverse. Hasta ahora, en los primeros tres cuartos de hora de temporada, apenas Gus había hecho algo. Sí, un algo con mayúsculas (matar a Victor), pero era un oasis dentro del estado de parálisis en que el resto de los actores principales estaba sumido. Jesse todavía rebobinaba en su cabeza, una y otra vez, la muerte de Gale. Walt intentaba hacer soplar el viento a su favor echando mano de su ya consabida labia, pero más por piloto automático que por otra cosa, mientras Mike las veía venir; a ambos el uso del cutter en manos de Gus les acercó al catatonismo de Pinkman. Y Saul ni quería ni podía moverse. Skyler era la única con algo de salsa. Era una situación comprensible para el capítulo que resucitaba una serie comatosa durante trece meses, y más teniendo en cuenta lo oscura que nos han dicho que iba a ser esta cuarta temporada. Ahora llega el 4×02 y algunas de las piezas echan a andar en direcciones que quizá no veíamos venir. ¿Vamos con Thirty-Eight Snub?

Abre el capítulo una charla sobre armas entre Walt y Jim Beaver (Deadwood, Supernatural), que nos viene a decir lo poderosamente aterrado que está el señor White. Y, al mismo tiempo, lo poderosamente decidido que está a hacer algo al respecto. Aprovechando los momentos del previously creo que es un buen ejercicio de memoria recordar a ese Walt cuyo mayor atrevimiento era pinzarse los testículos con una mano y levantarlos lo justo para parecer obsceno. Esa era la mayor transgresión hasta la fecha de Walter White, del profesor de instituto, del genio de la química que pudo haber fundado un imperio. Pero no lo fundó; a cambio hacía horas extras en un lavadero de coches para mantener a su por otra parte pequeña familia. De aquel hombre con pelo y bigote hemos pasado al Heisenberg de sombrero y perilla, casi con menos escrúpulos que pelo. En la escalera que es la vida de Walt, el próximo peldaño que va a subir es el del asesinato con premeditación. Porque, recordemos, él ya ha matado. Al poco de empezar ahogó a un hombre; le costó Dios y ayudas. En los últimos momentos de la tercera, a sangre fría y para proteger a Jesse, usó un coche y una pistola. Ahora la idea es terminar con la mano que le da de comer: Gus. Un asesinato muy complejo (Gus no es un cualquiera), pero necesario: la mano que le da de comer es posiblemente también la que le puede estrujar con un simple gesto. El juego de poderes está en un equilibrio de lo más precario: Gus necesita a Walt, al menos hasta que dé con alguien capaz de fabricar meth como él; y Walt necesita a Gus, al menos hasta que dé con alguien capaz de distribuir meth como él. Paradójico

Así que ahí tenemos a Mr. White, pura science. El corazón y el estómago le dicen que pare, que deje la pistola, que no se meta en más líos, pero la science, su ciencia, su cerebro, le dice que matar a Gus es la única opción posible para seguir cumpliendo su objetivo. Y su objetivo, al menos teóricamente, es ganar mucho dinero para su familia. Y digo teóricamente porque uno se pregunta si no sería más fácil recoger el tenderete y prejubilarse, que esto de la droga te acaba siempre pillando los dedos…

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Tras la charla con un Jim Beaver que se huele mucho la tostada (“ya, claro, autodefensa…”) Walter se pasa el capítulo practicando con la pistola. Cómo esconderla para que no se note que la llevas, cómo desenfundarla rápido, cómo apuntar y disparar sin titubear… Poco a poco, va progresando. Hasta que se da de narices con la realidad. Y la realidad es que Gus no es ningún tonto. El Señor de los Pollos sabe que su cualificado trabajador es un hombre tan inteligente como capaz de todo para lograr lo que necesita, y por tanto deduce que lo mejor para su salud es no coincidir con él. No veremos, por tanto, a Gus de nuevo en el laboratorio, ni será un interlocutor posible. De hecho, tenemos chico nuevo en la oficina: Tyrus. Él y Mike será a lo más arriba que White y Pinkman puedan aspirar.

¿Solución? Ir a la montaña, ya que Mahoma no viene. Walt se arma de valor (y de pistola, of course) y conduce hasta casa de Gus. Me quito el sombrero ante esta escena, desde el momento en que Heisenberg se pone el suyo hasta ese plano cenital que provoca que tengamos ganas de gritar bien fuerte “¡Looooser!”. Porque, reconozcámoslo, todos sabíamos que iba a sonar un teléfono, y que esa inconfundible voz iba a decir “Go home, Walter.” En esta serie hasta mola a veces que los buenos pierdan

Para acabar con Walt hay que hacer una última parada en un bar tan grisáceo que hasta toleran anuncios de Saul Goodman (paréntesis: qué personaje tan-tan-tan genial, espero que tenga más cancha ya la semana que viene) en la tele. Allí para Mike, taciturno y agarrado a una copichuela de whisky. Con hielo. Allí entra Walt y pide otra copa para el guardaespaldas, y también para él. Sin hielo. Es más de hombres. Y Walt necesita sentirse hombre para decir lo que va a decir, que no es sino esto: oye, matón con experiencia, que te las sabes todas y estás en una edad en la que supongo que no querrás demasiados problemas porque no te toca ya arriesgar, ¿qué te parece si en lugar de seguir fiel a la mano que te da de comer, que es la misma que me da a mí, te unes a mi causa? Venga, tonto, dí que sí y nos cepillamos a Gus, que parece que le ha cogido gusto a eso de matar subordinados… ¡¡podríamos ser los próximos!! ¿Qué más da que le hayas visto hacer cosas peores y que esto a ti no te impacte tanto como a mí? ¿Qué más da que traicionar a Gus pueda significar poco menos que una sentencia de muerte asegurada? ¿Qué más da que yo sea un triste profesor de instituto armado con un sombrero y una pistola que hasta un niño vería a cinco metros? Mike hace lo que tiene que hacer: partirle la cara a Walt. Lo cual no quiere decir que esté incondicionalmente con Gus, ni mucho menos: la escena del principio, cuando se percata de que tiene la manga manchada de sangre de Victor, no es ninguna tontería. A Mike no le ha gustado ni un pelo la ejecución de Gus, pero si decide tomar cartas en el asunto no será en caliente, y menos acompañado de un Walt atolondrado. Lo hará bien, que es lo suyo.

Turno para Jesse. Él abre esta review, con una imagen de profesional puro, concentradísimo en su trabajo. Jesse está bajo el impacto de otro gran golpe. El primero fue la muerte de Jane, de la que se sentía culpable por no haberla evitado; el segundo, la muerte de Gale, que directamente ha provocado. La nube que se avecina sobre Pinkman va a ser casi más grande y negra que la que le rondó cuando lo de su chica, porque ya sabemos que se toma muy en serio esto de causar mal a los demás. Al menos se lo toma más en serio que su socio… Jesse se refugia en el trabajo, agachando la cabeza (a Walt ni se le pasa por la mente contarle sus planes pistoleros, sabe que Pinkman ahora no atenderá a sublevaciones) y cumpliendo al máximo. El resto de horas intenta pasarlas como puede: drogas y fiesta. Evasión pura. En ese escapar hacia delante se lleva con él a Badger y Skinny Pete, a los que usa como motor de una fiesta perpetua. Hasta que el cuerpo dice basta y cada uno se va a su corral, claro. El escudo antirrealidad de Jesse dura poco, y ni siquiera la perfecta metáfora que es el equipo de sonido le salva. El ruido supremo de ese aparato diabólico le aleja de Gale un rato, pero no para siempre. Al menos cuando estalla en lágrimas le sirve para tapar el llanto

En paralelo al team meth está Skyler. La señora White ha hecho los deberes, y de qué manera, y se planta en el lavadero de coches. Lo que ahora deja inmaculados a los vehículos de ABQ en un futuro cercano limpiará igualmente los billetes podridos de Walter. O al menos esa es la idea de la contable, que asalta a Bogdan, el dueño, armada de un estudio financiero digno de Leopoldo Abadía. La oferta: 879.000 dólares. Bogdan pide primero 10 millones, y luego el doble: no olvida ese pinzamiento testicular que le dedicó su exempleado. En realidad, no me queda claro qué le molesta más, si aquello o el hecho de que Walter envíe a su mujer. Ese deje de machismo es lo que acaba por encender a Skyler, que se va hirviendo por dentro: “A Dios pongo por testigo que compraré este lavadero, y por menos de lo que te mereces, Mr. Cejotes”, parece pensar. No dudo que lo hará. Si durante la serie ha sido Walt quien nos ha sorprendido al aprender aceleradamente cómo sobrevivir en el difícil mundo del hampa, creo que en la cuarta llega el turno de Skyler. De armas tomar.

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En paralelo Skyler… y en perpendicular Hank y Marie. El matrimonio Schrader camina por la nueva temporada bastante ajeno al resto de personajes. Es más: casi bastante ajenos el uno del otro. Hank está de patada en la boca. Su situación no justifica su comportamiento, y la pobre Marie es un pozo de paciencia. ¿Qué papel tendrán estos dos en la temporada? Hasta ahora Hank encajaba en la vertiente policial, siempre tras los talones de Heisenberg. ¿Pero ahora? Obviamente no se pasarán los 13 capítulos con este plan, pero es que la recuperación del policía apunta a lenta. ¿Tendrán algo que ver los minerales? El detective Rodríguez y sus ideas de bombero, no se las pierdan…

Antes de cerrar, unos breves. El juego de luces y de cámaras durante todo el episodio ha sido magnífico, especialmente en lo que a Walt respecta. Casi todas sus escenas combinan mucha luz con mucha oscuridad, una dualidad simbólica. Fijaos sobre todo en cuando habla con Mike… Lo mismo se puede aplicar a Jesse y sus luces de colores, ya sea en forma de droga o de equipo de sonido. Alienación para el chico roto, por favor. Detallazo el del robot-aspiradora, un intento más por achicar el espacio de todo lo que no sea fiesta. No hace falta ni parar para limpiar, tenemos asistenta.

Muy buen capítulo, para mi gusto mejor que la premiere. Hemos tenido más variedad de registros, más tramas y algo más de acción, recuperando incluso los momentos de humor de la serie, que siempre han sido maravillosos. Bien por el anuncio de Saul, bien por la surrealista conversación de zombis y videojuegos. Y, por encima de todo, mil puntos para el papelón de Gus. Con tres palabras se come la pantalla…

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Ay, Jesse, qué miedo me das…

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