Review Breaking Bad: Salud

Bienaventurados los apaleados, porque de ellos será el Reino de los Emmy. Esta podría ser una frase de la Biblia si Vince Gilligan la hubiera escrito. Los apaleados, aquellos con cortes y ojos morados, aquellos que recientemente han recibido una paliza de campeonato, una sarta de puñetazos en la cara. Aquellos, los convalecientes, tienen madera de premio gordo, gracias a unas escenas que ponen la piel de gallina. ¿Recordáis la de Jesse, allá por la tercera temporada? Estaba en el hospital tras pasar por la consulta de Hank, y le soltó a Mr. White cuatro verdades que nos helaron el corazón; Walt ha tenido la suya en este Salud, un capítulo completísimo (y van…) en el que su cara magullada era lo más impactante hasta que llegó Gus. Madre mía, Gus… qué cierto eso de que la venganza es un plato que se sirve frío. En fin, vamos al trapo que hay mucho que comentar. Una semana más, ¡capitulazo!

Me debato entre si el núcleo de este capítulo ha sido el protagonista de la historia que llevamos presenciando ya varios años (esto es, Walt), o si por contra no podemos dejar de mirar al tío capaz de envenenarse a sí mismo con tal de seguir limpio y vivo. Qué perfecto jugador de ajedrez sería el Gran Pollo… pero vamos a empezar por Walt.

La expresión tocar fondo se queda muy corta para expresar lo que le está sucediendo a Walt, pero ni así despierta la compasión de los guionistas, que en este capítulo le quieren buscar problemas con su hijo, prácticamente lo único real que le queda al exprofesor. Descubierto ante Skyler, aterrado frente a Hank y con muchísimos más problemas de los debidos con su entorno laboral (especialmente tras la pelea con Jesse), lo cierto es que a Walt le quedan pocos escondites en la vida donde permitirse sonreír. Walter Jr. es uno de ellos, ese hijo que está en la edad en la que poner un deportivo en su vida es lo mejor que le puede pasar a la tuya. Junior ha estado totalmente ajeno a la realidad, pero choca frontalmente con ella al ver a su padre semi-moribundo. Brutal ese momento en que Walt se despega la sábana de la sien… ¡eeeeecs! El padre, obviamente, no le cuenta la verdad a su hijo, sino que apela a las mentiras piadosas (juego, apuestas, etc) y le coloca un discurso sobre su difunto abuelo. La historia realmente no nos ilustra demasiado, pero la manera en que Bryan Cranston la cuenta… aaaah, eso es magnífico. Es maravillosa toda su actuación, su entonación, sus pausas. Es un actor superior. No menos grande es la réplica de RJ Mitte (Walter Jr.), al que en esta temporada hemos visto menos. Sí, realmente toda la trama de estos dos en este episodio era hasta cierto punto prescindible. Pero habiéndola visto, ¿quién quiere renunciar a ella? Porque no es menos espectacular el That’s good, Jesse… que se le escapa a Walt, ¿verdad? Al final, por cierto, Tyrus se encarga de recordarle al químico dónde está su lugar. Durillo para Mr. Ego… Y muy grande el coche de Junior: es posible que te mueras de emoción cuando tu madre te regala un coche, cualquier coche (no lo sé, no me ha pasado nunca), pero está claro que cuando tu padre te ha regalado un super deportivo días atrás y ahora tienes que montarte en eso… en fin, más que comprensible el entusiasmo mostrado.

En otra parte del episodio tenemos a un curioso triángulo formado por Saul Goodman, Ted Beneke y Skyler White. Ella sigue preocupada por el destino fiscal de su exjefe, así que enreda al pseudo-abogado y juntos se inventan a la fabulosa tía Birgit. ¿Te imaginas una pariente de la que nunca has sabido nada pero que te deja una fortuna indecente al morir? Pues así las gastan los familiares luxemburgueses del señor Beneke… Realmente Ted nunca fue santo de la devoción de nadie, pero en este capítulo el adjetivo de tontaco se le queda incluso corto. ¿En ningún momento alcanza a olerse la tostada? Parece que no, que es más importante ir a comprarse un Mercedes. Skyler no soporta tanta idiotez y acaba cantando: “Ted, yo soy tu tía”. Así, a lo Star Wars. ¿Hemos terminado aquí? No creo. Me temo que Ted querrá saber de dónde le llueven los billetes a su exempleada. Me gusta mucho esta nueva Skyler, y me gusta también que hayamos podido disfrutar ni que sea tres minutos del maravilloso Saul.

Y ya solo nos queda otro triángulo. Gus, Mike y Jesse. Los Tres Tenores, que se van a México, directamente a la boca del lobo Don Eladio. Gran personaje, este Don Eladio, muy bien interpretado. Un tío con el que no se juega, como demuestra el hecho de que no ha dejado más salida a Gus que recurrir a la fuerza. Bueno, no a la fuerza bruta exactamente, sino al par de pelotas que le echa el Gran Pollo al asunto. ¡Se autoenvenena! No tengo palabras… El juego de muñecas rusas que empezó con Krazy-8 y subió de nivel con Tuco ha desembocado en la muerte de Don Eladio. Otra muesca para Gus, poco después de la de Juan Bolsa. El último, claro, será Héctor Salamanca, el ejecutor de su primer cocinero (¿y pareja?), pero ese no se irá corriendo. No hay prisa. Gus es el rey del tablero después de una escena larga, ubicada de nuevo en esa piscina pero muchos años después.

Antes habíamos podido ver al Jesse menos Jesse de la serie. Desde luego que el joven Pikman se ha doctorado en este capítulo, sin temblar apenas en varios momentos críticos: la llegada al laboratorio, con tantos ojos encima; la cariñosa acogida del químico titular, con el que no tiene problemas en encararse; la huida, con disparos y muerte incluidos. Excepto quizá en esto último, parecía más Walt que él mismo. El pupilo suplantando al maestro. No, desde luego que Jesse no ha tenido un episodio sencillo. Y, aún así, ha aprobado con nota y se ha echado a su nuevo equipo a la espalda, pilotando un coche con Gus semienvenenado y Mike herido.

Breaking Bad sigue en estado de gracia, con un ritmo que aumenta semana a semana y nos encamina a una finale repugnantemente perfecta. Si la anterior nos dejó temblando, no quiero pensar cómo puede ser esta..

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