Review Breaking Bad: Open House

Hank-Breaking Bad

Breaking Bad es una serie de hombres. Y no por el público que la ve, ahí la disfrutamos todos por igual, sino por la trascendencia de sus protagonistas. Nadie discute que Walt y Jesse son los primeros espadas y que Hank será una pieza esencial el día que la serie baje la persiana. Por lo que respecta a los villanos de cada temporada, ni el gran Tuco ni el inmenso Gus meaban sentados. En esta historia, las mujeres han jugado siempre un papel casi residual y, sobre todo, muy poco agradecido. Skyler es la que siempre ha puesto palos en las ruedas a Walt y Marie… bueno, pues ahí estaba, comportándose como si fuera la última hablante de una lengua en el mundo. Indescifrable. Open House es un pequeño homenaje a las mujeres de la serie, que reivindican su posición en el juego cada una a su manera y que han conseguido que la trama avanzara más que en los dos anteriores episodios, situación que ya empezaba a estresar a algunos impacientes. Madre mía, si un minuto de esta serie es mejor que dos horas de… ¡Vamos con la review!

  • Episodio 4×03: Open House
  • Fecha de emisión: 31 de julio

Episodio de mujeres. Y de Jesse. Y de Walt, claro, pero en menor medida. Episodio de Skyler y de Marie, pero sobre todo de Anna Gunn y Betsy Brandt, que dan un golpe en la mesa para atraer parte de los elogios que siempre se van hacia los apellidos Cranston y Paul. La posición de Skyler y Marie en la serie no ha sido fácil, siempre a la sombra del héroe y del villano. Y colocad ahí a Hank y Walt como os dé la gana. Por desconocimiento, por miedo o por indiferencia, una y otra han vivido ajenas a la gran historia que se desarrollaba ante sus narices. Y no ha sido hasta la cuarta temporada, Skyler un poco antes, en que la mierda (perdón) les ha salpicado. En Open House es la primera vez que sentimos, al menos yo, que una y otra tienen mucho que decir en este juego entre el perro y el gato, en el que se da la poética situación de que el ratón está dando dinero al gato para financiar su búsqueda.

Skyler metió un pie en los asuntos de su marido la temporada pasada, pero ahora ha metido el otro, los dos brazos, el torso y la cabeza. Y ha entrado en una habitación ocura e impersonal como en la que vive Walt, en la que no se puede ser nada más que un autómata preparado para cocinar y limpiar. Entiéndanme. De la cocina se ocupa el señor White mejor que nadie, aunque unas cámaras de vídeo hayan asaltado su derecho a la intimidad. Me temo que no podrá ir al sindicato del trabajador a presentar una queja, así que le tocará cocinar con los ojos del jefe clavados en el cogote. Es lo que pasa cuando te presentas en su casa con un sombrero, una pistola y malas intenciones. De la parte de la limpieza se ha encargado Skyler mejor de lo que su marido y Saul habrían conseguido jamás, a pesar de que ambos la han subestimado desde el primer día que se sentaron juntos en el despacho del abogado. La señora White se lo ha montado (muy bien, por cierto) para hacerse con el túnel de lavado sin tener que recurrir a las autoridades ni a los bates de béisbol, soluciones más inteligentes que proponían los hombres. Me ha encantado la escena del teléfono, en la que Skyler cuelga al dueño del túnel de lavado y con una seguridad insultante asegura que volverá a llamar. Estoy seguro que incluso ella dudaba de su movimiento, Walt ni te cuento, pero al final le ha salido redondo. Y Walter ha vuelto a colgarse el cartel de loser que tan bien le queda esta temporada.

Me alegro por Skyler, que siempre le ha tocado jugar el papel de mala de la película, aunque lo único que ha exigido desde el primer día es un poco de comprensión, de cariño y de cordura. Ahora se ha deshecho de las dos primeras exigencias y planea convertirse en una máquina de blanquear dinero. Sin escrúpulos y sin fisuras, porque en ese mundo no se pueden tener, como ha demostrado con la bronca a Walt por el champagne. La relación entre estos dos me tiene algo descolocado. La serie no está para romanticismos (aquel I.F.T es la prueba), pero tampoco sería justo que su matrimonio acabara en tragedia. Y esa botella de champagne, más allá de que pueda ponerlos en apuros, me da la sensación de que podría ser la primera piedra para reconstruir su relación. Veremos hasta dónde llega el término “relación” en este caso.

Skyler ha movido la trama de Walt hacia delante y Marie ha tumbado la de Hank hacia el lado de la primera. De forma irresponsable, inverosímil y francamente extraña, pero así es Marie. Un día comenté, posiblemente en una review que llegó un domingo a última hora, que Marie es el personaje más estrambótico que me he echado a la cara. Veo esa afirmación y subo cien fichas. La mujer del policía se ha pasado todo el capítulo de Open House en Open House contando historias surrealistas sobre vidas inventadas a desconocidos. Tanto podía ser la mujer de un astronauta como la sufridora madre de una niña con una terrible enfermedad. Lo ha hecho para saciar su patológica cleptomanía, pero también para reclamar la atención que no tiene en casa. Esas vidas falsas son mucho más apasionantes que la que le ha tocado vivir las últimas semanas, con un Hank irritable e irritado con muchas ganas de pagar con ella su frustración. Hank sigue en su cruzada por conseguir todos los minerales que existen en la Tierra, pero de rebote (gracias, Marie) ha llegado a sus manos el cuadernillo de química de Gale, que seguro contiene números, abreviaturas y reacciones, todo muy bien clasificado, pero que también podría revelar las iniciales de ese tal Heisenberg que trae de cabeza a Hank desde hace meses. O un teléfono. O una pista que lo devuelva a la acción. Detalle a detalle, pasito a pasito, la serie avanza hacia ese esperado momento en el que el policía descubra la verdad de Walter, una situación que me recuerda mucho a la de Debra y Dexter Morgan.

Grande Betsy Brandt, por cierto, en la escena de la comisaría en la que Marie llora de rabia, de ira, de vergüenza o de tristeza. En la que llora, al fin y al cabo, porque para ella es tiempo de llorar. Y ahí sí, por fin, empatizamos con ella, con su complicada situación en casa, sus problemas personales y su incapacidad para conseguir que su marido se deje ayudar. Algo me dice que Hank va a acabar necesitando a su esposa cuando retome la investigación de Heisenberg. Algo me dice que las piernas de Marie y el cerebro, la intuición y la experiencia de Hank van a formar un buen equipo. También se lo merecen.

“El dinero no da la felicidad, pero produce una sensación tan parecida que sólo un auténtico especialista podría reconocer la diferencia”. Habría que preguntarle al genio de Woody Allen si volvería a decir eso después de ver a Jesse Pinkman en Open House. Jesse es la prueba de que se puede tener todo y no tener nada. De que se puede estar lleno de dinero y vacío de sentimientos, de cariño, de dignidad. El pobre Pinkman ha entrado en una preocupante dinámica autodestructiva que tiene su base en la soledad. Tiene el mejor equipo de música del mercado, la mejor cocaína del estado y dinero para lanzarlo al aire entre una jauría de yonquis-zombis, pero no tiene quién lo abrace al llegar a casa. Ni un compañero para ir a los karts, como hemos comprobado en una de las mejores escenas de esta temporada. Lo peor es que hemos llegado a este extremo en el episodio tres, con lo que su autodestrucción no ha hecho más que empezar. Lo bueno es que acabe en la cárcel. Lo malo… ya sabéis, enganchado a esa valla metálica a la que se refiere un yonqui anónimo mientras Jesse juega a meter billetes en la boca de un ejecutivo muy drogado. Qué duro.

La historia de Jesse ha seguido una constante desde que empezó la serie. Y es que nunca se ha sabido a dónde va. A Walt se le conocen motivaciones con la que puedes identificarte más o menos, pero Pinkman no está encontrando nada más que dinero en esta peligrosa aventura. Y por el camino ya ha perdido a un amigo y a una novia. Gran parte del encanto del personaje reside ahí, en saber hacia dónde se dirige. O tal vez en saber que no se dirige a ningún sitio, que se ha colado en esta historia de rebote y que antes o después será uno de sus daños colaterales. Por el camino, es obligatorio disfrutar de la enooooorme actuación de Aaron Paul. En serio, hagámoslo porque este tío es un crack. No me puedo creer que vaya a cerrar una review sin hablar prácticamente de Walt, pero es que Open House es el episodio con menos presencia de Cranston que recuerdo. Ha funcionado como contrapeso a la historia de Skyler y sigue cocinando, pero pronto tendrá que acudir al rescate de su amigo Jesse y no podrá dejar de vigilar su espalda, porque un agente gordo, calvo y casi paralítico le sigue la pista. No da miedo, ¿verdad? Pues yo lo tendría…

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4.5
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