Review Breaking Bad: Half Measures

Review Breaking Bad: Half Measures

Nos exigisteis, con razón aunque (algunos) de malas maneras, que las reviews de Breaking Bad fueran “más puntuales“. Es evidente que no lo hemos conseguido. Pero todas esas imposiciones iban acompañadas de una cláusula, de un apellido al que nos queremos acoger: “o al menos, que aparezcan antes de que emitan el siguiente capítulo“. Pues bien, aquí estamos, a pocas horas de que AMC nos regale el último episodio de la tercera temporada, cumpliendo con media parte del pacto. Half Measures. Un episodio que pone a Breaking Bad en órbita y que nos hace recurrir al lenguaje más básico para transmitir con fidelidad nuestras sensaciones post capítulo: “joder, esta serie es la hostia”. Qué a gusto me he quedado… Run!

Pensaba que la tercera temporada había tocado el cielo con One Minute, pero me equivocaba. Vaya si me equivocaba. Y qué gusto regodearme en mi error. Half Measures es el motivo principal por el que Breaking Bad ganará el Emmy a mejor serie de drama. No podemos encontrar en la televisión una narración más realista, unos personajes más creíbles, un diálogo más inteligente o unas actuaciones más sobresalientes. Breaking Bad es la serie. Verla ha dejado ser un placer, es una obligación moral con todos aquellos que la hacen posible.

Y hablando de One Minute, ese es el tiempo que le da Hank a Marie para que active su riego sanguíneo. Y es lo que tarda Marie en llevarse a casa a Hank. Repetimos la secuencia, posiblemente la más divertida de la temporada: Marie juega-Hank se muestra confiado; Marie apuesta-Hank iguala; Marie se pone tierna-Hank todo lo contrario; Marie sonríe-Hank cierra los ojos… cortinilla… y vemos a Hank, perdedor, en la silla de ruedas empujada por Marie. Marie sonríe-Hank lamenta ser hombre. Inmenso. Es maravilloso cómo esta serie introduce humor en situaciones tan macabras y sangrientas como las que se cerrarán este episodio.

Pero volvamos al principio, que merece la pena. Half Measures recupera a Wendy, la prostituta, otro de esos personajes que aparecen de vez en cuando para recordarnos dos cosas: 1) la serie está pensada, rodada y dirigida como una inmensa película en las que todas las piezas acaban encajando; 2) el trabajo de Walt y Jesse, aunque no lo veamos desde nuestra privilegiada butaca, tiene unas consecuencias terribles. Lo comprobó el bueno de Pinkman la semana pasada cuando desenterró el asunto de Combo y lo hemos visto esta semana a través del día a día de Wendy, en el que se limita a bajar la cabeza para conseguir el cristal que se la hará perder poco después. Es muy salvaje, aunque nos lo presenten al ritmo del pop ligero de Windy, una canción con historia propia.

Wendy, al ritmo de WindyWendy, al ritmo de Windy

Haciendo una de las peores transiciones de la historia de las reviews, ¿habéis abierto el último enlace? Te lleva a la wikipedia. Es el primer lugar que visitamos (perdón Google) cuando queremos información sobre los átomos, la fecha de estreno de la serie que nos roba el sueño o las hazañas de Chuck Norris. Es también el primer lugar que visita Skyler para informarse sobre el lavado de dinero. ¿Por qué? Porque Skyler es una persona normal, no tiene compañías ni secuaces que le informan de todo lo que pasa en el mundo, no tiene botones mágicos ni se hace preguntas que llevan a otras preguntas. Creo que es lo que más me gusta de Breaking Bad: su realismo. Separado.

Cerrando el tema secundarios, esta semana es de justicia mencionar el enorme trabajo de Jonathan Banks, el terrorífico Mike. Se ha colado en casa de Walt para contarle la historia que marcó su pasado, en la que había involucrados, además de él mismo, un maltratador, una víctima y una pistola. La combinación de tres elementos, Mike, pistola y maltratador, pudo haber evitado una desgracia, pero Mike no disparó. Esa decisión a medias (Half Measures) lo ha perseguido durante toda su vida y lo ha convertido en la persona que conocemos. Mike ya no parpadea, ya no titubea. Dispara. Y ese es el consejo que le dará a Walt y que éste tomará de una forma inesperada. Sí, porque el consejo de Mike, que es el deseo de Gus, es que Walt se deshaga de Jesse, que corte ese cabo suelto. Y la decisión final de Walt, respaldada por la oportuna noticia que ve en televisión, es la de atarse a su compañero.

Recapitulemos: Jesse se entera de que el culpable del asesinato de Combo es un niño; Jesse descubre que ese niño, manipulado por adultos, está vendiendo su cristal; Jesse decide tomarse su venganza, en parte porque Combo era uno de los suyos, su mejor amigo y porque no soporta ver a niños con problemas. Respecto a este último asunto, ya advertimos la semana pasada que Breaking Bad se había esmerado en contarnos la estrecha relación de Jesse con los niños, especialmente entrañable en Peekaboo. Y el señor Pinkman, haciendo gala de la humanidad que parece perder Walt por momentos, se niega a trabajar con los responsables de la muerte de su amigo. Y exige, en una de las escenas más tensas de la temporada, que Tomás se desvincule completamente del tráfico de drogas. Que levanten la mano los que han pensado que Gus mataría a Jesse. Que levanten la mano los que habrían matado a Walt si Gus hubiera matado a Jesse…

Tomás, la chispa que enciende la mechaTomás, la chispa que enciende la mecha

Durante toda la temporada nos han enseñado que Jesse aceptaba ser el tipo malo. Que se había dado cuenta de lo que era, un traficante, y que eso era lo único que sabía hacer. Walt, en cambio, parecía el bueno. Sólo lo parecía. En realidad estaba evitando un ejercicio de autocrítica, buscando excusas a todos sus actos debajo de las piedras. Esta situación se hace evidente en la escena en la que Jesse se queda solo en su defensa de los niños. Eso es lo que diferencia a Pinkman de todos los que están en esa sala. Todos.

El jefe soluciona la confrontación, ante la impasible mirada de Walt, con un apretón de manos que no tardará en perder validez. Walt, ¿qué narices te pasa? ¡Están amargando la vida de niños! Pero Walt no reacciona, como tampoco lo ha hecho cuando Jesse le pide la receta del ricino. Su idea no era mala: las hamburguesas de Wendy tendrían condimento extra para dormir eternamente a los traficantes de Gus. Nada de eso sucede. Y nada de todo lo que rodea a Walt, posiblemente acojonado por las inmensas garras de Gus (lo entiendo), lo hace entrar en razón. Nada… excepto la muerte de Tomás.

Cuando crees que esta serie no será capaz de… ¡lo es! Tomás ha sido asesinado. Y Jesse se siente tan responsable que decide, ahora sí, tomar medidas completas. Clap-clap-clap-clap… ¿lo escucháis? Soy yo aplaudiendo los últimos tres minutos del episodio, desde que Jesse recurre al cristal (otra vez nooooo) y a una pistola para sentenciar el asunto de Tomás hasta que Walt juega a Carmaggedon, sale del coche y cumple al pie de la letra el consejo de Mike. Im.Pre.Sio.Nan.Te.

Run!Run!

¿Tocará correr? ¿Tendremos que completar esas medidas asaltando a Gus, la parte más alta de la cadena? Por lo pronto, hemos recuperado a Walt. Al Walt que conocimos en las primeras temporadas y que tomaba decisiones basándose en el sentido común, aunque a veces necesitara de su alter ego Heisenberg para tratar algunos asuntos. Es evidente que Walt ha elegido un camino, posiblemente el más difícil, pero también el más fiel con sus principios y sus orígenes, que están en una caravana en medio del desierto con Jesse al lado. Sí, Jesse merecía que le salvaran el culo, aunque Walter Junior no pueda utilizar el coche para hacer su examen de conducir…

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