Review Breaking Bad: Fifty-One

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Recordáis la escena de Mike repartiendo el dinero con Jesse y Walt, ¿verdad? Si volviéramos al primer día de serie, en lugar de Mike pusiéramos a Vince Gilligan y cambiáramos el dinero por minutos en pantalla, el cocinero jefe habría entregado decenas de montones a Walt, unos pocos a menos a Jesse, habría guardado un montoncito para Hank y los villanos de turno (Tuco, Hector, Gus) y las migajas se las habrían repartido entre Marie, Skyler y Junior. A Walt y Jesse, y en menor medida a Hank, su montón le ha dado para participar en todos los capítulos, pero Skyler ha tenido que contemporizar sus apariciones. Hasta que ha llegado Fifty-One, día del 51 cumpleaños de Walter White, y la mujer de Heisenberg ha hecho un all in. El matrimonio de Skyler y Walt, pero sobre todo Skyler, centra la atención de un capítulo tan relajado como necesario, en el que la bomba de relojería ha explotado incendiando el hogar de los White. No hay marcha atrás después de Fifty-One, el cumpleaños más triste de la vida de Walt si no fuera porque ya hemos visto el siguiente…

  • Episodio 5×04: Fifty-One
  • Fecha de emisión: 05 de agosto

Un buen amigo me comentaba el otro día que está deseando que Walt complete su transformación en Heisenberg para eliminar a su verdadero enemigo de la quinta temporada. Muchos pronosticamos que Hank sería el rey blanco este año, y posiblemente lo será en la segunda parte de la temporada, pero en esta primera Walt debe competir contra un peón negro, un enemigo débil, el más vulnerable de cuantos se ha enfrentado, pero a la vez el más destructivo y el más capacitado para hacerle daño: Skyler White. No entra en mis planes que Walt mate a Skyler, porque eso supondría matar la idea que nos ha traído hasta aquí (llevar dinero a casa por si el cáncer…), pero no puedo negar que en más de una ocasión he deseado que Skyler se dejara arrastrar por la ola del dinero y la vanidad… o se hundiera para siempre. Y a punto he estado de dar en el clavo. En cualquier caso, no debemos perder de vista que el verdadero Scarface de Albuquerque es Walter, no Skyler, cuya preocupación por la integridad de sus hijos es lo más coherente del mundo. Fifty-One carece de explosiones, persecuciones e imanes gigantes, pero es el mejor acercamiento a los personajes de una serie que mi mente es capaz de recordar. Soberbio.

Breaking Bad arrancó con el cumpleaños 50 de Walt y la última temporada lo hizo con el 52. Fifty-One es el aniversario que nos quedaba colgado entre medio y la serie lo ha aprovechado de forma magistral para mostrarnos cómo era Walt, cómo ha sido durante los últimos 12 meses y en qué se ha convertido. Sin necesidad de flashbacks, porque a veces basta con verbalizar un simple recuerdo, con una mirada perdida o con una lágrima desbocada para evocarnos un pasado mejor… o un aterrador futuro. En este 5×04, el matrimonio de los White sube al estrado para confesar sus pecados y sus temores, pero también para pinchar la burbuja de tensión que Walt había creado y a la que, por su reacción, era ajeno. La película de cristal que se había montado el químico se ha hecho añicos como su azulada meth en una escena brutal, salvaje, quizás la mejor de la serie y sin duda la más importante de la quinta temporada, en la que Skyler ha escupido una verdad envenenada y en la que su marido se ha disfrazado de Heisenberg sin ponerse el sombrero. Uno se pregunta si el verdadero Walt nunca existió, si las terribles circunstancias que lo han rodeado lo han convertido en lo que hoy es o si Heisenberg siempre estuvo allí, como el Oscuro Pasajero de Dexter. Por cierto, la gota de sangre cayendo por la cabeza de Walt, el hilo dental en manos de Skyler… ¿no os ha recordado muchísimo a la intro de Dexter?

Antes de recrearnos en “la escena”, conviene repasar cómo hemos llegado hasta ella, porque Fifty-One ha trabajado con maestría el momento del clímax. No es nuevo para nosotros que Skyler está más incómoda en su casa cuanto más cerca está de su marido. Walt no tiene la panorámica que tenemos los espectadores cuando Skyler se va a dormir, no ve sus lágrimas silenciosas ni lee el terror en su rostro, pero debe ser consciente de que su matrimonio hace aguas. Y si no, seguro que se huele la tostada cuando Skyler le repite por activa y por pasiva, sobre todo por pasiva, que los niños deberían estar alejados del hogar por su seguridad. Es entonces cuando el ego de Walt se transforma en dos tapones naranjas para los oídos. Y es entonces, también, cuando decide tirar de dinero, que no tiene boca para recordarle la cruda realidad, para comprar la felicidad en forma de coches de lujo. Para él y para Walter Junior, claro, porque si existe una guerra en ese hogar, Walt debe asegurarse la munición de su hijo. Y ya sabemos que Junior tiene buena puntería con su madre. La escena de padre e hijo discutiendo en la mesa por su habilidad al volante, con Skyler de fondo ausente, es la primera toma de contacto con una dramática situación que se repetirá poco después, en la fiesta de cumpleaños de Walt. Porque sí, es el aniversario del paterfamilia, aunque lo identifiquemos por la tradición de las tiras de bacon, no por la alegría que se respira en casa.

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¿Sabéis lo que más me ha sorprendido del capítulo? No, no es el famoso cara a cara entre Skyler y Walt, ni el momento cena de cumpleaños, ni la compra visceral de los automóviles. Lo más sádico, lo más bestial, lo más despiadado, es que Walt esperara que su mujer le hiciera una fiesta sorpresa. ¿En serio, Walt? O sea, ¿tanto se ha alejado de la realidad este hombre? Desde aquel tétrico I Fogive You del 5×01, Mister White ha desvirtuado su día a día, ha clavado una guadaña a la empatía y se ha puesto el traje del superhéroe insensible. O eso, o es un sádico cabrón. Y cada vez tengo menos claro cuál es la respuesta adecuada. En fin, que Walt esperaba amigos vestidos con gorritos y matasuegras y se ha encontrado una austera cena con sus cuñados. Una cena tan tensa y violenta desde el punto de vista argumental como fascinante en el apartado técnico. Todo el capítulo es una maravilla (toca darle las gracias a Rian Johnson), pero la cena es para que aparezca en cualquier manual de dirección, con intercambios entre planos y un inexistente foco luminoso sobre la figura de Skyler, que está a punto de venirse abajo. Las conversaciones van quedando poco a poco en un segundo plano, hasta el punto que cuando Walt está haciendo su discurso de agradecimiento, cuando Walt está siendo más Walt que nunca (demasiado tarde, demasiado irreal), la cámara está dentro de la cabeza de Skyler. Y de repente está en su mirada perdida. Y luego en el agua. Y luego en su lento caminar hacia… ¿hacia dónde? Y, finalmente, en el interior de la piscina, donde lo único que pretende Skyler es dejar de oír a ese hombre calvo y con gafas que un día fue su marido. Y allí abajo, por extraño que parezca, está en paz. Precioso. Al menos, hasta que llega Tiburón…

La estúpida acción de tirarse a la piscina es una metáfora de lo que vendrá después, cuando realmente se produce el salto con trampolín, con doble tirabuzón y entrada en bomba. Skyler reune fuerzas para enfrentarse a su marido, al que es imposible enganchar con la guardia baja. Le dice, loca ella, que no quiere que sus hijos crezcan en ese ambiente, que ha intentado por todos los medios que él se diera cuenta y que la única forma que ha encontrado para alejarlos de él ha sido mostrando una no-tan-falsa inestabilidad mental. Junior y Holly pasarán unos días con sus cuñados, presentes en la escena del hundimiento. Walt, como decíamos, nos hace creer que es ajeno a esta realidad. Es en ese momento cuando el profesor de química le da la palmada a Heisenberg, que entra en el ring para ganar una batalla absolutamente descompensada. Heisenberg empieza acusando a Skyler, básicamente, de montar planes de mierda. Lo hace con esa cara y esa voz que le volverá a dar el Emmy a Bryan Cranston, y cada paso que da hacia su mujer es más amenazante que el anterior, hasta el punto que muchos pensamos que la agresión sería física, no sólo verbal. Walt abusa de Skyler, la domina y juega con su miedo. Y ella, que ya ha dicho que hace all in, muestra su primera carta: “This is the best I can come up with! I’ll count every minute the kids are away from you as a victory” (¡Esto es lo mejor que se me ha ocurrido! Y contaré cada minuto que los niños están alejados de ti como una victoria”) Heisenberg no se detiene y ataca, ataca y ataca. Recurre a esa superioridad emocional para hundir todavía más a su esposa. Baja al barro para decirle que la internarán porque él mismo la acusará de estar loca. Y Skyler responde que se golpeará, si hace falta, para hacer creer a todo el mundo que es una esposa maltratada por un hombre celoso que no perdona su infidelidad. Entonces Walt baja todavía más, a los infiernos, y mete a Walter Junior en la conversación. Hasta que ella, tan hundida como ha querido él, saca su última carta: esperaré. ¿Esperar a qué, se pregunta Walt? “For the cancer to come back” (A que vuelva el cáncer). Si no es la escena más jodidamente salvaje que nos ha dado esta serie, entonces Holocausto Caníbal es una peli de Disney.

Skyler espera que vuelva el cáncer, aunque bien podría haber dicho: “espero que dejes de ser este hombre y que esta familia pueda dejar de ser una cárcel, espero que nunca vuelvas a darme miedo, espero que te vayas y que no vuelvas y espero que te pillen, pero como resulta que sólo conoces el sabor de la victoria, he de esperar que regrese el único enemigo capaz de tumbarte. Y, al final, espero que te mueras“. Así de claro. El hecho es que el tiempo parece que le dará la razón a Skyler, ya que en el cumpleaños 52 de Walt vimos que estaba tomando pastillas y tosía como en los días más oscuros de la enfermedad. Además, que ya sabemos lo implacable que es el cáncer y lo fácil que es pasar de la “remisión” a la “sin remisión”. Por cierto, si antes anunciaba el emmy a mejor actor de drama, ahora os presento a una de las nominadas a mejor secundaria de drama: Anna Gunn. Sensacional durante todo el episodio, sobresaliente en esta escena. Para mi, su mejor actuación de la serie.

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Ya podemos decir que el cáncer ha marcado los acontecimientos más importantes de la vida de Walt en los últimos meses. Cuando se lo diagnosticaron y aquel médico manchado de mostaza se lo comunicó, cambiando su vida para siempre. Meses después, cuando la enfermedad empezó a remitir y Walt, en lugar de alejarse del negocio de la meth, metió los dos pies: coincide temporalmente con los acontecimientos finales de la segunda temporada. Y ahora, cuando Skyler ha hundido el barquito de papel de su matrimonio apelando a la enfermedad. Por eso volvió a fumar, porque cada cigarrillo es un empujón al cáncer. Desesperadamente terrorífico. ¿Y sabéis lo peor? Que, como decíamos al principio, no podemos despedazarla: ella era una buena contable, una gran esposa y una madre ejemplar, pero Walt la convirtió en cómplice de sus asesinatos, en narcotraficante y en blanqueadora de dinero. Estas son las consecuencias.

Han pasado otras cosas en este Fifty-One, pero ni la mitad de importantes que el incendio en casa de los White. La timorata Lydia se la ha intentado jugar al triunvirato (Mike-Jesse-Walt). Su táctica ha colado con Jesse, más inocente que Holly, pero Mike le ha visto el truco en menos de diez segundos. Porque ha sido Lydia la responsable, ¿no? De ser así, por su bien, espero que tenga un último as en la manga, porque no se me ocurre nadie con menos capacidad para perdonar que el señor Ehrmantraut. Imaginad si ya te ha perdonado una vez… En fin, que la jefa de Madrigal se quiere bajar del barco, cerrando el grifo de la metilamina, lo que significa que no habrá más conciertos de los Vamonos Pest. Sí, definitivamente, Lydia la ha liado. Espero que el bueno de Jesse medie en todo este asunto, será la única forma de que la señora no acabe como aquel pobre chino, pintando las paredes con sangre de su cerebro. Yo le he cogido cariño a Lydia, gritando en el cojín, con sus zapatos diferentes y su constante nerviosismo. Pero, como dice Mike, no se puede ser sexista. Y ella es el eslabón débil de la cadena, así que conviene cortar y volver a unir por las partes fuertes.

¿Más cosas importantes? El ascenso de Hank. El nuevo jefe le hace una propuesta de trabajo al crack de la DEA, aunque a todos nos ha sonado como una de esas “sugerencias” que no se deben rechazar. Es una oportunidad fantástica para él, pero es evidente que no la quiere aceptar ya que eso supone desvincularse del caso Pollos Hermanos. Y si Hank se ha levantado, si camina, es porque al final del trayecto está Heisenberg. Gus ha muerto, pero la droga azul sigue cocinándose, así que no sólo no hay motivo para cerrar el caso, sino que cree estar más cerca de los malos que nunca. Difícil situación para el policía, cuya figura ha crecido a la sombra de la de Heisenberg. Ha perdido movilidad, ha perdido impulsividad, pero ha ganado capacidad de análisis y se está doctorando en deducciones acertadas. Otro detalle a destacar: la escena del bacon. Pobre Walter Junior, para una cosa buena (el desayuno) que tiene en esta serie…

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Cerramos con una escena mucho menos circunstancial de lo que parece: Walt vende regala su coche no sin antes recoger el sombrero de su interior. No es un sombrero más, aunque en Albuquerque los calvos lo deben llevar por prescripción médica, es el elemento que Walt utilizaba para transformarse en Heisenberg. Lo llevaba cuando fue a ver a Tuco o cuando amenazó a aquellos cocineros de pacotilla en un supermercado. Lo ha utilizado varias veces, pero siempre en solitario. El hecho de que se ponga el sombrero delante de su hijo es una forma de, entededme, sacar del armario a Heisenberg. La transformación ya es pública: adiós a Walt, hola a Heisenberg. ¿Y quién es Heisenberg? Un tipo que conduce coches de lujo, es capaz de amenazar incluso a su mujer y matar a los que se acercan demasiado al sol.

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