Review Breaking Bad: Dead Freight

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Vince Gilligan rodeado de su equipo de guionistas en la sala de mando de Breaking Bad. Los guionistas: “no, no serás capaz, ¿no?” Y Gilligan: “que sí, joder, que sí, que la vida es así de cruda, que esto no es una película de Spielberg“. Guionistas: “ya, ¿pero te das cuenta de que estás abriendo una puerta de un sola dirección? No hay marcha atrás…” Y el cocinero jefe: “señores, dejad en el suelo la compasión y los convencionalismos, estamos subiendo la escalera de la violencia y el terror. Y ha llegado la hora de sentarse arriba del todo a contemplar tu obra… o de saltar. ¿Alguien quiere saltar?” Los guionistas intercambian miradas, nadie dice nada. Gilligan retoma la palabra: “¡Pues dispara esa maldita pistola!

  • Episodio 5×05: Dead Freight
  • Fecha de emisión: 12 de agosto

Pertenezco a esa aburrida estirpe de espectadores que aparentemente ni siente ni padece. Visto una especie de coraza que siempre me recuerda que aquello que está sucediendo ante mis ojos no es más que ficción. Soy de los que no se escandalizan por nada. De los que no lloraron ni con el final de Six Feet Under. El Dexter de los televidentes. Había llegado a pensar que un día, tal vez escuchando All Along the Watchtower, me despertaría y volvería a mi planeta con un cargamento de información de los humanos. Pero Vince Gilligan me ha roto la ilusión de ser un cylon. No lo soy. El final de Dead Freight me ha sentado como una patada en la conciencia, un puñetazo que ha hecho que me tambalee (a pesar de estar tumbado), que ha activado un resorte en mi interior obligándome a pronunciar un desesperado… “¡nooooo!” y que ha motivado una secuencia que estoy seguro que se ha repetido en más de un hogar: Manos a la cabeza. Ojos como platos. Mano a la boca. Mano al mouse: volvemos a poner la escena. Manos a la cabeza. Ojos como platos. Mano a la boca. A-lu-ci-nan-te.

Teníamos clarísimo, porque la serie nos tiene bien enseñados, que el niño que protagonizaba la primera escena tendría presencia en el capítulo, pero no cabía en ninguna cabeza que sería en un final así. Breaking Bad es pura violencia. Gilligan no se anda con tonterías porque ese universo, el del tráfico de drogas, no está para bromas. Y si algo tiene Breaking es que, dentro de la lógica de la ficción, es sumamente creíble y fiel a lo que puede estar sucediendo en cualquier parte del mundo. Sin embargo, hasta ahora había respetado a los niños, al menos en lo que al bando de Jesse y Walt se refiere. Gus no, porque Gus era el malo, un villano capaz de todo. Pero Jesse y Walt podían presumir de que su contador de muertos estaba “justificado”: unos eran traficantes, otros cocineros, todos estaban en el negocio y sabían a qué se enfrentaban. Desde que Walt envenenó a Brock, dejando claro que sería capaz de todo por eliminar al Pollo Hermano, Walt es Gus. Y en el reino de Gus, que ahora es el reino de Heisenberg, los niños también pueden morir. Así que no podemos decir que no nos hubieran advertido, incluso en el propio episodio. Cito a Mike:

I’ve been around long enough to know there are two kinds of robberies: the ones that get away with it and the ones that leave witnesses.

Sabe el viejo Mike que sólo hay dos tipos de robos: los que funcionan y los que dejan testigos. Y éste es de los segundos, aunque para ello han tenido que traspasar la última frontera de la violencia. ¿Sabéis qué es lo más paradójico? Que la muerte de ese niño traerá consecuencias mucho más graves que si estuviera vivo. En fin, luego comentamos esas consecuencias. Vamos a empezar por el único actor que podría poner en duda el Emmy de Bryan Cranston: ¡Walter White!

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Creo que lo he entendido. Me ha costado, pero lo he entendido: Walter White no es un narcotraficante, es un malabarista que está probando cuánto se puede tensar la cuerda. En serio, a veces creo que las acciones de Heisenberg responden a las típicas conversaciones cerveceras entre amigos: “¿a que no tienes narices a bebértela del tirón”. Pues aquí lo mismo, sólo que un poco más salvaje: “¿a que no te atreves a envenenar a un niño? ¿A que no tienes narices a poner una bomba en una silla de ruedas? ¿A que no te montas una película sobre tu fracaso matrimonial para colarte en la oficina de tu cuñado, jefe de la DEA, e instalarle un micrófono?” Y Walt, uno por uno, va cumpliendo con todos sus objetivos. Tensa la cuerda hasta límites imprudentes, en parte porque siempre ha ganado, en parte porque no tiene nada que perder. Su papelón en la oficina de Hank es inmaculado. Para el policía, es tan creíble como incómodo que su cuñado se derrumbe: está enfermo de cáncer, lleva unos cuernos del tamaño de Albuquerque y sus hijos están fuera del hogar. Un papelón que, por cierto, también es sumamente cruel. Primero, porque ese micrófono puede poner en peligro la carrera de su cuñado, al que tiene engañadísimo. Pero, por encima de todo, es despiadado porque vuelve a dejar a Skyler a la altura del betún a ojos de la familia. Doble victoria. Sólo le ha faltado decirle a su esposa: “mira ¿lo ves? Así se monta un plan”.

Un micrófono que ha servido para salvarle el cuello a Lydia, que a estas alturas de la película se ha convertido en la Bear Grylls de New Mexico. Sobrevivió cuando Mike le puso una pistola en la cabeza y ha sobrevivido ahora, cuando todo apuntaba a que era una traidora y su cabeza iba a quedar monísima en una pica. El triunvirato ha votado sobre qué hacer con ella, como si realmente las decisiones que se tomaran fueran democráticas (¡ja!), y sólo Jesse ha levantado el brazo para salvarle la vida. Espero que cuando todo esto acabe, el destino sea condescendiente con Pinkman. Al final, una conversación de Hank con su equipo ha desvelado la verdad: el GPS del tanque de metilamina pertenece a la DEA, en una chapuza que podría haber firmado cualquier servicio secreto español. Así que Lydia es inocente. Y Jesse nos da una lección que luego no se aplica demasiado bien: preguntar antes de disparar. No es la única: se puede convertir Breaking Bad en una antigua película del oeste. Y es que la mejor forma de conseguir metilamina, una vez los dos gallos del gallinero han dicho la suya, sale de Mr. Pinkman: robar un tren. Yeah, magnets!

Para una serie con raíces de western (el desierto, el villano con sombrero), es casi un homenaje a sí misma que sus protagonistas asalten el viejo expreso para robar lingotes de oro, que en este caso son líquidos, algo más espesos que el agua y que acabarán convirtiéndose en oro azul. Pero antes de ponernos el pañuelo en la boca y colgarnos el revólver, nos hemos de detener en un par de escenas: la primera, en casa de Hank, donde los hijos de los White conviven, unos (Holly) mejor que otros (Junior), con sus tíos. El caos en la vida de Skyler y Walt está afectando a Flynn, que se siente como una bola de pinball. Sale rebotado de aquí y de allá. Y lo más molesto es que nadie le da una explicación. Lo entiendo. La segunda escena importante tiene lugar en casa de Walt, donde nos encontramos con la nueva Skyler. Después de su implosión de la semana pasada, entre ellos ya no hay nada que discutir: él cocina y mata, ella blanquea y calla. No es su esposa, sino su rehén. Eso sí, no descansa en su cruzada por hacerle ver a Walt que los niños deben vivir alejados de ese hogar. Y esa angustiosa frialdad parece que empieza a dar sus frutos, ya que el ego de Walt ha empezado a ceder. Claro que, a estas alturas, Heisenberg ya había montado su escenita en el despacho de Hank. El calvo no da puntada sin hilo.

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Pongamos ahora música de western para comentar una de las escenas de mayor tensión que nos ha dado Breaking Bad. ¿Cuánto dura el asalto al tren de la metilamina? ¿Diez minutos? ¿Quince? La preparación, en la que se mide exactamente dónde se detendrá el tren, en la que se crean los agujeros para los tanques y en la que se ordenan los artilugios del cambiazo. La entrada en escena de los actores, con ese conductor parado en medio de la vía, el Mike observador y el Todd (recuerda su nombre) como tercer vértice del triángulo: Walt-Jesse-Todd. Y la acción, cuando las piezas se alinean (y los astros, para qué engañarnos) y la misión tiene éxito. De esta brillante secuencia, que vería una y otra vez si no fuera porque parecería un jodido maníaco, es necesario que nos quedemos con dos detalles. El primero, la conversación entre Jesse, Walt y Todd antes de empezar el asalto.

  • Jesse: El tema es que nadie, excepto nosotros, puede saber jamás que hemos llevado a cabo este robo. Nadie. ¿Lo pillas?
  • Todd: Sí, totalmente.
  • Walt: [Con su mirada más desafiante] ¿Estás seguro?
  • Todd: Sí, señor.

Esto, poco después de que Todd dijera: “You guys thought of everything!” (¡Tíos, habéis pensado en todo!) Y el ego de Walt, un poquito más lleno que ayer. El segundo detalle que rescatamos de la escena (¿he dicho ya que me parece fantástica?) es la pasividad de Walt a las órdenes de Mike, que apuesta por abortar la misión antes de acabar. Walt no entiende de victorias a medias. Se lo agradecemos, porque la tensión que ha generado su orgullo es una inyección de entretenimiento para nosotros, pero algo me dice que Mike no va a aguantar muchas tonterías de este estilo. Ehrmantraut lleva grabado a fuego la primera lección del Código de Harry que sigue Dexter: “que no te atrapen”. Y Walt, como ya hemos comentado antes a raíz de la escena del despacho, sigue tensando la cuerda… para saber hasta dónde puede crecer su megalomanía. Cuando nos acerquemos al final de la serie habrá tiempo de comentarlo, pero son los delirios de grandeza los que acabarán traicionando a Walt. Nadie gana siempre. Nadie. Ni Heisenberg.

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Llegamos al final. Un final que, como decíamos por ahí arriba, traerá consecuencias muy importantes al grupo. Pensad que ni siquiera Mike, en su infinita profesionalidad, fue capaz de matar a Lydia por ser madre. Y los asesinatos de Walt y Jesse, que siempre han sido bastante traumáticos (sobre todo para Pinkman), tenían sentido: la mayoría para salvarse el culo. Repasemos: Combo era colega de Jesse, pero era un traficante; Tomas, el hermano pequeño de Andrea, también era muy joven, pero se metió en la boca del lobo; Gale era un buen tío, pero cocinaba meth y amenazaba el control de los fogones; joder, incluso Jane era una yonqui que podía amargar la vida a Jesse. Pero ese niño del final de Dead Freight representa la más pura inocencia. Su único pecado es estar en el sitio equivocado en el momento equivocado. De ahí ese grito que todos hemos dado con Jesse cuando Todd, siguiendo órdenes (“nadie, excepto nosotros, puede saber jamás que hemos llevado a cabo este robo”), aprieta el gatillo con una precisión y una templanza acojonantes. Y cambia para siempre la realidad de Breaking Bad.

¿Consecuencias? La más inmediata y visceral será la de Jesse, que seguro que se replantea su vida. La debilidad de Pinkman son los niños, como nos contaron con suma ternura y virulencia en Peekaboo, entre otras. Así que no esperamos de él otra cosa que no sea renunciar a un equipo que tenga las manos manchadas de sangre. De esa sangre. Por lo que respecta a Walt, en su recién estrenado papel de actorazo, espero una preocupación fingida que dé paso a la toma de decisiones controvertidas. Y es que no me extrañaría que Heisenberg, visto lo visto, decidiera fichar a Todd como su nueva mano derecha. Todd está muerto para Jesse, pero ha ganado muchos puntos para Walt. En el caso de Mike, imagino que las habrá visto de todos los colores, y está muy comprometido con sus hombres (encarcelados la mayoría), o sea que sabrá distinguir el negocio de las emociones. Eso sí, no dudo que llegado el momento remará siempre en dirección a la orilla de Pinkman. La mayor consecuencia, en cualquier caso, es para el negocio en sí, ya que la brecha que se abrirá en el grupo será bestial. Sí, tienen metilamina para parar un tren (perdón), pero por el camino han perdido la integridad. Qué final. Qué maravilla de serie. Cinco estrellas y porque no puedo poner seis…

Y antes de acabar con unos datos absurdos, dejadme que os dé un último consejo: nunca, bajo ningún concepto, dejéis que vuestros hijos vayan a recoger arañas al desierto.

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Dato curioso número 1: George Mastras debuta en la dirección con Dead Freight, que vendría a ser como si a un guitarrista que empieza lo lanzaran a un concierto de Dire Straits… y lo hiciera genial.

Dato curioso número 2: Si alguna vez os están apuntando con una pistola en la cabeza, seréis tan buenos actores y actrices como Meryl Streep.

Dato curioso número 3: ¿es el episodio de Breaking Bad con menos escenarios de su historia? De la oficina de Hank saltamos al subterráneo donde está Lydia, de allí a casa de Hank, a casa de Walt y finalmente al desierto. Punto.

Dato curioso número 4: Heat, la película que Hank quiere ver con Walter Junior, va sobre un policía y un ladrón que se muestran sumo respeto por sus brillantes trayectorias, pero que son conscientes de que un día acabarán matándose. ¿La habéis visto? Si es que no, id corriendo a verla ahora mismo, que voy a recordar una gran frase de la peli: “Nunca admitas nada en tu vida que no puedas dejar en menos de cinco minutos si la poli te pisa los talones”. Walt podría olvidarse de Skyler en medio minuto, ¿pero podría dejar atrás a Walter Junior y Holly?

Dato curioso número 5: La semana pasada Walt nos entregó una frase que acabaría siendo profética: “Nothing stops this train. Nothing”. El de los Vamonos Pest no, el otro sí.

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