Review Boardwalk Empire: You’d be surprised

El quinto de la tercera temporada ha sido un episodio cargado de emociones: ira, humillación, miedo, celos, desengaños… casi todos los personajes han experimentado alguna de estas, u otras, emociones. Incluso su protagonista, que se lleva la peor parte. Y a otros los hemos visto más humanos, en este sentido, de lo habitual.

El más llamativo, por lo inédito de la situación, es el caso de Nucky Thompson, que recibe una severa reprimenda por parte de Arnold Rothstein, que visita Atlantic City para pedir explicaciones por el corte del suministro de un alcohol por el que ha pagado. No le sirven las excusas: ni la matanza de 11 hombres de su distribuidor como atenuante, ni las condiciones de las carreteras secundarias en esta época del año, ni la presencia del incomodísimo Gyp Rosetti, que al fin y al cabo responde ante Masseria, con el que Rothstein tiene una “muy delicada tregua” en Nueva York. Por cierto, mención especial a la mejora de la situación de Eli Thompson a los ojos de su hermano tras lo ocurrido en el episodio anterior, como pronosticaba quien esto escribe.

Nunca lo habíamos visto echando estas broncas, y menos aún al protagonista de la serie, que aquí prácticamente no tiene nada que responder, excepto cuando Rothstein saca el tema de Billie Kent, la mujer con la que estaba Nucky el día de la masacre, paradójicamente lo único en lo que tiene razón en realidad. La respuesta, sin embargo, no tiene desperdicio, y nos permite saber que Rothstein es impotente.

Por otra parte no podemos negarle la razón al mafioso de Nueva York, y es que ha pagado por un producto que no le llega nunca, así que decide tomar cartas en el asunto y visita a Rosetti en su nuevo hogar, Tabor Heights. Allí el siciliano le ofrece hacer negocios con él al mismo precio que tenía pactado con Nucky Thompson, y Rothstein se muestra reacio, pero toma nota de la dirección de Rosetti cuando este se la da a un repartidor de periódicos al que asusta simulando, por enésima vez en lo que llevamos de temporada, que está ofendido, en este caso por recibir un periódico con noticias del día anterior.

Este momento tiene una importancia mayúscula para el desarrollo del episodio, aunque se produce de forma tan casual que me atrevería a calificarlo de deus ex machina: tras suscribirse al periódico, y mientras se encuentra en pleno acto sexual con su camarera favorita, que precisamente es la que lo estrangula con un cinturón al principio del episodio mostrándonos las preferencias sexuales de este animal, entra en su residencia un chavalín repartidor que teóricamente sustituye al habitual, y empieza a cargarse a los hombres de Rosetti a balazo limpio, pero no consigue matar al objetivo principal, que usa a la pobre camarera como escudo humano.

Vemos, cuando el chaval sale, y después de matar al repartidor auténtico, que se trata de Bugsy Siegel, el chico al que tienen empleado Meyer Lanski y Lucky Luciano y, por consiguiente, bajo las órdenes de Rothstein. ¿La visita a Gyp Rosetti tenía como objetivo descubrir su dirección? Porque a juzgar por el desarrollo de las circunstacias es lo que parece, y que se consiguiera por un hecho tan casual como la suscripción a un periódico reafirma esa sensación de “cogido por los pelos” que comentaba.

Por otra parte la escena da paso a un momento, de sabor Tarantiniano, que pasará a la historia de la tercera temporada de la serie y de Boardwalk Empire en sí misma: un Gyp Rosetti que se ha salvado por los pelos tras ahuyentar al chaval con sus propios disparos sale de la habitación, desnudo y con el cinturón todavía en el cuello, cubierto de sangre, sudando y atemorizado. Y a pesar de que se trata de una serie de la HBO y por ello se ha visto desnudez con genitales incluidos en alguna ocasión, estos casi siempre han sido femeninos y, si los ha habido masculinos, han sido fugaces. Pues bien, en esta escena Rosetti decanta claramente hacia el sexo masculino la cantidad de metraje dedicada a las partes pudendas, aunque haya sido en un plano cenital. Sí, cenital, con ce.

Nos vamos con la familia Darmody, que desde hace semanas solo está representada por Gillian. En esta ocasión tampoco aparecen ni Tommy ni Richard, al que se empieza a echar de menos, pero sí tenemos la visita de un viejo conocido de la serie y, también, de los que vimos Los Soprano. Se trata del abogado Leander Cephas Whitlock (Dominic Chianese), que aquí aparece para aconsejar a la madame sobre cómo conseguir dinero para reformar el burdel, ante la negativa de Luciano de aportar más dinero a un negocio que no le da beneficios.

El anciano, que por achaques de la edad no puede ni sentarse, le recomienda a Gillian dos formas de solucionar las pérdidas de su negocio: sacar a las chicas a la calle para atraer a los clientes, lo que rebajaría el prestigio del local, o hipotecar la casa, pero en este caso debería iniciar los trámites para que Jimmy fuera declarado legalmente muerto, de forma que la vivienda fuera heredada automáticamente por el pequeño Tommy y ella pudiera utilizarla para pedir una hipoteca.

Esta escena nos sirve para confirmar el grado de conocimiento de la situación de Jimmy Darmody por parte de su madre, después de unos cuantos capítulos en los que hemos tenido que sacar conclusiones sin más información: ella no sabe que está muerto, solo lo sospecha, pero se aferra a la idea de que está en una de sus largas ausencias, aunque cada vez le queda menos esperanza. Así, después de escribirle una carta en la que le pide que vuelva, decide esperar un poco más y optar por la primera opción, la que le quita una o dos estrellas a su prostíbulo de lujo, y las chicas salen a la calle.

En el capítulo de las apariciones interesantes tenemos el debut del Secretario del Tesoro, Andrew W. Mellon, interpretado por el gran James Cromwell (Six Feet Under, 24…), al que una comisión del Senado cita para que declare en una investigación dedicada a esclarecer las sospechas de corrupción que pesan sobre el Fiscal General.

Mellon, uno de los impulsores de la Prohibición, sigue apostando por la medida pero manifiesta su inquietud por la gran cantidad de dinero que se está destinando a la lucha contra el contrabando y la distribución ilegal de alcohol en relación con las pocas detenciones que se están haciendo, si bien es cierto que estas declaraciones tienen su raíz en la poca simpatía personal que Mellon siente por Daugherty.

El número 2 del Fiscal General tiene un encuentro con otro interesante personaje, al que conocimos hace poco, y que no es otro que Gaston Means, un especialista en información, que le recomienda que su jefe entregue a algún pez gordo o de lo contrario las cosas se le pueden torcer. Se avecinan, pues, nuevos problemas para Nucky Thompson, dado que Harry Daugherty es uno de los muchos políticos a los que el protagonista tiene en nómina.

Pero estos no son los únicos problemas de Thompson. Lo hemos visto humillado por su “homólogo” neoyorquino, y aquí veremos lo mal que lleva que Billie se dedique al mundo de la farándula: en su día a día está en contacto con muchos hombres, que le ponen la mano encima por exigencias del guión, pero consigue sobreponerse y quiere ayudar a su chica a triunfar en su carrera, así que tras ver que su proyecto actual se va al garete por culpa de un mal actor decide que Eddie Cantor, personaje esporádico de la serie y el tipo con el que vimos a Billie en el 3×01, debe sustituirle. El histriónico actor y cantante no acepta, dado que tiene un contrato firmado para otro proyecto, pero Nucky tiene sus métodos para conseguir lo que quiere.

¿Os imagináis a estos dos hombres visitándoos por sorpresa y pidiéndoos una actuación, así de repente, y poniendo estas caras? Pues es lo que le ocurre a Eddie, que tras decirle que no a Nucky tiene que dar su brazo a torcer ante la humillación que representa tener que actuar en frío con un público tan poco acogedor como Chalky White y Dunn Purnsley, que no utilizan sus puños ni una sola vez, de forma que nadie podría llevar a juicio a Nucky por extorsión en este caso concreto. Es uno de los mejores momentos del episodio, pero Eddie se reserva una puñalada trapera: después de aceptar por intimidación le pregunta a Billie si ha oído hablar de Lucy Danziger, aunque evidentemente la respuesta es no. “La próxima tampoco sabrá tu nombre“, contesta él.

Pero Billie no es una cualquiera, no es una más de las amantes esporádicas de Nucky Thompson, esto ya lo hemos visto. El hombre está más que colgado por ella, y si hasta ahora estaba afectando a sus negocios desde este episodio las consecuencias de esta relación no podrían ir más allá: Margaret sigue repartiendo “flyers” de sus clases de sexualidad para mujeres en el hospital de Santa Theresa, que no van especialmente bien, y en estas que entra en la tienda de la señora Jeunet, donde trabajó por primera vez y donde conoció a la mencionada Lucy en la primera temporada.

Por cosas del destino aquí conocerá ella a su sustituta, porque pilla a Nucky, que teóricamente estaba fuera por negocios, comprándole un vestido a su nuevo amor. Y más tarde, en casa, Nucky pide perdón a su mujer por la forma en que ha tenido que descubrirlo, pero no le hace ninguna promesa del estilo de “no volverá a ocurrir” ni pronuncia ningún “te lo puedo explicar”. Simplemente pide ver a los niños antes de marcharse, a lo que ella responde negativamente. Con bastante serenidad pero alguna pulla, ambos reconocen que lo suyo hace tiempo que no funciona y Nucky se marcha advirtiéndole a Margaret que piense en su situación, al fin y al cabo lleva la vida que lleva porque es su mujer.

Como hemos ido viendo, en este episodio casi todo le sale mal a Nucky Thompson, y a pesar de que nos cae bien en cierta forma, o seguimos con interés sus historias, hay que decir que se lo merece. Aun así la que se lleva la peor parte es Margaret, a la que humillan por partida doble: por una parte la mencionada infidelidad de su marido, y por la otra el incómodo momento en el que el doctor Watson le presenta a su prometida.

Vengo diciéndolo desde hace tiempo: entre estos dos iba a surgir algo, y al parecer no va a ser así, pero que a Margaret le gustaba el médico ha quedado meridianamente claro. ¿La llevará esto, sumado al abandono de Nucky (del que por cierto todavía no conocemos el destino exacto), a los brazos de Owen? Probablemente.

Y una de las cosas que estaban pendientes desde el inicio de la temporada era cuándo Nelson van Alden iba a volver a entrar en contacto con Charles Dean O’Banion, el histórico mafioso irlandés de Chicago. Pues bien, ya ha ocurrido. El detonante ha sido la paranoia del ex policía: primero se ve acosado por los federales por algo que al final no es más que un problema en su declaración de la renta, y a continuación el agente que le perdonó la vida en el bar clandestino va a su casa y le dice que ya recuerda dónde lo había visto. Resulta que fue uno de los que le compraron una plancha y viene cabreado porque el aparato es una auténtica porquería.

Sigrid, la nueva esposa de Nelson, que vive cegada y realmente cree que su marido fue víctima de una campaña de desprestigio que lo hizo huir de Atlantic City, malinterpreta la situación y contagiada por la paranoia derriba al policía, ante lo que a Van Alden no le queda otra (si bien se le ocurre a la mujer) que cargarse al pobre hombre. ¿Y qué ocurre cuando matas a alguien en tu casa? Pues que tienes que deshacerte del cuerpo, y ahí es donde entra O’Banion, al que Van Alden acude para que le ayude a solucionar el problema. Obviamente sus destinos quedarán unidos para siempre.

Uno de los mejores episodios de la temporada, en mi opinión, por no decir el mejor, y es que se producen en él unas cuantas situaciones clave para la recta final (aunque es algo exagerado llamarla así) de la temporada. Y también tenemos moraleja, y no es “no le digas que no a Nucky Thompson” ni “no menciones tu dirección delante de un potencial enemigo”, sino “no vayas nunca a quejarte a casa de un comercial a puerta fría”.

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