Review Boardwalk Empire: Bone for Tuna

Boardwalk Empire nos ha vuelto a regalar esta semana una de esas escenas de apertura en las que a los pocos segundos nos damos cuenta de que estamos presenciando un sueño del protagonista, recurso ya utilizado anteriormente en la serie e incluso en The Sopranos y que aquí sirve para mostrarnos los problemas que está teniendo Nucky Thompson para dormir, que tienen dos orígenes.

Por un lado tenemos el obvio, el primero que se nos muestra, y que no es otro que su amor por Billie, a la que en este capítulo no vemos hasta el mismísimo final, pues Nucky pasa todos los ratos libres que tiene intentando contactar con ella por teléfono. La situación hace que el protagonista se desespere porque no se había encaprichado jamás, que sepamos, de ninguna mujer que sintiera menos que él, y con esta bailarina, ya lo hemos ido viendo, le tocará sufrir.

Pero no es lo único que le quita el sueño a Nucky, y es que por muy justo que se crea, por mucho que considere que todos los delitos que comete son solo negocios y que nada es personal, hay cosas que le reconcomen, y la principal el asesinato del traidor Jimmy Darmody, perpetrado con sus propias manos (bueno, por su propia pistola, pero ya me entendéis).

En el sueño inicial aparecía precisamente un niño, al parecer Jimmy de pequeño, con un agujero de bala en la cara, en el punto en el que Nucky le metió el primer pedazo de plomo en el sorprendente final de la segunda temporada, y el niño va apareciendo durante el episodio en varias ensoñaciones diurnas del señor Thompson, símbolo que cobra especial importancia e interés cuando el ex tesorero de Atlantic City, ahora solo contrabandista de alcohol, asiste bajo la presión de su mujer a la entrega de la medalla de San Gregorio por parte de la Iglesia en agradecimiento por sus donaciones a la misma, algo a lo que Nucky se resistía porque le repatea profundamente, no en vano estas donaciones son concretamente las tierras que Margaret donó en nombre de su entonces recentísimo marido.

Pero volviendo al tema, Nucky acepta a regañadientes asistir a la ceremonia y se deja colgar la medalla mientras de reojo mira a los monaguillos y cree ve en ellos al dichoso niño con el agujero sangrante en la cara, momento muy perturbador para un Nucky que, por muy frío que parezca casi todo el tiempo, en realidad sabe que no merece ningún reconocimiento por parte de los representantes de Dios en la Tierra.

Toda esta escena de la Iglesia también nos sirve para darnos cuenta de las grandes dotes de convicción, presión, manipulación y/o chantaje de las que empieza a hacer gala la antigua señora Schroeder, hoy esposa del protagonista, que primero fuerza un encuentro con el obispo que oficia la ceremonia y luego pone en un compromiso al doctor Landau, el director del hospital de Santa Teresa, al mentir al obispo asegurando que el doctor pretende abrir una clínica para los cuidados prenatales de las embarazadas, precisamente lo contrario a lo que el médico quiere.

Brillante jugada que hace que Margaret se salga con la suya (realmente hasta ahora no sabíamos cómo se las ingeniaría) y que le acerca, ahora sí, al joven doctor Mason. Y ya me disculparéis, pero percibo una tensión sexual entre estos dos personajes que me recuerda a la que terminó con Owen (aquí con un papel brevísimo) y la propia Margaret en la cama. Al fin y al cabo ella ya no parece estar enamorada de su nuevo marido y es caldo de cultivo para otra cana al aire, más aún con alguien que tiene ideas parecidas a las suyas.

Otro que tiene una capacidad de convicción considerable es Gyp Rosetti, que consigue llamar la atención de un Nucky Thompson que, como siempre con buenísimos modales y sin perder la calma, accede a darle el cargamento de alcohol equivalente a un mes a cambio de que terminen sus acciones de bloqueo de los envíos a Rothstein, no sin antes decirle que tiene una tendencia exagerada a ofenderse, cosa que nosotros llevamos viendo desde el inicio de la tercera temporada.

Esta recién aquirida paz sigue con una cena en Babette’s en la que si bien hay ciertos momentos de tensión (en serio, este tío tiene un problema de autoestima) también se produce una apacible conversación como las que solo los hombres de negocios o los políticos de partidos enfrentados saben llevar a cabo. La velada terminará con Nucky acompañando a Gyp al prostíbulo de Gillian Darmody, al que no entra por los motivos que el espectador conoce de sobra.

El que sí entra es el siciliano, que además está obsesionado con la pelirroja madre del difunto Jimmy Darmody. Después de percibir la tensión que provoca en Nucky la simple mención de la señora Darmody decide sacarle información a la madame, y se da cuenta de que el “desinterés” es mutuo. Genial el momento en el que Gyp, al enterarse de que el propi hermano de Nucky intentó matarlo, le dice a Gillian que una vez perdida la sangre de tu sangre no te queda nada, y ella asiente con expresión triste dándonos a entender, por cierto, que sabe de su hijo está muerto. Vale, no nos han contado si su cuerpo fue encontrado o no, pero tampoco sabíamos si Gillian estaba enterada. Ahora está confirmado.

Por otra parte ya sabíamos que la cena entre los dos rivales de esta temporada era más falsa que un euro con la efigie de Popeye, pero Rosetti mueve unos cuantos hilos en este capítulo y demuestra que quiere conocer a su enemigo al dedillo para asestarle, claro está, un golpe más fuerte y certero en el futuro.

Además, como bien dice Nucky, el siciliano es capaz de ofenderse con un simple ramo de rosas, y se toma a mal sus deseos de buena suerte, que considera sarcásticos, pero que dan para un juego de palabras que es el que sirve como título del episodio: Nucky repite, adaptándolo al inglés, el buona fortuna que Gyp pronuncia en el brindis de la mencionada cena, y cuando Rosetti va a recoger el cargamento que este le había prometido se encuentra no solo con que Nucky no se presenta, sino que además le ha dejado un recado por boca de Owen, que lee en un papel “Bone for Tuna“.

Y ahí es donde Gyp pierde los papeles, por fin después de un segundo episodio casi tranquilo, y se va a Tabor Heights, donde la gasolinera, para prenderle fuego al gordinflón del sheriff, que precisamente le da la idea advirtiéndole de lo peligroso de fumar cerca de un surtidor de combustible. Me encanta cuando a Gyp Rosetti se le va la pinza, ¿a vosotros no? Pero… ¿significa esto que el siciliano no acepta el acuerdo del cargamento gratis a cambio de dejar de tocar las narices? Ya lo veremos.

Vamos a dejar para un poco más abajo la que para mí es la mejor escena del episodio, porque después de su ausencia la semana pasada queremos saber qué ha sido de Van Alden, ahora George Mueller. En el primer capítulo vimos que establecía contacto con Charles Dean O’Banon, líder mafioso irlandés de Chicago, y también que las cosas no le iban nada bien al ex policía como vendedor de planchas. Augurábamos un cambio inminente de “trabajo” para él, pero este sigue sin producirse.

Lo que sí ocurre es que lo vemos hundirse más y más en la humillación, empeorada por una broma pesada de sus compañeros de trabajo con una pluma explosiva que lo deja lleno de tinta y más tarde, como guinda del pastel, cuando lo pillan en una redada en el primer día de su vida que decide aceptar una invitación para ir “a tomar algo”. Ya es mala suerte, le dice el agente que le pide la documentación, pero tras decirle que su cara le suena (al parecer del hecho de vivir cerca de su casa, pero nos queda la duda de si sabe que está ante el antiguo adalid de la Ley Volstead) le permite marcharse a cambio de un sobornillo. La humillación es extrema al ser regañado por el policía y todavía más cuando el mencionado soborno no pasa de un único billete que el agente encuentra en el monedero de este patético vendedor a puerta fría. Las cosas en casa le van mejor y nos regala una escena en la que vemos que su matrimonio con la niñera Sigrid no solo no es falso, sino que además hay pasión en él, pero Nelson van Alden está a punto de estallar. Dadle un capítulo.

A Chalky White no lo hemos visto esta vez, tampoco a Al Capone, pero sí han adquirido cierto protagonismo Lucky Luciano y Meyer Lansky, que tal como se empezó a mostrar en la segunda temporada están metidos en el negocio de la heroína, como buenos emprendedores visionarios que son. Ello les está acarreando ciertos problemas con Joe Masseria, otro mafioso histórico, que es el otro distribuidor de caballo en Nueva York.

En otro orden de cosas, pero sin dejar a Luciano, nos enteramos de que sigue relacionándose con la madre de su difunto ex amigo, ya no de una forma carnal como se había visto anteriormente, sino como inversor del prostíbulo, que se cae a cachos y así se lo dice Gillian, que reclama más dinero, pero parece que no va a verlo hasta que no empiecen a viajar hacia Nueva York los primeros dólares que el chico quiere recuperar de su inversión. Solo espero que no le caiga un trozo de techo a Gyp Rosetti en una de sus visitas, de lo contrario se va a liar una buena.

Dejamos para casi el final la mejor escena del capítulo: Mickey Doyle alardea, para sacarle más dinero a un cliente, de haberse cargado a Munya personalmente, y cuando esto llega a oídos del auténtico asesino, Richard Harrow, le falta tiempo para ir a buscar al bufón de la serie y llevárselo ante Nucky a punta de pistola.

¿Para qué toda esta escena que parece que solo sirva para mostrarnos lo patético que es en realidad el crecido Mickey? Y, sobre todo, ¿para qué confesarle a Nucky que fue él el que mató a su asociado? Muy sencillo, y ahí va la frase del episodio, dicha por el propio Richard: “Jimmy era un soldado. Luchó. Perdió“. La venganza era por Angela, una inocente que fue una de las poquísimas personas que acogieron a Richard como uno más a pesar de su terrible desfiguración y de la que no queda claro si Harrow estaba enamorado en secreto o no, pero en todo caso la quería, de una forma u otra, y cree que no merecía convertirse en un daño colateral de los negocios de su marido. Obtenida la venganza ya no tiene a nadie más en el punto de mira, Nucky puede estar tranquilo.

Confieso que la escena me puso la piel de gallina, y que por una parte me alegro de haberme equivocado al pronosticar una vendetta por parte del medio enmascarado, porque significa que tiene más opciones de sobrevivir, pero por la otra todo esto le quita dramatismo al asunto. ¿Le dará Nucky un puesto en su organización conmovido por su nobleza? Habrá que verlo, pero de momento lo que hace es preguntarle si alguna vez piensa en todas las personas a las que ha matado, 63 concretamente (sí, lleva la cuenta), a lo que Richard contesta que él (Nucky) ya conoce la respuesta a esa pregunta. Genial.

El miedo a ser asesinado por Richard no era una de las cosas que le quitaban el sueño a Nucky Thompson, al fin y al cabo ha quedado fuera de peligro tan pronto como se ha enterado de que podía estarlo, pero sus otras preocupaciones parecen esfumarse cuando entra en el piso de Billie Kent y se queda frito en el sofá, solo para despertarse al día siguiente por el ruido de la sartén de su amante (y amada), que ha vuelto en algún momento de la noche.

Interesante episodio en el que unas fichas se siguen moviendo hacia donde apuntaban en el primer capítulo, como es el caso de Van Alden o el de Gyp Rosetti, otras llevan varios turnos en la misma casilla (Nucky), unas terceras acaban de ponerse en el tablero (los de Nueva York con los primeros problemas de su tráfico de drogas) y finalmente otras nos sorprenden con movimientos que no esperábamos, como el de Richard Harrow, personaje por el que sigo sintiendo predilección y que espero que de un modo u otro deje el trabajo de chico para todo en el prostíbulo de la madre de su mejor amigo, porque se merece un buen papel en esta tercera temporada.

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