Review Boardwalk Empire: Blue Bell Boy

El episodio más reciente de Boardwalk Empire ha sido algo atípico, puesto que hemos visto a varios de los personajes en situaciones en las que los vemos pocas veces, algunos de ellos sorprendiéndonos con alguna actitud inesperada y otros mostrando debilidades y fortalezas a partes iguales. También ha habido lugar para momentos tiernos y en general se podría decir que es un capítulo para los fans del personaje de Al Capone, hasta ahora poco explotado a pesar de que, dada su fama, todos esperamos que su importancia en la serie vaya en aumento.

Empezamos con una secuencia en la que se confirma la vigente relación de Owen y Katie, hasta ahora solo supuesta por la fría Margaret, y el hombre de confianza de Nucky quizá sigue suspirando por la esposa de su jefe, pero para sus necesidades más primordiales ha encontrado a una buena sustituta, de eso no queda ninguna duda después de los primeros compases de Blue Bell Boy.

Parece que las cosas le van bastante bien en todos los terrenos, incluso entre los hombres de Nucky, que lo consideran prácticamente el jefe cuando el auténtico no está… y también cuando lo tienen delante: Mickey Doyle comete varias estupideces en este episodio, y la primera de ellas es cuestionar al personaje de Steve Buscemi cuando este da órdenes de enviar los convoys con la bebida para Rothstein, que se está impacientando con toda la razón del mundo, por un camino alternativo al de Tabor Heights. El segundo error es hacer caso omiso de las palabras de Eli Thompson, que será un perdedor y todo lo que queráis pero también sabe más por viejo que por diablo, y le insiste en seguir las directrices de Nucky.

Doyle, presionado por Rothstein, actúa de esa forma porque está convencido de que el sustituto del sheriff chamuscado en el episodio anterior por un ataque de ira de Gyp Rossetti, al que por cierto vemos poco en este capítulo, está del lado de los de Atlantic City y que estos ya no tienen nada que temer. Además, considera que las carreteras alternativas son demasiado peligrosas a causa del hielo en esta época del año, y desobedece las órdenes del ex tesorero del condado, cuyo hermano confirma por su cuenta una emboscada de los hombres de Rossetti y la policía de la localidad, aunque no sirve para nada y a pesar de que intenta detener a la comitiva enviada por Doyle no lo consigue y se produce una masacre.

Este hecho es determinante no solo para los negocios de Nucky, sino también para la relación entre los dos hermanos. Cuando terminó la temporada anterior los que habían traicionado al protagonista sufrieron castigos de diversa índole, siendo el de Jimmy Darmody dos balas en el cráneo y el de su hermano Eli cargar con el muerto y pasar un tiempo en chirona, pero cuando intenta ayudar a su hermano, una vez fuera, aunque sea desde la base de la pirámide, Nucky le suelta una frase lapidaria con la que le deja claro que haberle perdonado la vida es el último favor que le habrá hecho en su vida. Sin embargo, tras los acontecimientos de este episodio y la metedura de pata de Doyle, la última escena en la que se ve juntos a los hermanos Thompson apunta a una reconciliación, como mínimo parcial y, seguramente, a una mejora de la situación social del ex sheriff caído en desgracia.

¿Recordáis la primera escena del episodio 3×01? Manny Horvitz mataba a un tipo que había robado alcohol a la organización de Nucky, y este encargaba al judío que liquidara al ayudante del ladrón. Pues bien, está claro que Munya ya no puede llevar a cabo el encargo, y Nucky se lo pasa a Owen. Juntos descubren el escondite de Rowland Smith, que resulta ser un chavalín con el que ambos deben esconderse en la bodega al coincidir su interrogatorio con una redada de los agentes de la Prohibición.

Durante el tiempo en el que están escondidos los tres en la casa, unas 24 horas, vemos a un Nucky débil, no solo por su peligrosa situación, sino también porque parece que el chico se lo está ganando con su simpatía y su corta edad. Ya sabemos que Nucky siente debilidad por los niños (y no lo digo en el mal sentido de la palabra), y después de la traumática experiencia de haber matado a sangre fría a su ex pupilo Jimmy Darmody sabemos que aceptará darle un trabajo al chico.

O no, porque cuando el chaval ya tenía camelado al más belicoso Owen y había conseguido un cigarro del propio Nucky Thompson, este va y le pega un tiro en la nuca para sorpresa del irlandés y del espectador, a los que la actitud fría y la falsedad del protagonista consiguen engañar. Espectacular. Una demostración de poder, un puñetazo en la mesa que también es un mensaje para Owen: cuidado, que ni siquiera este chaval se ha escapado del castigo por traicionarlo. Nucky Thompson no tiembla ante nada y no duda en apretar el gatillo personalmente cuando lo considera necesario.

Esto llega después de una conversación, durante el encierro, en la que Nucky pregunta a Owen “¿Qué he hecho para ganarme tu lealtad?”, a lo que el otro responde que le ha dado un lugar y, por qué no, le paga. De momento parece que el chico es leal, o por lo menos un lameculos, pero tarde o temprano ocurrirá algo entre estos dos personajes, y para que todos los cabos queden atados tendría que ser el descubrimiento de la infidelidad de Margaret. En fin, todo llegará.

Hablando de Margaret, en este capítulo tiene poco papel: básicamente está preparando el aula para las clases de educación sexual e higiene para mujeres que consiguió la semana pasada mediante un genial chantaje. Quizá el peso que tuvo en el tercer episodio compensa el poco que tiene esta vez, en la que protagoniza una escena más bien humorística, con una monja de actitud ridículamente conservadora incluso para la época y para alguien tan religioso como la señora Thompson, y el doctor Mason luchando por conservar el léxico médico necesario a la vez que se aguanta la risa ante la situación (y sigo pensando que estos dos podrían acabar liándose).

Aparte de esto la vemos repartiendo publicidad de las clases en el muelle, donde encuentra casualmente a la mujer que abortó delante de ella y que motivó todo esto, poco interesada en hablar del tema y dispuesta a tener más hijos, y finalmente la vemos en la cama, leyendo en el periódico que la aviadora Carrie Duncan, a la que admiraba en el primer episodio, se estrelló en su intento de cruzar el continente en 30 horas y los restos del avión han sido encontrados. ¿Será esto un presagio de que su heroicidad particular no llegará a buen puerto?

En este episodio no vemos a Van Alden, ni a Richard, ni a Gillian, ni a Chalky White, ni siquiera a la bailarina Billie Kent, amante de Nucky, pero sí se da más peso a las nuevas generaciones de mafiosos. Quedó claro en el episodio anterior que la distribución de heroína por parte de Lucky Luciano y Meyer Lanski estaba en peligro por las disputas territoriales con el más experimentado Joe Masseria. Pues bien, aunque uno de sus jóvenes secuaces, Bugsy Siegel (otro personaje histórico como alguien apuntó en los comentarios de la review de la semana pasada), está dejando claro que quiere convertirse en el tercer socio, lo más urgente ahora es hablar con Masseria.

Luciano asiste a la reunión, con Lanski despidiéndose de él con ojos suspicaces, directrices de negocios y consejos de seguridad, y allí volvemos a ver a Masseria (ya en la segunda temporada exigió una disculpa a Rothstein por otros trapicheos de los jóvenes, que habían invadido su territorio y tuvieron que asistir a una reunión organizada por su jefe y pagar al ofendido Masseria). Habla a Charles “Lucky” Luciano como si hubiera sido su mentor (y no lo fue en realidad), muchos momentos en siciliano, para ofrecerle hacer negocios con él y abandonar al judío. El chico se va del encuentro con una oferta económicamente inaceptable (30% de la recaudación por la venta de heroína a cambio de que la gente de Luciano y Lanski pueda vender en el territorio de Masseria) pero con dudas en su cabeza sobre si volver con sus paisanos o seguir trabajando con los hebreos, poco de fiar según Masseria.

Y lo mejor para el final: el otro “joven” mafioso, Al Capone, tiene en Blue Bell Boy un capítulo dedicado a mostrar su lado más humano. Descubre que su hijo Sonny está siendo objeto del acoso de los compañeros de colegio, no por su sordera como piensa al principio el futuro líder de Chicago, al fin y al cabo los demás también son sordos como bien apunta su esposa, sino por no saberse defender.

Es lo que intenta enseñarle al pequeñín, que se asusta ante la actitud de su padre (que, para qué engañarnos, no sería la personificación de la paz y la amabilidad precisamente) y conmueve al neoyorquino de origen italiano hasta el punto de que se enfrenta al problema, de momento, mimando a su retoño, con una escena final del capítulo muy tierna en la que le canta, poniéndose la mano del chico en la garganta para que, ya que no puede oír, por lo menos sienta la música, algo que ya había hecho tiempo atrás.

Pero como hemos dicho Al Capone no es, aunque tenga un lado humano y amable, un candidato al Premio Nobel de la Paz, y sensibilizado ante la situación de su hijo también decide tomar cartas en el asunto cuando su recolector, el gordo y maloliente Jake Guzik (en la foto), recibe una paliza de uno de los hombres de O’Banion, que tampoco aparece en este episodio aunque queda claro con este conflicto que pronto chocará de frente con los hombres de Torrio.

“¿Te gusta meterte con los que no pueden defenderse?”, le suelta al ya difunto secuaz del irlandés, y es que Al Capone literalmente es pequeño, pero matón. Son dos formas diferentes de enfrentarse al mismo problema, porque en el fondo es el mismo y es por ello que se implica personalmente. ¿Lo considerará O’Banion una declaración de guerra y empezará a tener más presencia en la serie? Esperamos que sí. Como también esperamos que esto siga igual de interesante y que los personajes que no han aparecido esta vez tengan buenas tramas la próxima semana.

 

 

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