Review Black Sails: XXXII


AVISO SPOILERS: En este artículo se habla libremente de la serie. Por tanto si aún no has visto el XXXII (4×04) mejor no seguir leyendo, y si lo haces, que sea bajo tu responsabilidad.

Todavía no hay sitio para los episodios de transición, queridos grumetes. O al menos eso es lo que se desprende de este XXXII. No lo hubo la semana anterior, ni lo ha habido esta semana. Porque tal y como pudimos ver en el genial XXXI, al que por cierto, ya se le conoce en algunos corrillos seriéfilos por el acrónimo de “Red Hodor”, el conflicto pirata avanza de forma ágil pero a la vez pausada, enquistado en los dos escenarios, en tierra firme y en alta mar, con víctimas importantes en ambos bandos y unas altísima dosis de tensión, emoción e incertidumbre que no hacen más que acrecentar nuestro interés y mutilar nuestras pobres uñas a base de dentelladas.

Y tras lo sucedido en la plantación Underhill, las duras represalias de uno de los terratenientes contra los que se atrevieron a unirse a los piratas no se ha hecho esperar, pero en vez de infundir miedo, el castigo hace que finalmente se encienda la mecha del rencor y el resentimiento, y un misterioso hombre que se hace llamar Julius liderará a todos los esclavos, hartos de ser convidados de piedra y víctimas colaterales del conflicto entre piratas e ingleses, y lo hará con la firme decisión de arrebatarles a Flint, a Silver y a todo el imperio británico el control de Nassau, un hándicap con el que nadie contaba, un quebradero de cabeza y todo un nudo gordiano que ni siquiera la audaz Madi puede remediar. Veremos si la capacidad negociadora de John Silver será capaz de apaciguar los ánimos, y de paso, ganarse un buen puñado de aliados.

Seguimos en Nassau, para descubrir que Billy se ha anotado un punto importante en su objetivo de volver a entrar de forma activa en el tablero de juego, y aprovecha para advertir a Silver de las siempre imprevisibles intenciones de Flint, y de cómo sus acciones pueden acabar afectando y destruyendo a los que más quiere, en clara referencia a Madi. Eleanor Guthrie, por su parte, mueve ficha para rescatar a Max, que ha sido apresada por los hombres de Billy mientras intentaba huir. Veinte hombres, ni más ni menos. Ese es el intercambio que le ofrece a Flint para recuperar a Max. Veinte piratas capturados y retenidos en el fuerte a cambio de la madame, y ojo, que no es la única oferta que le hará la estratega Guthrie a los que en su día fueron sus aliados. Porque lo mejor se lo reserva para el final.

La cruel y boltoniana muerte del capitán Barbanegra a manos de un despiadado Rogers, fruto de la catarsis de sangre y muerte que experimentó el gobernador la semana pasada, fue un duro golpe para el bando pirata, pero ya se sabe que las alegrías no suelen durar mucho en los escenarios de guerra, y un pequeño barco que logra escapar de la ciudad alerta a Rogers de la caída del capitán Berringer y la victoria de Flint, lo que le obliga a cambiar de estrategia y enviar a todos los prisioneros, incluidos Rackham y Anne, a Port Royal, bajo las órdenes de uno de los hombres del degollado Berringer, quien no dudará en saciar su sed de venganza aplicando el ojo por ojo y usando a la versión marinera de “La Montaña” Clegane para aligerar a base de martillazos el número de piratas que desembarcarán en tierras jamaicanas.

Es aquí cuando le llega el turno a la hábil y escurridiza Anne, que logra contra todo pronóstico reducir a la mole humana y liberar a sus compañeros, no sin antes sufrir una brutal paliza que la deja al borde de la muerte. Coincidiréis todos conmigo en que nos parte el alma ver a nuestra querida Anne en estado crítico, así que estaremos muy atentos a su evolución. De vuelta a Nassau y tras la sangrienta revuelta y la consiguiente caída de Berringer, las cosas no pintan bien para Eleanor, Max ya rescatada y unos pocos soldados, que se mantienen pertrechados en el fuerte antaño controlado por el bravo Hornigold, mientras que Flint, Silver y compañía toman (al menos de momento) el control sobre Nassau, y empiezan a reorganizarse para crear un gobierno temporal que acabe con el caos y la anarquía, un proceso que se antoja tenso después del levantamiento de los esclavos.

Y he dejado para el final la oferta de Eleanor Guthrie al capitán Flint para poner fin a la guerra de una vez por todas, una oferta cuya condición sine qua non es que le entreguen el cofre oculto con el oro del Urca de Lima más un salvoconducto para salir de la isla junto con toda su gente. A cambio renuncia al fuerte, libera a los prisioneros, y le devuelve las llaves de la ciudad al colectivo pirata. Como diría el eterno Vito Corleone, “una oferta que no se puede rechazar”, pero que en realidad esconde un movimiento a la desesperada que acabaremos entendiendo mucho mejor cuando la doncella Hudson saque a la luz el embarazo de la hija de Richard Guthrie. Una jugada maestra que no acaba de gustar a todos por igual, y me refiero a John Silver, cuya postura choca frontalmente con la decisión unilateral de Flint de aceptar el trato con Eleanor, lo que pondrá a prueba su amistad alianza tregua, y traerá consecuencias en el futuro más inmediato.

El status quo actual de Black Sails sigue invitándonos una semana más a pensar en un desenlace acorde a las sobresalientes dos últimas temporadas, y esa sensación no puede ser más gratificante. Porque aunque el hype esté anclado en la estratosfera, hay que ser cautelosos y no olvidarse de que, como con cualquier otra serie, a las últimas temporadas se las mira con lupa, y la de los piratas badass de Starz no iba a ser la excepción. Pasito a pasito, pues, vamos vislumbrando el ecuador del adiós de los piratas, y si todo sigue como hasta ahora, podríamos estar hablando de un final a la altura de grandes obras como Six Feet Under o The Shield. Sería el final soñado por todos los fans de la serie, verdad?

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