Review Black Mirror: The Waldo Moment

Review Black Mirror: The Waldo Moment

Noticia bomba: Black Mirror tiene capítulos que no son maravillosos. En realidad no es una noticia bomba, porque ya la conocéis desde que visteis The Waldo Moment, la tercera entrega de esta temporada de la serie de Charlie Brooker. Podemos discrepar qué episodio de Black Mirror es mejor, pero creo que más o menos todos estamos de acuerdo en que el 2×03 ha sido el más flojo. El menos brillante, el menos rompedor, el más mundano. El que no nos va a tener unos cuantos días dándole vueltas a la cabeza. Con todo, The Waldo Moment toca temas y usa conceptos interesantes, así que vamos a ver qué sacamos de él…

Hay varios tipos de magia en Black Mirror: la forma de plantear unas realidades sociales más o menos cercanas a las nuestras, pero con algún elemento diferenciador importante (aquí podríamos meter las máquinas de rebobinar del 1×03 o el servicio post-mortem del 2×01); el uso de la masa social como (negro) espejo nuestro (aquí iría sobre todo el primer episodio); la completa reinterpretación de la trama a partir de un giro inesperado (el 2×02)… Esta semana apenas ha habido algo de eso, y si lo ha habido no ha sido ejecutado con la maestría habitual. The Waldo Moment no es, sinceramente, un prodigio de guión, ni tampoco presenta unos actores en estado de gracia. Tampoco aborda la temática de turno de forma original. Es, sin duda, el menos blackmirroriano de lo visto hasta ahora. Nadie ha jugado con nosotros, nadie ha hecho cosas imprevisibles.

The Waldo Moment nos presenta a Waldo, un oso animado al que da voz y movimientos Jamie, un cómico relativamente fracasado y visiblemente frustrado tanto en su vida personal como en la profesional. Jamie está en horas bajas, aunque su muñecajo es toda una revelación: encandila al público y la cadena apuesta por crearle una serie propia. Porque claro… Jamie pone voz, gestos e inteligencia, pero los derechos son del productor, el ambicioso Jack Napier. Así se dispara la trama, que rápidamente se escora hacia el frente político.

El episodio toca temas interesantes: el bullying (Waldo es un acosador nato), el populismo, la invasión de terrenos profesionales, las utopías electorales… Lo cierto es que el momento para emitir The Waldo Moment no podía ser mejor, viendo cómo el cómico y actor italiano Beppe Grillo ha salido tercero, muy cerca de los profesionales Pier Luigi Bersani y Silvio Berlusconi, en las recientes elecciones italianas. Pero pese a que toca temas interesantes, lo hace sin la brillantez habitual. Es el capítulo que más huye de su propia lógica, que más licencias se toma. En los anteriores, una vez conocidas las reglas del juego, extrañas a veces, podíamos aceptar el devenir de los acontecimientos; sin embargo, aquí hay situaciones que están ligeramente forzadas: no me cuadra que Gwendolyn, la candidata laborista, acceda a sentarse con Jamie cuando sabe que es Waldo, y no digamos ya a acostarse con él; es forzada también no tanto la renuncia de Jamie, sino el momento, en plena plaza del pueblo, por muy colado que esté por Gwen. En realidad, creo que lo me ha sobrado es la trama amorosa en sí, porque no la veo necesaria para el desarrollo de la historia.

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Lo que es innegable es que el retrato político que elabora Brooker es tan descorazonador como certero. Que un oso azul virtual y grosero sea capaz de meter la cabeza en el barro electoral es triste, y, a la vez, como siempre sucede en esta serie, no nos queda tan lejos. En los comentarios se citaba el caso de Rodolfo Chikilicuatre, un muy buen ejemplo salvando las distancias, porque no podemos comparar Eurovisión con la política. Pero luego está el caso del susodicho Beppe Grillo, o el más llamativo de Jón Gnarr: humorista, exbajista de un grupo de punk, fundador del Best Party y alcalde de Reykjavík. Entre sus perlas, afirmar que no formaría coalición de gobierno con nadie que no hubiera visto The Wire, o asistir a la inauguración de la fiesta del orgullo gay vestido de drag queen… siendo hetero. En fin, que ejemplos de políticos díscolos ya los hay. Waldo solamente es un pasito más… Hay dos cosas que también funcionan bien: el hecho de que cualquiera puede ser Waldo, y el ejecutvo Jack Napier lo demuestra; y el uso que se le da al muñeco en el epílogo. Al parecer, la misteriosa agencia logra hacerse con el control de Waldo para, a su vez, hacerse con el control político de algunas regiones del mundo y, al menos en el Reino Unido, instaurar gobiernos… digamos que bastante totalitarios. Jamie, por su parte, se queda sin muñeco, sin Gwen y sin techo.

Conclusión: al final ganan los de siempre. Más que una crítica a los políticos en sí, al vacío de su mensaje o a cualquier otra cosa intrínseca a ellos, el capítulo es un balazo al sistema democrático. Usar a Waldo para ponerse detrás de él supone precisamente que hay alguien detrás de él, y ese alguien no tiene porque tener mejores intenciones que los políticos de cara descubierta. Un capítulo irregular, dos escalones por debajo del resto de la serie, pero aún así con un mensaje interesante. Me ha decepcionado que volvieran a usar el montaje alternado créditos-epílogo, porque todo lo que tuvo de acertado la semana pasada lo ha tenido de innecesario en ésta. Desde luego, oso blanco gana a oso azul

Para terminar, una pequeña mención al nivel de castellano y dos detalles frikis relacionados con Game of Thrones. Con lo del nivel de castellano creo que no os revelo nada; la conversación ha sido bastante cómica para lo breve:

– ¿Se puede hablar español?
– Viví a Madrid. Tres años.
– Excelente.

Y respecto a GoT, que sepáis que el actor que encarna a Liam Monroe, el político conservador, será Edmure Tully en la tercera; el otro detallito va en forma de imagen…

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