Review Black Mirror: Be Right Back

Review Black Mirror: Be Right Back

Hay quien se quedó con la poderosa metáfora del cerdo y tiene claro que The National Anthem, el 1×01, es lo mejor de Black Mirror; otros prefieren la reality-society del 1×02, 15 Million Merits, porque está mucho más cerca de lo que pensamos y porque su moraleja es un gancho de izquierda; y otros, como un servidor, todavía siguen cautivos de la historia de The Entire History of You, valga la redundancia, el tercer capítulo de la primera temporada de la serie y, seguramente, el más parecido a este 2×01 que nos ocupa ahora: Be Right Back

Emitida por la británica Channel 4 durante diciembre de 2011, la primera temporada de Black Mirror nos llegó en 2012 y nos devolvió la fe en la narrativa por encima del hype, al tiempo que confirmaba que Charlie Brooker es uno de los grandes en esto de llevar ideas a la televisión. La expectación por esta segunda temporada, cuya fecha de estreno ha sido un secreto mejor guardado que la profesión de Barney Stinson, no ha perjudicado lo más mínimo a la calidad del producto: Black Mirror ha regresado en plena forma. Lo ha hecho, como decía, con una historia de tono y planteamiento similares a los del 1×03, aunque esta vez el futuro ya no lo es tanto: si la primera trilogía era ligeramente futurista, ésta de momento apunta a mañana mismo. Pero lo interesante de la serie no es su función profética en cuanto a avances tecnológicos, ni pretende ejercer de guardián moral, sino que nos coloca ante el espejo (uno muy negro). Su misión es hacernos pensar, y confirma que las aproximaciones más fiables a la realidad se logran desde posturas distópicas. Brooker, ya lo sabemos, ha elegido las nuevas tecnologías / redes sociales como elemento para crear esa pseudodistopía.

Y así conocemos a Martha (Hayley Atwell, la novia del Capitán América, vista también en The Pillars of the Earth) y Ash (Domhnall Gleeson), una joven pareja que se está mudando al campo. Ash muere durante el viaje de vuelta, mientras va a devolver la furgoneta, y Martha se queda sola llorando su pérdida. Durante el funeral, una amiga le recomienda un nuevo servicio online que permite comunicarse con un fallecido. En realidad, se trata de un software que recrea la personalidad del muerto en base a toda la información que figura en sus redes sociales, de manera que imita su manera de escribir, de reaccionar, de interactuar. Martha es reacia en un principio: necesita pasar página y ese Ash, por muy bien hecho que esté, no es Ash. Pero…

Pero un test de embarazo le hace cambiar de opinión y ahí empieza la rueda: primero chatean, después ella vuelca vídeos al servidor y consigue que el software recree la voz de Ash… ¿El paso siguiente? Hacerlo corpóreo. Y aquí es donde la cosa se pone peluda. Bueno, peluda no, porque lo primero que patina del Ash de plástico es que no tiene la barba de tres días del real. Tampoco su lunar en el pecho. Detalles nimios, porque el parecido físico es brutal. Tampoco es muy similar al Ash original en la cama: aquí digamos que lo supera netamente. Ventajas de no cansarse nunca… En resumen, Martha está muy contenta. Hasta la mañana siguiente. Por ahí es cuando empieza a notar la forma en que Ash cierra (o no-cierra) los ojos al dormir, la forma en que Ash se corta (o no-corta) la mano, la forma en que Ash respira (o no-respira), etc. Detalles que lo deshumanizan. Pero lo que acaba desesperando a la chica es el componente asocial que cada vez más emerge de Ash, una suerte de síndrome de Asperger (al menos a mí me ha recordado bastante al protagonistas de El curioso incidente del perro a medianoche) que le impide empatizar y reaccionar adecuadamente (o al menos de manera convencional) ante las emociones ajenas. Lo dicho: detalles que lo deshumanizan, y que llevan a Martha a tomar una drástica decisión. La gota que colma el vaso, por cierto, es el comentario (“Cheesy!“) sobre la canción de los Bee Gees: el Ash real adoraba esa canción, pero el Ash tuitero se cuidaba mucho de reconocerlo

Estaba claro que la canción aparecía por algo en los primeros minutos, de la misma manera que se nota, cuando cuentan la leyenda de los suicidios victorianos, que la historia acabará ahí. Son dos pequeños zurcidos que bajan ligeramente el nivel del conjunto, aunque el segundo se regatea con el epílogo. Porque, efectivamente, hay epílogo: Ash no muere en el acantilado. Podría haberlo hecho, al parecer este modelo de humanoide contempla las leyes de la robótica y puede autolesionarse siempre y cuando no haga daño a un ser humano. Pero aquí está la mejor parte del episodio: Ash se dispone a saltar, a suicidarse, y Martha a librarse de él, de esa cosa con aspecto de Ash pero vacía por dentro. Sin embargo, en un último intento de justificarse, de demostrarse al falso Ash lo mal hecho que está, le explica que el verdadero, obviamente, no habría aceptado esa orden, sino que hubiera peleado. Como todo ser humano. Y ahí es donde Martha comete el error, porque el falso Ash empieza entonces a pelear emocionalmente contra su destino, y llora. Demasiado para Martha, que ahora sí ve en cierta manera a su chico. Y grita

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Creo que el episodio hubiera ganado bastante si Brooker lo hubiese dejado aquí. El resto, la escena con la hija ya crecida (hija que, aparentemente, no sabe que el inquilino del ático es su padre), nos dice que Martha no ha superado la muerte de Ash, ni está cerca de conseguirlo, algo que ya quedaba flotando en el aire tras ese grito en el acantilado. Sí, subirlo ahí arriba cierra el círculo, porque en esa casa todos los recuerdos van a la buhardilla… pero tenía más fuerza haber cerrado con la escena del grito, porque hubiéramos entendido igualmente que la pesadilla de Martha no es ya tener que digerir la muerte de un ser querido, del más querido, sino recordar cada día cómo era todo mediante algo perfectamente imperfecto, una condena en forma de convivencia que no creo que se aligere por el hecho de que las visitas se limiten al fin de semana…

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