Review Banshee: We Shall Live Forever

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Comentaba en la review de Wicks que una de las cosas que más me llaman la atención de Banshee es que su intro cambia con cada episodio, de manera que introduce imágenes relacionadas con lo que vamos a ver en cada capítulo. En los comentarios, “The Scape” nos dejaba el siguiente enlace: welcometobanshee.com, en el que, tras confirmar que eres mayor de edad, puedes acceder a material extra de la serie y a todas las intros emitidas hasta el momento. ¡Es muy recomendable! Y, ahora sí, pasamos a la review del último episodio emitido…

Nos vamos acercando al final de la temporada, y Banshee nos ofrece su mejor cara hasta el momento. En un episodio un tanto atípico (no ha habido ningún “problema” que resolver en el pueblo y que exigiera la atención del sheriff), y centrado en unos pocos personajes (no hemos visto, por ejemplo, ni a Job, ni a Sugar, ni a ningún agente de policía), hemos podido presenciar, sin embargo, algunas de las escenas más intensas de lo que llevamos de serie. Y eso, la verdad, se agradece.

El episodio comienza donde lo dejamos la semana pasada: en la reconciliación entre Ana y Lucas, años después de su separación. Aunque, técnicamente, el hecho de que se acuesten es cosa de una noche, el acto en sí va más allá de lo meramente impulsivo: vemos que no es cosa de un momento, sino que es algo que, a pesar de todo, ambos desean con todas su fuerzas.

Sin embargo, pasado el calor del momento, ambos personajes poseen visiones muy distintas de su futuro: si Lucas está dispuesto a dejarlo todo y marcharse con Ana para empezar una nueva vida juntos, ella no se atreve a arriesgar la vida que, sobre mentiras, ha ido construyendo en estos años.

Aquí es donde la personalidad de Ana me choca más. Hasta cierto punto, encuentro totalmente comprensibles sus dudas: tiene una nueva familia a la que quiere, y no se ve capaz de dejar todo eso atrás. Por otra parte, por supuesto, se encuentran sus sentimientos hacia Lucas, que no son fáciles de ignorar. Pero creo que debe tomar una determinación más clara: ha estado actuando de manera muy confusa, cambiando de opinión continuamente, y confundiendo a todos los implicados (especialmente a Lucas). Será que tengo algo en contra de estas “actitudes veleta”, pero no puedo con ello…

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Otra cosa que ya sabíamos de manera indirecta pero que se ha confirmado en este episodio es que, efectivamente, Deva es hija de Lucas. No ha sido una sorpresa, desde luego, pero sí nos ha desvelado algo más: Gordon sabe que el padre no es él (cabía la posibilidad de que estuviera engañado), pero cree que está muerto. Lucas, por supuesto, piensa que su hija debe saber la verdad… pero la respuesta de Ana es tajante: o Lucas se marcha para siempre, o tendrá que matarle.

Intercalar toda esta conversación con las imágenes de Gordon en casa me ha parecido todo un acierto. Hemos podido ver cómo, al ver que su mujer no había pasado la noche en casa, el marido de Carrie ha dado rienda suelta a la tensión que han ido acumulando sus continuas sospechas a lo largo de este tiempo. Buscaba pistas que le indicaran qué oculta su mujer, por supuesto; pero también buscaba una manera de liberar su rabia. Y, en cierto modo, parece ser que lo ha conseguido.

Por suerte o por desgracia, no ha llegado a encontrar nada que le aclare las dudas que alberga hacia Carrie. Pero sí ha hallado algo que, al menos, le demuestra que no está loco: el medallón que le regaló Lucas, con la foto de la casa de sus sueños. A pesar de todo el tiempo transcurrido, vemos que Ana sigue conservándolo…

Para cuando Deva regresa a casa, Gordon ya se ha calmado algo, aunque los signos de su desesperación aún son evidentes. Y Deva, asustada, se abraza a él llorando. No es la primera vez que vemos llorar a la chica, pero sí es la primera en la que, realmente, nos damos cuenta de que, en el fondo, sigue siendo una niña.

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No sé cuándo recuperará la normalidad ese hogar (si es que llega a hacerlo algún día), pero da la impresión de que no será de manera inmediata. Y es que, tras este episodio, malherida es una palabra que se queda corta para describir cómo ha acabado Ana. Aunque podría haber sido mucho peor…

La semana pasada ya vimos cómo Olek, uno de los ayudantes de Mr. Rabbit, llegaba a Banshee dispuesto a encontrar a Lucas y Ana. Y vaya si lo ha hecho. Si la violencia no puede faltar en ninguno de los episodios de esta serie, esta semana ha sido Olek el encargado de proporcionárnosla.

Tengo que decir que la pelea, desde mi punto de vista, ha estado muy igualada. De hecho, la mayor parte del tiempo he tenido mis dudas acerca de cuál de los dos resultaría vencedor. Decir que ha sido brutal no es exagerado. Pero es cierto que la serie ya nos tiene acostumbrados a escenas de este carácter.

A la vez, hemos aprendido algunas cosas interesantes de Olek: sabemos que fue el que traicionó a los antiguos amantes revelando su secreto a Mr. Rabbit. Y conocemos el motivo: estaba enamorado de Ana. Ambos se criaron juntos, prácticamente como hermanos, y ya sabemos las consecuencias que suelen derivarse de este tipo de situaciones.

Lo cierto es que, aunque no podía ser de otro modo, siento que nos hayamos tenido que despedir de Olek con tanta rapidez. Me parecía un personaje interesante, y ha sido una pena perderle. Aunque reconozco que la despedida de Ana me ha gustado: con ese “We shall live forever” que da nombre al episodio y cuyo origen vemos en un flashback, Ana resume sus sentimientos hacia Olek; le mata, sí, pero porque no tiene más remedio. Le duele hacerlo, porque le quiso, pero tiene que romper con esa parte de su vida.

En cierto modo, no deja de ser lo mismo que siente hacia Lucas. Por eso, da la impresión de que el haber estado tan cerca de la muerte le ha ayudado a aclarar sus ideas: por mucho que le pese, sigue siendo Carrie. Y así seguirá.

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Por si fuera poco, en este episodio hemos tenido la oportunidad de presenciar otro de los grandes momentos de la temporada: la expulsión de Rebecca fuera de la comunidad Amish. Era algo que, en cierto modo, se veía venir. Pero no por ello ha resultado menos efectivo: personalmente, me ha sobrecogido la determinación con la que los padres de Rebecca le han pedido que se fuera sin volver la vista atrás. Especialmente, su madre, que con la mirada demostraba cuánto estaba sufriendo pero que, sin embargo, no ha sido capaz de pronunciar una sola palabra de consuelo hacia su hija. Ya lo dije en un primer momento, y me mantengo: me fascina la cultura Amish, y creo que tiene muchísimo potencial en una serie como esta.

Como ya sabemos, el ejemplo de Rebecca no es un caso aislado en su familia: la chica prácticamente ha seguido los pasos de su tío Kai, el único que parece comprenderla. Las circunstancias que llevaron a su expulsión son diferentes, por supuesto, pero en el fondo, el motivo es el mismo: el que no es capaz de seguir las normas impuestas no merece seguir formando parte de la comunidad.

La expulsión puede parecer, en un primer lugar, una liberación. Así la ve Rebecca, que disfruta de los lujos de la casa de Proctor sin miedo a ser descubierta: ahora no tiene nada que ocultar. Por primera vez en su vida se siente libre de hacer lo que le venga en gana. Pero Proctor, que ya ha pasado por eso, sabe que la realidad es más difícil: lo que gana en libertad implica también una mayor soledad. No olvidemos que Kai fue expulsado por tratar de defender a los suyos, y jamás superó que, a cambio, le echaran como a un desconocido. Por muy rígida que sea esa forma de vida, más duro aún debe ser que tu propia familia te considere muerto para ellos…

Por ese motivo, y porque quiere a su sobrina, Proctor decide, por primera vez en muchos años, regresar a su antiguo hogar y pedir una segunda oportunidad para Rebecca. Pero el reencuentro, si sirve para algo, es para ahondar aún más en las diferencias entre Kai y su antigua comunidad. Y da la impresión de que la cosa no quedará ahí…

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Pero este no es el único frente que Proctor tiene abierto: el cambio generacional en la tribu indígena, que ya llevaba un tiempo anunciándose, está a punto de suceder. El patriarca apurar sus últimos instantes de vida mientras su hijo y Kai aún están acercando posiciones. Y, por si fuera poco, un nuevo personaje ha llegado a la ciudad: Nola, la hermana de Alex, que no quiere tener nada que ver con su padre pero que, oportunamente, aparece cuando está a punto de fallecer. Ya veremos qué posición mantiene este personaje, del que apenas sabemos nada, más allá de su nombre y la promesa de un carácter arrollador.

Antes de acabar con esta trama, me gustaría mencionar que me ha gustado mucho el contraste entre el hospital (con sus medios técnicos modernos y desarrollados) y los rituales tradicionales que el chamán de la tribu estaba llevando a cabo. Una bella combinación que ha encontrado su mejor momento en los últimos segundos del episodio, en esa escena “oculta” que aparece detrás de los títulos de crédito y que ha finalizado con el fallecimiento del patriarca y el cambio de poder que ello implica: las cosas ahora son diferentes, y la mirada de determinación de Álex lo resume a la perfección.

En resumen, como decía, nos hemos encontrado con un gran episodio que deja muchos frentes abiertos de cara a los capítulos restantes de la temporada. Aunque, personalmente, sigo encontrando en Kai Proctor mi personaje favorito (con diferencia), reconozco que me intriga saber cómo continuarán todas las demás tramas, incluyendo la de Lucas y Ana. Queda poco para que finalice la temporada, y la cosa está más inestable que nunca… ¿cómo se resolverá todo? Habrá que esperar para saberlo…

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