Review Anatomía: Put Me In, Coach


La review de Put Me In, Coach llega, una vez más, tarde y ya se me han acabado las formas de pediros disculpas así que vamos directamente al asunto. Put Me In, Coach es un episodio que, de alguna manera, asienta las cosas en el Seattle Grace. Algunos de los doctores vuelven a su camino después de algunas semanas deambulando fuera de él. Un episodio con poco brillo pero que, al menos, nos deja en un punto interesante. ¿Lo comentamos?

La octava temporada continúa, como decía en la entradilla, con un capitulo que ordena las cosas en el Seattle Grace. Put Me In, Coach es, por ejemplo, la consolidación de Owen Hunt como Jefe de cirugía. Uno que sabe cuáles son las virtudes y los defectos de sus subordinados. Sabe que el softball no es lo suyo, sin embargo, les reconoce el buen equipo que forman en el hospital. Puede que el Seattle Presbyterian tenga un equipo deportivo mejor pero en cuanto a profesionalidad los chicos de Hunt se llevan la palma y él, muy acertadamente, se encarga de recordárselo al final del episodio.

Deportes aparte, Put Me In, Coach es un capítulo que devuelve las aguas a su cauce: Cristina vuelve a la primera división de la cirugía cardiotorácica, Meredith y Derek ven un rayo de esperanza de recuperar a Zola gracias a Alex Karev que expía definitivamente sus culpas. A otro nivel, Mark Sloan vuelve a ser el que era de la mano de una doctora del Seattle Presbyterian con el consiguiente mosqueo de la pequeña Grey.

De este episodio me quedo con dos personajes, Alex Karev y Derek Shepherd. Con Alex porque su encarnizada lucha por conseguir que alguien preste atención al caso de Zola me ha encantado. Este es lado más interesante de Alex, cuando deja a un lado su mala leche y su enfado permanente con la vida y pasa a la acción para conseguir cambiar las cosas. Me gusta el Karev activo, el que no se lamenta por las esquinas, el que no es déspota con los demás. La guinda del pastel es el final feliz que él solito construye arriesgándose a ir a la cárcel por presionar a un juez. Al término de Put Me In, Coach Meredith y Derek tienen fecha para la vista por la custodia de Zola.

En cuanto a Derek Shepherd, me quedo con él porque me apasiona su faceta de neurocirujano al que no le importa asumir riesgos si a cambio puede mejorar, y mucho, la vida de su paciente. Investiga y hace mil intentos para tratar de extirpar completamente el tumor de su paciente adolescente. Lo que Derek quiere es que viva no que sobreviva, lo mismo que querría para su propia hija, nada más y nada menos que una vida extraordinariamente normal. Me ha gustado mucho esta historia que nos muestra, de forma más o menos sutil, la necesidad de Derek de saber que está haciendo algo bien aunque todo vaya mal. Algo parecido hace Callie en este episodio, la historia de la reconstrucción de la mano del artista es conmovedora.

Vayamos con Cristina. No me acaba de convencer cómo han resuelto la trama de la vuelta a los clásicos, más que nada porque no creo que Yang cediera e bisturí a April por generosidad y pensando en el paciente sino por cansancio. Cansancio de las continuas broncas de Teddy por su presunta temeridad. Como suele decirse, bien está lo que bien acaba y tener a la Cristina Yang cirujana de vuelta es una buena noticia se mire por donde se mire.

Volvamos al partido de softball. Bien, no al partido en sí sino a su preparación. De ella sacamos dos conclusiones. La primera es que Henry es un personaje a explotar, me cae bien, no sé decir porqué pero verlo en pantalla me pone una sonrisa en la cara. Quizá es por su actitud optimista en cualquier circunstancia, ya sea enfrentándose al hecho de que el dispositivo que lo mantiene sano está dando problemas o viendo a un grupo de penosos jugadores que van a salir al campo a perder.

La segunda conclusión es que vuelve a haber un triángulo amoroso en el Seattle Grace. El formado por Jackson, Lexie y Mark. Estaba claro que la pequeña Grey no iba a aceptar así sin más a la nueva novia de Sloan. Es una cuestión de justicia cósmica: primero fue él el que tuvo celos de Jackson y ahora le toca a ella. Debo decir que estoy un pelín harta de los triángulos amorosos de Anatomía de Grey, en especial, de los que tienen que ver con Mark y Lexie. En este caso parece que el pelotazo en el pecho de la oftalmóloga de Sloan es sólo el inicio de los problemas.

Vamos con Meredith. Como ya dije en la anterior review, me gusta mucho el equipo que forma con Richard Webber. Estos dos personajes encajan a la perfección, ¡quién lo hubiera dicho hace un par de temporadas! Me fascina cómo Richard ha conseguido llevar a Meredith justo hasta dónde él quería, es decir, a trabajar con Miranda Bailey en el ensayo de la diabetes. Era obvio que acabarían trabajando juntas pero me ha encantado cómo lo han escenificado. Un choque de trenes en toda regla: Meredith Grey borracha discutiendo con una Miranda Bailey que no se calla ni una. Por suerte Richard (¡bendita la hora en la que dejó de ser Jefe!) las pone a ambas en su lugar. Próximo encuentro: lunes por la mañana en el laboratorio, a poder ser, con uniformes azules. Esto promete.

Acabamos el repaso a un episodio que sigue la línea habitual de la temporada, un capítulo correcto pero que no deslumbra. Echo de menos las escenas épicas y el nudo el en el estómago que solían dejarme los capítulos de Anatomía. Añoro a la Chandra Wilson o la Sandra Oh que nos dejaban sin aliento. El brillante inicio de la séptima emporada nos queda ya muy lejos me temo. Esperemos que las nuevas tramas abiertas hagan desaparecer la nostalgia.

Es vuestro turno, ¿qué opináis de Put Me In, Coach?


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