Review AHS: The Name Game

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Con un poco de retraso, (qué excusas os voy a contar, ya sabéis lo que pasa en estas fechas), llega la review de American Horror Story. La serie, una de las más madrugadoras de 2013, regresó cuando aún teníamos el sabor de las uvas en la boca y corríamos en busca de los últimos regalos de Reyes. Pero merece la pena buscar un hueco para algo como Asylum: el cambio de año no le ha afectado para nada. Y es que sigue manteniendo ese nivel que tan satisfechos nos tiene desde que comenzó esta segunda temporada…

Ya lo hemos dicho muchas veces: American Horror Story es un caos. Delicioso, sí, pero caótico. Las tramas se cruzan, los estereotipos se amontonan y las sorpresas no parecen tener fin. Creo que a este desbarajuste sólo le faltaba una cosa: un número musical. Creo que ya podemos afirmar a ciencia cierta que todo, absolutamente todo, tiene cabida en AHS. Pero no nos despistemos: el número, aunque ha tenido su punto, no es lo único (ni lo más importante) de este episodio. Vamos a ver lo que nos hemos encontrado en The Name Game:

Comenzamos con Kit, al que, en el episodio anterior, dejamos debatiéndose entre la vida y la muerte por culpa del intento desesperado de Arden por contactar con los extraterrestres. Hoy hemos visto que, por suerte, Kit ha sobrevivido sin problemas, aunque Arden le miente acerca de lo que ocurrió, asegurándole que no hubo ningún rastro de los hombrecillos verdes. Pero sabemos que no es así: Grace ha regresado, en un avanzado estado de embarazo, y custodiada por Pepper.

Aprovecho para comentar que me ha gustado mucho “la nueva Pepper” que han traído los extraterrestres. Si en un principio podría dar la impresión de que es otro ser con el aspecto de la enferma, hemos podido comprobar que no es así: Pepper es la misma, aunque curada. Y, como detalle curioso, hemos descubierto que no era culpable del motivo por el que se le internó en Briarcliff: como tantos otros personajes, Pepper debería ser libre.

El caso es que Kit, que ignora por completa que Grace ha regresado, vuelve al lado de Lana. Y, junto a ella, es testigo de una mala noticia: Oliver Thredson no sólo es libre, sino que ha conseguido un puesto de trabajo como médico en el hospital. Sin duda, la mejor manera de tener controlados a sus mayores enemigos. Su intención, por supuesto, es cuidar de Lana y su bebé, al menos hasta que la criatura sea capaz de valerse. Con Kit, sin embargo, la situación es diferente: su único interés por el chico parece ser el de recuperar la cinta con su confesión grabada para evitar que se descubra su auténtica identidad. Sin duda, el equilibrio entre estos personajes pende de un hilo, y cualquier mínimo detalle puede dar lugar a una hecatombe.

De hecho, así es: Thredson descubre a Grace dando a luz, y decide utilizar a la joven y a su bebé para chantajear a Kit y así averiguar dónde está cinta que le incrimina. Como cabría esperar, Kit cede, aunque, por suerte, a Thredson el plan no le funciona como pensaba: Lana ha sido más rápida que él, sustituyendo la grabación por un cuento infantil. ¿Conseguirá la periodista hacer llegar la cinta a la policía y revelar la auténtica identidad de Bloody Face? Esperemos que sea así…

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Pasemos ahora a una trama que, aunque a priori no me llamaba mucho la atención, me ha sorprendido para bien: contra todo lo que predijimos la semana anterior, Timothy Howard sobrevive a su crucifixión (aunque eso no hace menos impactante la imagen que vimos). Y, gracias al ángel negro, sabe que Mary Eunice está poseída por el diablo. De modo que acabar con ella se convierte en su primera prioridad.

Sin embargo, ya sabemos que Timothy no es precisamente un hombre de acción en el sentido más literal de la palabra. Así que su primer intento de acabar con el maligno (mediante un exorcismo) termina como no esperaba: siendo violado por la joven monja.

No me gusta nada el personaje de Howard, pero imagino que su situación debe de haber sido dura: la violación supone el fin de sus sueños, un punto final a su vida dentro de la Iglesia, y la ruptura con todo lo que ansiaba. Torturado por estos pensamientos, y debatiéndose entre confesar o mantener su secreto, Howard se confiesa con una Jude que apenas si reconoce a la persona que le está hablando.

Demasiado tarde, Timothy reconoce que la antigua directora del hospital tenía razón. Pero, egoísta como siempre, en lugar de tratar de enmendar su error y sacar a Jude de ahí, sólo se preocupa por saber la manera en la que le afectará el curso de los nuevos acontecimientos en su ascenso profesional. Sin embargo, Jude le ofrece una respuesta que él no quiere escuchar: “Mátala”. Por segunda vez en apenas unas horas, Howard recibe el encargo de acabar con Mary Eunice. Y él, interpretándolo como una señal, decide hacerlo.

La verdad es que, si hubiera tenido que hacer una apuesta, jamás habría creído que el cura sería capaz de acabar con la monja. Pero así ha sido. Aunque, todo hay que decirlo, ha recibido ayuda: aunando sus últimas fuerzas, la verdadera Mary Eunice ha conseguido dominar durante unos instantes al espíritu que la controla, y le ha dejado a Howard un mensaje muy claro. “Estoy cansada de luchar.” Poco más que una invitación que, ahora sí, Timothy ha aprovechado para acabar con la monja.

Un final inesperado para un grandísimo personaje que ha encontrado, por fin, la paz que buscaba en labios de nuestro ángel de la muerte.

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Con respecto a Jude, su trama ha sido la que nos ha proporcionado el nombre del episodio. Gracias a una sesión de electroshock cortesía de Mary Eunice, la pobre Jude ha estado ausente durante la mayor parte del episodio. Y la serie ha aprovechado su estado mental para incluir un número musical que nos ha dejado con la boca abierta.

Con la famosísima canción de Shirley Ellis como excusa, hemos presenciado una alucinación que ha mezclado el pasado artístico de Jude con su estado actual. El número no ha tenido desperdicio, de principio a fin. Con el sello característico de esta serie, ha sido divertido, pero ha tratado de incluir detalles escabrosos propios del manicomio, resultando en una escena más que llamativa que no olvidaremos fácilmente.

Pero no ha sido lo único que nos ha dado Jude en el episodio: además de la conversación con Howard, que ya hemos comentado, Jude se ha reencontrado con su antigua madre superiora. En un estado de confusión enorme, le ha hablado de sus planes de mudarse a Roma con Timothy y casarse con él… pero también le ha dicho algo muy coherente: que Lana Winters no pertenece a ese sitio y debe ser liberada. Ahora es decisión de la superiora creer o no las palabras de Jude. Pero, al menos, hay una esperanza para Lana…

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Vamos, por fin, con el doctor Arden. En episodios anteriores hemos presenciado cómo el doctor ha ido decayendo poco a poco, como consecuencia, principalmente, de la pérdida de la inocencia de Mary Eunice. Desencantado con la vida y falto de esperanza, ha recibido un golpe devastador al ver a la monja violando a Timothy Howard. De modo que, horrorizado, se dirige al bosque para acabar con sus criaturas.

Este gesto es de crucial importancia: no olvidemos que los monstruos del bosque son los resultados de toda una vida de experimentos, y que suponen el culmen de todo su trabajo. Perdiendo a Mary Eunice, Arden lo ha perdido todo.

Me encanta este aspecto tan complejo: cómo un hombre tan terrible como Arden puede aferrarse a alguien inocente para dar un sentido a su vida. Es una idea que, aunque en un principio parece extraña, tiene todo el sentido. Por eso la pérdida de dicha inocencia sobrepasa a nuestro doctor.

Todo esto nos lleva, como no podía ser de otro modo, a los últimos compases del episodio. Una vez muerta Mary Eunice, Howard se dispone a enterrarla. Pero Arden se le adelanta y pide incinerarla él mismo. Es entonces cuando tiene lugar un diálogo muy interesante. Timothy explica que, tras su muerte, el cuerpo de Santa Teresa de Ávila desprendía un olor a rosas, fruto de su santidad. A continuación, Arden pregunta:

– What do you smell now, Monsignor?

– Nothing but decay.

Este diálogo (que, a los seguidores de Battlestar Galactica quizás les haya despertado cierta melancolía) es la última prueba que Arden necesitaba: por mucho que él quisiera creer lo contrario, Mary Eunice no era una santa, ni su tabla de salvación. Era una persona común que, como el resto, desaparece sin dejar rastro tras su muerte, convirtiéndose sólo en un recuerdo que no tardará en olvidarse.

Esto es lo que lleva a Arden a, en una escalofriante escena final, desaparecer en el horno del crematorio junto al cuerpo de su querida Mary. Un episodio genial que se cierra con un grito estremecedor: el de un hombre horrible al ser reducido a cenizas por su propia voluntad…

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