Review AHS: Madness Ends

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Pues sí, se acabó. Como indicaba el título, la locura ha terminado. Y qué lástima que haya sido así… porque realmente hemos disfrutado como niños pequeños con Asylum. Ha sido una temporada agotadora desde el punto de vista psicológico, eso es cierto. Pero tan buena que se nos ha pasado en un suspiro. Y, por suerte, podemos decir que American Horror Story ha aprendido de sus errores: al contrario de lo que ocurrió el año pasado, ha mantenido el nivel hasta el final. Una temporada redonda, vaya. ¿Nos despedimos de Briarcliff para siempre?

Comenzamos con uno de los mejores inicios de episodio de la temporada (y no, no me olvido de la escena del hacha de la semana pasada): retrocedemos hasta la primera escena que vimos en esta temporada, situada en el presente. Johnny visita Briarcliff, ya abandonado, mientras escucha la historia del fin del hospital, nada más y nada menos que de labios de su madre. Lo genial de esta escena es que, a la vez que vemos el presente, vamos alternando con las alucinaciones de Johnny, en las que vemos a los personajes del pasado. Y ahí comenzamos a comprender mejor los motivos del hijo de Lana: idealiza a su padre, mientras que culpa a su madre de su falta de felicidad a lo largo de su vida.

Otra cosa interesante de este inicio es que, por fin, hemos respondido a una de las dudas que teníamos desde el principio: quién (o qué) le arrancó el brazo al recién casado. Y ha quedado claro: fue el propio Johnny, que, bajo el efecto de las drogas, decidió que era una buena oportunidad para comenzar sus andanzas como Bloody Face. Un comienzo movidito justo antes de ver esta magnífica versión de la intro por última vez…

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Podríamos decir que el resto del episodio se ha estructurado en torno a la entrevista de Lana. Al contrario de lo que veníamos viendo en los capítulos anteriores, el último ha encontrado en el presente su eje principal, usando el pasado en forma de flashbacks y recuerdos.

Aunque ya lo hemos mencionado en reviews anteriores, creo que no está de más volver a repetirlo: qué bien ha trabajado Sarah Paulson esta temporada. Si el año pasado no tuvo demasiado tiempo para lucirse por lo poco que aparecía su personaje en pantalla, este año ha compensado, y con creces. Si bien es cierto que su caracterización con cincuenta años más ha sido genial, ella ha contribuido con su interpretación a que nos creyéramos con facilidad el carácter de su personaje: sus gestos, su actitud, sus miradas… hemos visto en esta nueva Lana no sólo a una mujer más mayor, sino a una “señora” con mayúsculas. Alguien que sabe que el mundo le pertenece, que está acostumbrada a mandar sobre los demás y que, además, se sirve de su edad para reafirmar su papel predominante sobre los que le rodean.

La entrevista, según vemos, se desarrolla de tal manera que termina convirtiéndose, en parte en un homenaje a la trayectoria de Lana, y en parte una confesión de sus secretos más oscuros.

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Negándose a volver a hablar de Bloody Face, Lana comienza su relato explicándonos en qué consistió unos de sus primeros éxitos: “Briarcliff Exposed”. Vemos que, tal y como le prometió a Kit un día, fue capaz de acabar con el horror de Briarcliff desde dentro. Y descubrimos un aspecto más de ella: no lo hizo por justicia, ni por cumplir su palabra. Sólo lo hizo por ambición. Se dio cuenta de  que su talento como escritora no era suficiente, y decidió ocultarlo tras las imágenes que, en televisión, desvían la atención de las palabras. Qué gran argumento, y qué buena crítica a la televisión…

El caso es que esta confesión no nos extraña en absoluto: conocemos a Lana y sabemos que su ambición no tiene límites. De modo que servirse de Briarcliff como trampolín a la fama no nos parece nada demasiado sorprendente.

Otro aspecto a destacar de esta finale es la manera en la que se ha tratado la imagen de los programas grabados por Lana. Le ha dado un toque muy realista que ha ayudado a aportar credibilidad a cada una de las escenas. La visita a Briarcliff ha estado muy, muy bien hecha. Y hay que decir que me ha sorprendido el pésimo estado en el que se encontraba el hospital justo antes de ser cerrado. Mucho peor que cuando Lana estaba allí, desde luego…

No sé si lo habréis oído alguna vez, pero hay un refrán que afirma que “el que nace lechón, muere cochino”. Y es que el que está acostumbrado a actuar de un determinado modo, pocas veces cambiar su forma de proceder. Algo así ocurre con Lana, quien, acostumbrada a maquillar la realidad para crear historias que se vendieran bien, sigue engañando hasta el final. Lo hace, por ejemplo, contándonos el falso rescate de la hermana Jude. Algo que nunca ocurrió, aunque, de haber sido así, habría dado el final perfecto a su historia. Está claro que usar el nombre de “Lana Banana” en la historia aporta ese punto de emotividad que habría hecho perfecto ese final. Pero, por suerte o por desgracia, no llegó a ser así.

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Sin embargo, no podemos decir que Jude tuviera mala suerte, después de todo. Kit, el eterno salvador, siguió visitándola después de la muerte de Alma, y terminó por rescatarla de Briarcliff.

La historia de Jude fue una historia de sufrimiento que, sin embargo, tuvo un final feliz. Y lo tuvo no sólo gracias a Kit, sino también a sus hijos, que le devolvieron la cordura. Si lo hicieron gracias a los aliens es algo que sólo podemos imaginar. Pero, de algún modo, ofrecieron a Jude la paz que necesitaba en sus últimos meses de vida. La antigua monja murió rodeada del cariño que no había recibido el resto de su vida.

American Horror Story no es una serie que tienda a regalar muchos momentos emotivos. Pero hay que reconocer que la despedida de Jude lo ha sido. Sus palabras hacia la pequeña Julia resumen su vida: “No dejes que un hombre te diga nunca lo que puedes hacer.” Y su forma de marcharse es tal y como debía ser: por fin, después de tantos años, recibe el beso que tanto tiempo llevaba evitando. Y, ahora sí, está preparada para ello. Ha llegado su hora, y la espera con los brazos abiertos… Está claro que Jude merecía, a pesar de todo, un final así. No podíamos pedir otra cosa para una mujer que había sufrido tanto a lo largo de su vida…

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Hablando de finales, lo mismo podemos decir del cardenal Howard: recibió exactamente lo que merecía. Si bien muchos culparon a Lana por tratar de destruir su carrera, lo cierto es que Howard siempre fue un cobarde. No sabemos si, a la hora de cometer el suicidio, pesaron más los remordimientos que el miedo a ver truncado su ascenso dentro de la Iglesia. El caso es que murió como un cobarde, siendo incapaz de afrontar su culpa. Además, hay que tener en cuenta la connotación negativa que tiene el suicidio dentro de la religión cristiana. De modo que Howard muere traicionándose a sí mismo, y a sus creencias. No podemos decir que mereciera otra cosa.

También ha sido agradable echar un vistazo, aunque sea rápido, a los últimos años de vida de Kit. Sabemos que volvió a casarse y que fue feliz. Y sabemos, también, que, consumido por el cáncer, fue abducido por los extraterrestres, dando portazo así a otro de los grandes misterios de la temporada. El tema de los aliens, en realidad, ha funcionado más como MacGuffin que como trama real. Pero, para ser sinceros, creo que ha sido un acierto: desarrollar más esta trama habría dado lugar, con toda probabilidad, a alguna explicación que seguramente habría levantado más dudas aún. Nos quedamos, sin embargo, con el hecho de que Kit fue, por algún motivo desconocido, importante para los hombrecillos verdes. Y, como tal, se fue con ellos al acabar su vida. No podía ser de otro modo.

Nos vamos acercando al final de la entrevista de Lana, y revelamos otro de sus grandes secretos: el hijo que engendró de Bloody Face sigue vivo. En realidad, no es ningún secreto para nosotros. Pero sí para el resto del mundo, que sólo conocía la versión de la historia que Lana había ofrecido en su novela.

Nos sorprende, sin embargo, saber que se interesó por él pasados algunos años. Tanto que llegó a visitarle en el orfanato, sin ser consciente de que esa visita se convertiría en un hecho clave en la vida del pequeño. Y es que Johnny se dio cuenta de que había algo extraño en aquella mujer que, sin conocerle, le trataba con dulzura. Un gran momento, sin duda.

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Acabada la entrevista, el silencio vuelve al salón de Lana. Un silencio que sólo se ve alterado por su voz: “Sal de ahí”, dice. Y es que sabe que su hijo está allí, escondido en algún sitio, y dispuesto a vengarse de ella. Como decíamos al principio, el gran problema de Johnny es que está lleno de resentimiento. Algo que, la verdad, no es muy difícil de entender: teniendo en cuenta que ha escuchado las cintas en las que su madre le llamaba “monstruo”, no podemos esperar algo muy diferente.

Así que, por fin, tiene lugar ese cara a cara que llevábamos varios episodios esperando: el enfrentamiento entre una madre y su hijo resentido, con todo el dolor que causa la acumulación de los años. Johnny está armado, y no duda en sacar su pistola y poner el cañón en la frente de su madre. Al fin y al cabo, es algo que lleva tiempo planeando.

La tensión en el ambiente se puede cortar. Y, aun así, Lana es capaz de hacer magia: la manipuladora de las palabras por excelencia utiliza todos sus recursos para sobrevivir. Sabe qué es lo que le duele a Johnny, y sabe exactamente qué decir para poder manejarle. Le cuenta cómo le ha reconocido nada más verle, aunque nosotros sabemos que, en realidad, sabe quién es por unas fotografías que la policía le había enseñado unos días antes.

Pero para Lana no importa el engaño: lo importante es, como siempre, sobrevivir. Y lo consigue, sin preocuparse por lo que tenga que sacrificar a cambio. Por eso no duda en persuadir a su hijo para quitarle la pistola. Y por eso no le tiembla el pulso a la hora de apretar el gatillo para acabar con su vida, tal y como ya hizo, años atrás, con su padre. Hasta el final, Lana se ha mantenido fiel a su manera de ser. Y gracias a ello ha podido sobrevivir y triunfar allá donde todos los demás fracasaron.

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Llegamos al pequeño epílogo, que nos traslada al inicio de la temporada, al primer cara a cara entre Jude y Lana. Conocemos la situación, porque ya la vivimos, pero ahora observamos a las dos mujeres con un filtro diferente: sabemos quiénes son y lo que son capaces de hacer. Jude advierte a Lana de lo peligroso que es el juego al que quiere jugar: la ambición es peligrosa, y ser una mujer con un sueño supone un gran sacrificio. Sabe de lo que habla porque lo ha vivido. Porque, en el fondo, Lana y ella no son tan diferentes. Y le hace una última advertencia: el peligro de mirar al mal a la cara es que te devuelve la mirada, más fijamente aún. Lana sonríe, sin saber aún a lo que se tendrá que enfrentar. Y Jude le da la espalda, sin llegar a ser consciente del todo de la amarga verdad que ocultan sus palabras. ¡Cuánto van a cambiar esas mujeres en poco tiempo…!

La temporada, sin duda, no podía cerrar con otras protagonistas: estas dos mujeres han sido los grandes pilares de Asylum, las que más han sufrido, pero también las que más han evolucionado. Y, cómo no, nos teníamos que despedir de ellas al ritmo de Dominique… Jamás olvidaré esta canción, lo prometo.

¡Qué gran temporada nos ha brindado esta serie! Si la primera nos enganchó, con esta ya nos hemos hecho incondicionales de la locura que supone American Horror Story. De modo que ya sólo nos queda esperar con ansias la tercera temporada… aunque parte de nosotros se haya quedado en Briarcliff para siempre. 


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