Review AHS: Afterbirth

Más temprano que tarde (aunque reconozco que las temporadas cortas son de agradecer), tenía que llegar el final de la primera temporada de AHS. Y con él, por supuesto, la review correspondiente, que esta semana, por ser la última, se ha retrasado algo más de lo deseado por culpa de los compromisos ineludibles que acompañan a estas fechas. Pero, ahora sí, ha llegado el momento de hablar con detalle acerca de Afterbirth, un episodio que, leídos los comentarios de la pre-review, ha levantado pasiones y odios más o menos a partes iguales. ¿Vemos por qué?

Sabíamos que el último episodio tendría una duración especial, pasando de los 60 minutos de emisión habituales (incluyendo anuncios publicitarios) a hora y media. Sin embargo, da la impresión que la “duración especial” fue poco más que una excusa para introducir más publicidad, porque al fin sólo hemos podido disfrutar de apenas diez minutos extra con respecto a los episodios anteriores. Y, aún así, no sabría decir si el episodio se me ha hecho demasiado largo o demasiado corto. 

Me explico: no es que no me haya gustado. De hecho, me inclino más hacia los que dan su voto a favor de este final de temporada que hacia los que lo han criticado duramente. Sin embargo, me ha parecido un episodio extraño que no me ha dejado con la misma sensación de satisfacción que el episodio anterior, Birth. Y creo que se debe a la estructura que ha seguido, claramente dividida en partes muy diferentes que han estado a niveles muy distintos.

Como es costumbre en la serie, hemos comenzado con un pequeño flashback, que nos ha hecho retroceder nueve meses, hasta llegar al momento en el que los Harmon deciden mudarse a la casa para comenzar una nueva vida. En definitiva, no estamos haciendo otra cosa que revisitar el tópico del “sueño americano”, la eterna esperanza de la posibilidad de empezar de cero y lograr todo lo que se uno se proponga gracias al esfuerzo. Sin embargo, los sueños de Ben contrastan con las imágenes de la pesadilla a la que los Harmon se han tenido que enfrentar esta temporada, y nos recuerdan que no siempre nuestras expectativas se corresponden con la realidad. Tras eso, como siempre unos geniales títulos de crédito que, quizás (sólo quizás) sean muy diferentes a los que veamos la próxima temporada.

La primera parte del episodio era necesaria. Ben era el único miembro de la familia de los Harmon que quedaba con vida y era bastante obvio que esta situación tendría que cambiar antes de que terminara Afterbirth. De hecho, habría sido muy injusto que fuera el único personaje que sobreviviera teniendo en cuenta que es el principal causante de la desgracia a la que se tiene que enfrentar su familia. Desde el principio hemos visto a un Ben bastante desorientado, que ha contemplado seriamente la opción del suicidio y que ni siquiera ha pensado en la responsabilidad que podría suponerle el cuidar del bebé de Tate. De hecho, como ya vimos en el episodio anterior, es Constance la que realmente muestra interés en cuidar de su nieto, a pesar de que Ben no está nada de acuerdo.

La visita de Ben a casa de Constance ha sido interesante por dos motivos. El primero es que Ben, por fin, ha descubierto que Tate es hijo de la vecina y que lleva muerto todo este tiempo. Por otro lado, le han dado una explicación a la llamada que hace Ben a la madre de Tate al principio de la temporada y que a algunos nos hizo dudar en un principio de que Tate estuviera realmente muerto.

Como decíamos, Ben contempla seriamente la opción del suicidio, y sólo los fantasmas de su hija y su mujer consiguen convencerle de que no lo haga, argumentando que aún tiene una oportunidad de ser feliz y de cuidar del bebé de Vivien, a pesar de que no sea su hijo. Hablando de Viv, es interesante la manera en la que su personaje se enfrenta a su “nueva vida”: la acepta con absoluta tranquilidad, y se adapta perfectamente a su situación. No sé si tendrá algo que ver con que su personaje sea el único al que hemos visto morir en paz y rodeado de cariño, o si es un rasgo de la personalidad de Vivien. Es caso es que da gusto ver que no todos los fantasmas de la casa están medio locos.

Por suerte o por desgracia, el destino de Ben estaba escrito: tenía que morir, y Hayden ha sido la encargada de que así fuera, con la ayuda de los intrusos del segundo episodio. Dejando a un lado el hecho de que, casualmente, ni Vivien ni Violet han visto u oído nada, la muerte de Ben ha sido bastante espectacular, al menos visualmente:

El fallecimiento del último de los Harmon da lugar a un nuevo episodio de la vida de la casa, que viene marcado por la aparición de los nuevos inquilinos: los Ramos, una nueva familia que se muda, cómo no, con la intención de empezar de cero. Por cierto, desde aquí me gustaría reclamar la creación de una comisión que se encargara de dar algo de veracidad a los “españoles” que aparecen en las series americanas. O, para variar, que de vez en cuando se eligiera a algún actor español para ese tipo de papeles. Sólo de vez en cuando.

El caso es que con los Ramos, Marcy ha visto la oportunidad de vender la casa que tantos quebraderos de cabeza le está dando. Y si para ello hace falta mentir y ocultar datos (recordemos, por ejemplo, que las muertes de Chad y Patrick entran dentro de los tres últimos años, el período del que tiene que hablar por obligación), pues se hace. Todo sea por el negocio.

Como era de esperar, la nueva familia no lo ha tenido nada fácil a su llegada a la casa. De hecho, lo han pasado mucho peor que los Harmon en sus inicios. Y es aquí donde me ha dado la sensación de que la trama se aceleraba muchísimo: lo que en cierto modo parecía el inicio de una segunda temporada ha terminado convirtiéndose prácticamente en una pasarela por la que han ido desfilando la mayoría de los fantasmas de la temporada, que encajaba, eso sí, con el estilo caótico que tanto le gusta a esta serie. Hemos visto, todo hay que decirlo, un par de detalles interesantes: por ejemplo, ya sabemos que la obsesión por el fuego que Ben parecía tener en el episodio piloto se debía a la mujer de Larry. Y, por otro lado, la jerarquía que inconscientemente hemos creado para “ordenar” a los fantasmas de la casa se ha vuelto relativa mirándola desde una nueva perspectiva. Ahora son los Harmon los que controlan el panorama, y parece que va a ser así durante mucho tiempo.

Y es que la principal diferencia entre los Ramos y los Harmon radica en que los últimos no tuvieron unos “ángeles de la guarda” a lo Beetlejuice que les alejaran de la casa antes de que fuera demasiado tarde (con métodos no muy ortodoxos, todo hay que decirlo). Mi momento preferido de la terrorífica noche, sin duda, es el instante en el que Vivien abre en canal a Ben y comenta con satisfacción que lleva muchísimo tiempo deseando hacerlo. Aunque todo formara parte de un engaño, no puedo dejar de pensar que hay mucha verdad tras esas palabras.

Quizás la separación tan clara entre fantasmas “buenos” y “malos” sea la única pega que se le pueda poner a esta idea. Sin embargo, me gusta la forma en la que se ha cerrado la trama de los Harmon: se han convertido en los eternos guardianes de la casa, evitando que nadie vuelva a pasar por lo que ellos. Por eso, para mí, el cierre con la familia reunida y el Tonight You Belong to Me de fondo (uniendo con el inicio de la temporada), habría sido un gran final.

…pero claro, apenas llevábamos media hora de episodio, y había más cosas que contar, no sé si necesariamente. Me ha sobrado, por ejemplo, la conversación entre Tate y Ben, que no ha aportado nada nuevo. Que Tate era un sociópata no ha sido la revelación del año. Y que Ben no era un gran profesional, tampoco, la verdad. Así que toda esa escena me ha parecido repetitiva.

Entiendo, eso sí, que nos cuenten cómo Vivien consigue recuperar a su bebé y convertirse en la madre que tanto deseaba. Personalmente, lo que más me ha gustado de esta subtrama ha sido el personaje de Nora, que, tras décadas lamentándose por la pérdida de su bebé, ha descubierto que no sabe cómo ejercer el papel de madre. Al fin y al cabo, y por muchos fantasmas que se empeñaran en quedarse con los bebés (aunque al final la amenaza de enfrentamiento haya quedado en nada), la única que tenía derecho a cuidar de la criatura era Vivien.

Final feliz también para Moira, personaje por el que siento debilidad y que, en mi opinión, es uno de los más maltratados por el destino. Sin duda, si alguien merecía un hueco en la foto de familia de los Harmon era la sirvienta, que, aunque nos ha hecho dudar muchas veces en estos doce episodios, se ha ganado su puesto entre los “buenos”, si es que esta categoría se puede definir así.

Me ha sobrado, eso sí, la escena del árbol de Navidad. Demasiado azucarada para esta serie, llegando incluso a rozar lo cómico. Sigo pensando que había otras formas de demostrar el “final feliz” de la familia Harmon sin recurrir al tópico navideño. Al otro lado de la puerta, aislados de la estampa familiar, encontramos a Tate y Hayden, que parecen asentarse como los eternos rivales de la familia dentro de la casa.

La trama principal de la temporada, pues, queda cerrada con esta escena: los Harmon se encargarán de que nadie más sufra lo que ellos tuvieron que padecer, viviendo en esa especie de situación idílica que no sabemos cuánto durará. En cualquier caso, recuperar esta historia para el futuro no parece tener mucho sentido, y no creo que volvamos a ver a los Harmon en próximas temporadas.

Queda, entonces, el pequeño epílogo situado tres años después de los acontecimientos centrales. Ya vimos que Constance había conseguido quedarse con su nieto, y ahora se encarga de él como si fuera un pariente lejano que ha quedado huérfano. La escena de la peluquería me provoca sentimientos un tanto enfrentados. Por un lado, he disfrutado mucho con el monólogo de Jessica Lange. Ya he dicho más de una vez que me encanta la forma en la que trabaja, y este es un ejemplo de ello. Pero, por otra parte, ese ha sido precisamente el punto débil de la escena: daba la impresión de que sólo estaba pensada para que la actriz se luciera, cosa que no me parece mal del todo pero que queda un poco ortopédica dentro del conjunto del episodio.

La confirmación de que el niño, efectivamente, es la encarnación del mal, no ha sorprendido a nadie. Y aún así la imagen del pequeño, sonriente y rodeado de sangre me ha parecido espectacular. Eso y, por supuesto, la mezcla de orgullo y horror que ha transmitido el “¿Qué voy a hacer ahora contigo?” de Constance. La historia, una vez más, se repite, y Constance está condenada a cuidar de un “hijo imperfecto” de nuevo. No es casualidad que la música que acompañe a esta última imagen sea el famoso silbido que escuchábamos cuando se hacía referencia a la masacre que Tate llevó a cabo en su instituto. De tal palo, tal astilla.

American Horror Story se ha mantenido fiel a su planteamiento inicial y nos ha brindado un final semiabierto que homenajea a los clásicos (y no tan clásicos) del género, con una especie de final abierto que en el cine podría dar pie a una secuela de, generalmente, dudosa calidad.

Aunque es cierto que no responde absolutamente a todos los misterios que ha planteado, yo he quedado muy satisfecha con esta finale, que confirma la buena opinión que tengo de la temporada en general. AHS es una serie diferente, atractiva y muy dinámica. Además de haberse apoyado en una gran historia de fondo (juro que me he enamorado de esa casa), ha contado con grandes interpretaciones y personajes, creando un gran conjunto. Sólo me queda dar las gracias a todos los que habéis seguido semana a semana con vuestras lecturas y comentarios las reviews que hemos ido publicando. Con suerte, seguiremos con ellas el año que viene. Qué nos ofrecerá la segunda temporada es aún un misterio, pero una cosa está clara: estaré ahí para verla. 


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