Polseres Vermelles, vivir el mundo amarillo

¡Catalanes! Esos catalanes. Que son como los japoneses. Se hacen notar cuando están presentes, quitan vocales a las palabras normales cuando hablan. Son eficientes, cualidad inquietante. Les llamamos de todo y les ponemos en el Belén creando heces de silicona. Ahí también nos reímos de ellos. Pero, en el fondo, les tenemos cariño. Como yo a ese catalán que es asturiano y que conocí hace tiempo. Pero que es asturiano. En cuestión de hacer cine y cosas audiovisuales, tampoco hay quien les pare. Son la caña y tienen gente extraordinaria en el meollo: Albert Espinosa, guionista, escritor, actor, director y, atentos, ingeniero de carrera, es uno de ellos. También se puede hacer el desayuno, por si alguien dudaba. Espinosa es uno de los destacados, particularmente, uno de los que hoy está de moda y, permitidme, con mucha razón. Porque es un tío con corazón, a tope, un tipo genial que tambalea sus obras entre la auténtica ternura con genio y la ñoñería absoluta y que, creo, siempre consigue girar para la izquierda en ese riesgo. En cine, hizo con Mercero Planta 4ª, esa peli que me pusieron en el colegio. Escribe novelas con títulos largos y orquesta lo que nos consta: Polseres Vermelles, o Pulseras Rojas. O The Red Band Society, como se conocerá en la ABC bajo la batuta de Steven Spielberg. Es una serie de TV3, la polémica TV3. Y va sobre niños enfermos. Niños que se mueren. Y gracias a eso es una auténtica serie (auténtica) sobre la vida y sobre la infancia.

Alguien tiene que estar haciendo algo muy bien si consigue que una serie sobre un hospital, y que no habla precisamente de las manitas que hacen sus doctores, y que está además hablada de manera íntegra en catalán, que es como el arameo o algo así, triunfe de una manera loca y asombrosa. Vaya metástasis, la ostia. Que una serie de una autonómica, con todas esas características, sea exportada a nivel nacional y, dentro de poquito, internacional (y se proyectó en Seúl y gustó un montón, por cierto); se ven pocas cosas así.

Pero lo mejor no es eso. Es su boca-oreja, que como todo lo bueno en esta vida no está patrocinado por nadie, y que hizo que público no-catalán se interesase por el producto. Gallegos, andaluces, gente de Murcia (en Murcia también tienen wi-fi, creedlo) y nosotros vascos poniendo el hocico en Polseres Vermelles. Yo creía que vermelles era algo que se usa en Navidad. En fin, Polseres Vermelles. Que está en catalán, y había gente que ni la veía subtitulada. Se la tragaba porque era tele de calidad, entretenía y emocionaba; qué más queremos, tíos. Gente de todo el país, viéndola. Me parece algo chulo. Pero la globalización es lo que tiene. A los murcianos les incrementa la esperanza de vida, lo ha dicho Punset.

¿Quiénes son los protagonistas? Dos niños con cáncer, una chica con anorexia, un chulo de barrio con problemas de corazón, un chaval muy especial y uno que está en coma. Son la alegría de la huerta, pensaría Pepe, y en el universo que nos propone Espinosa, que juega con lo sobrenatural y con nosotros, porque –al final– todo depende de la complicidad de con el espectador predispuesto (y deberíamos alegrarnos de serlo), son el líder y el segundo líder, la “chica,” el guapo, el listo y el imprescindible, respectivamente.

Spielberg ha comprado la moto, hemos dicho, y, Señor Steven, lo siento pero es que se le ve el plumero. Y debería sentirse halagado. Como Héroes (la película), que también juntaba a Albert con el otro grande Pau Freixas en la dirección, el invento está destilado por ese aroma de niños, niños con traumas, niños con problemas, niños totalmente jodidos. Que son niños imaginando. Y que es la especialidad de su productora Amblin y el rat pack de los setenta/ochenta, época gloriosa de niños condimento. Zemeckis, Donner, Rob Reiner con la tétrica Cuenta Conmigo y todo ese populacho que marcó a cientos de miles de jóvenes occidentales.

La aparición de ET y la fortuna de Willy el Tuerto son esperanzas, sueños, infancia. A mí también me gusta la infancia. Es fabulosa. Y es un tesoro real que inunda a estos chavales de hospital de Barcelona, o de donde sea, a los que se les quiere arrebatar el ser niños con quimioterapia y el estado de coma. Son obstáculos a los que ellos se enfrentan como pueden, como se les deja (intercambiando libros por walkies, pintando las paredes a escondidas o trabajando de payaso). Es ese lazo inquebrantable con el que se quieren unir al ponerse todos ellos las pulseras rojas que son, en realidad, no más que el identificativo de que has pasado por una operación. De que has pasado.

Entre ellos crean su particular mundo amarillo, un concepto que da título la primera ficción de Albert Espinosa, un no-libro de autoayuda sobre cómo hay que vivir la vida –con qué mentalidad y con qué vitalidad– sirviéndose de su experiencia personal en sus años de hospital; porque Lleó (genial y desenvuelto Àlex Monner) y Jordi (Igor Szpakowsky) podrían estar perfectamente basados en él, si no son ya parte de él. Si no lo sabéis, estuvo él diez años –desde los catorce a los veinticuatro– yendo y viniendo, reincidiendo y viviendo una clase de experiencias extraordinarias, diferentes y difíciles; dificilísimas pero, en su caso, superables. Que nos legue su experiencia/historia mediante una serie de televisión, a corazón abierto y sin pudor y con un cariño incuantificable, es algo espectacular.

TNT emite Polseres Vermelles los lunes a las 22:15.


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